Posteado por: Antonio | 10 abril 2008

S. ANTONIO DE LOS COBRES-SALINAS Y PURMAMARCA (R. Escuer.

S. ANTONIO DE LOS COBRES-SALINAS Y PURMAMARCA

Viernes Santo. Madrugo ya que me pasan a recoger a las 6:40, ¡Qué dura es la vida del turista!. Es un viaje largo de más de 500 kilómetros. Viene una Citrôen Berlingo. El guía es un belga de unos 35 años, rubio, con pinta de alemán. Habla español, aunque comete algunas irregularidades gramaticales. Recogemos a un chico francés, habla algo de español, y a dos británicas de unos 50 años. Mª José ¿son mayores?. No hablan español.

Lo primero que hace el guía es comprar hojas de coca. Son necesarias para la altura. Continuamos hasta Campo Quijano, de donde arrancaba el “tren de las nubes”. Se usaba para cargar el mineral de S. Antonio de los Cobres. También enlazaba con Chile, a través de la cordillera. Subía a más de 4.000 mts de altura. Funcionó hasta el año pasado. Hoy día sigue viniendo en las guías turísticas, pero es una pena, está abandonado. Vemos las instalaciones, la locomotora, etc.

Continuamos el viaje, siempre paralelos a la vía del ferrocarril. Nos detenemos en puentes, algunos a más de 70 mts de altura y sin barandillas. Hacemos algunos recorridos andando. ¡Mª. José! ¿dónde estás? Aquí se te cura el vértigo.

Los primeros valles plenos de una vegetación subtropical extraordinaria. ¡Qué maravilla!, Me acuerdo de Julio. A cualquier sitio que lances la mirada te quedas impresionado. Julio tiene razón. ¡Qué maravilla!.

Hacemos una parada para ver un sistema que usaba el tren para ganar altura. Exactamente 54 mts. en un kilómetro. Consiste que en llegado a un punto, el tren invertía el sentido de la marcha. Retrocedía un kilómetro, pero se desviaba por otra vía paralela a la primera -al principio convergente, por lógica y matemáticamente hablando- y seguía ascendiendo. Llegado al final de este trayecto, volvía a invertir el sentido de la marcha y por otra vía que se desviaba seguía subiendo. En un kilómetro de longitud, 54 mts de altura. Al final del recorrido tiene túneles excavados en forma helicoidal con varios pisos par seguir ascendiendo.

El guía no hace nada más que mascar hojas de coca. Nos explica que son necesarias para soportar la altura. Yo acepto, los demás no. No sé si me hacen efecto, pero no tengo síntomas raros. Lo aguanto perfectamente. Aunque tengo el estómago vacío, ya que no he podido desayunar.

En Santa Rosa, cuatro casas de adobe, entro en un almacén, muy rústico, pero acogedor. Pido un café -sólo hay de puchero- y un paquete de galletas. Me las tomo, y con el estómago lleno -tanto por dentro como por fuera, dejo de ser el “Impoluto- Emprendemos la marcha a unas ruinas preincaícas.

El paisaje sigue siendo espectacular, aunque ha cambiado radicalmente, ahora es desértico. Sólo hay cardones, inmensos, y matojos de hierbas aromáticas.

La extensión de las ruinas del poblado da una idea de la importancia que tuvo.

Abandonamos las ruinas y seguimos ascendiendo. Pasamos controles policiales constantemente. Es una zona fronteriza con Chile y Bolivia, y eso se nota. Sigue la ascensión hasta llegar a la “puma”, el altiplano, a 4.000 mts de altura. Y ante nosotros se extiende un paisaje espectacular. ¡Cientos de kilómetros totalmente planos rodeados de cadenas montañosas!. No tengo palabras para describir tanta belleza. Dicen que el clima es semidesértico. Aquí desde luego no se aprecia la diferencia entre el semi=mitad y el totalmente. Para mí esto es un desierto puro y duro. Paisaje lleno de matojos. Y como únicos animales infinidad de manadas de burritos salvajes, son mucho más pequeños que los de España. Asimismo hay infinidad de manadas de llamas y vicuñas. Cada manada se compone de unos 15 ó 20 individuos, pero no están mezclados entre ellos. Son animales muy asustadizos. Intentas acercarte con todo el sigilo y a lo más que te puedes acercar es a unos 20 mts., a cualquier movimiento o ruido extraño emprenden la huida. Pero son preciosos verlos correr, máxime cuando no estás acostumbrado a verlo y te llaman tanto la atención. ¿Dónde beben?. El guía me dice que las llamas y vicuñas no lo necesitan que extraen el agua de los vegetales que comen. A los burros los he visto abrevar en los escasos charcos que hay.

Subiendo a la puma observo que los montes son de diferentes colores unos de otros, el guía que por saber varios idiomas tiene que estar traduciendo del español al inglés, del ingles al francés, del francés al español y viceversa, -y continúa mascando coca- nos dice que las montañas rojas son porque contienen oxido de hierro, las verdes, sulfato de cobre, las blancas tienen boro, y así una sucesión de colores y minerales. Es un espectáculo multicolor y fantástico. ¡Qué visión más hermosa!. El único inconveniente son algunos camiones mineros que bajan a toda velocidad levantando una gran polvareda…aunque en realidad no son camiones mineros, son cisternas con productos químicos para el tratamiento de los minerales. Los camiones mineros bajan a partir de las 6 de la tarde, y cortan el tráfico para que bajen ellos.

Seguimos por la puma, kilómetros y kilómetros de altiplano desértico. Matojos, burritos, llamas y vicuñas. Me llama la atención que no se ve ningún pájaro, ni en el suelo ni volando.

Llegamos a S. Antonio de los Cobres. Pueblo minero en actividad, pro de una apariencia mísera. Nos salen a recibir mujeres y niños mal vestidos, curtidos por el sol abrasador y ofreciéndonos sus productos artesanos. La mayoría por un peso. Me da pena. Se me encoge el corazón, pro estoy en contra de la explotación infantil, y ésta es una de ellas.

Damos una vuelta por el pueblo. No es muy grande. Tiene un destacamento militar, una iglesia pequeña, aunque la están ampliando, varios comercios bastantes pobres. No veo la escuelas, aunque sí un polideportivo viejo y desastroso. Según me cuentan la empresa minera no invierte absolutamente nada en mejoras sociales de sus empleados. ¡Había que tenerlo en cuenta cada vez que compramos un electrodoméstico que emplea cobre en su fabricación!.

Abandonamos S. Antonio y nos dirigimos a “El Mojón”. Cuatro casas de adobe en mitad del desierto. Una antena para móviles –de risa, tengo fotos que lo atestiguan- compuesta por una esfera de unos dos metros de diámetro hecha con cuatro alambres. ¡Y dicen que funciona si te acercas con el celular!. ¡Esto es tecnología punta y lo demás cuento!.

Entramos en una de las asas de adobe a comer. Me maravillo de lo limpio y ordenado que está todo. Las mesas, ¡Pasmaros! son de sal, tanto el tablero como las patas. ¡Me quedo maravillado! No hay carta con menú. Cada día hacen un guiso, y lo que te toque. Nos sirven pan y cerveza. El pan es especial, no parece de trigo, es muy basto y sabe muy raro, pero me aseguran que está hecho con harina de trigo. De primer plato nos sirven choclo, servido todo en cazuela de barro. Tomamos los cubiertos, pero el guía nos dice que se come con las manos. El queso es bastante bueno, pero el maíz yo lo encuentro muy grande, del tamaño de nuestros garbanzos, es más áspero.. Está muy soso, ¡con la cantidad de sal que hay!. Me llama la atención que sobre cada una de las mesas hay una botella de aceite de oliva virgen extra. Es muy raro y caro encontrarlo en Argentina, ¡pero que te lo sirvan en el desierto, y sin pedirlo…! Hay muchas cosas que te llaman la atención. De segundo nos sirven carne de llama guisada con patatas y zanahorias. Es muy dura, pero muy sabrosa, y sin nada de grasa. ¡Será consecuencia de que no beben agua estos animales!. Por último una sopa de verduras. Riquísima. Cuando nos van a servir el postre, empiezan las británicas que están llenas, que no pueden más, el francés dice lo mismo. El guía también lo rechaza. Y yo lo hago por no destacar, aunque me quedo con ganas de saber que me iban a servir. ¡Eso me pasa por no estar con mis queridos Morugos con los cuales no tengo vergüenza!.

En la sobremesa me sube la autoestima. La mayor de las británicas dice algo en inglés, el guía traduce diciendo “que yo tengo la mirada de Brad Prit (No sé como se escribe). Me sonrojo, pero continuamos la broma, y añade “que si voy a Londres tendría que firmar muchos autógrafos” ¡La verdad es que no se puede ser guapo! ¡Ni en mitad de un desierto te dejan en paz! Pagamos 22 pesos cada uno y continuamos el viaje.

Vamos por la Ruta 40. es la más larga de Argentina. Tiene 5.000 kilómetros de longitud. Pero es un camino de tierra. El guía nos explica que tiene una teoría:

-No hay tour que merezca la pena si cuando llegas al final no tienes el techo manchado. Los demás conductores cuando ven un charco, diminuyen la velocidad y procuran evitarlo. Yo al contrario. Acelero y por el centro. Si el techo llega limpio el viaje no ha merecido la pena.

Os podéis hacer la idea de lo que es viajar en una Berlingo cinco personas a toda velocidad y por caminos de tierra. Por aquí va a pasar la próxima carrera París-Dakar, que por motivos de seguridad la han sacado de África. Como los pocos vehículos que circulan levantan mucha polvareda, el guía los adelanta a todos para no tragarnos el polvo, por lo que puedo asegurar que ¡soy el vencedor de la próxima París-Dakar!.

Llevamos muchos kilómetros bordeando el Salar, a nuestra izquierda, pero sin entrar en él. A nuestra derecha desierto puro y duro. De vez en cuando, pero separados por muchos kilómetros entre ellas . Pregunto si viven ahí:

-Sí. Son trabajadores de las salinas.

-Y el agua, ¿de dónde de la sacan?

-La traen una vez por semana en cisternas.

-¿Y la comida?

-Vienen de vez en cuando vendedores con furgonetas.

Hay que imaginarse que es esto. ¡Cómo se puede vivir así! Y al vivir en grupos tan reducidos, y tan distantes unos de otros, me dice el guía que la cantidad de incestos es enorme con lo que eso apareja de enfermedades y otras consecuencias sociales. Pero luego hablaré más delante de esta gente, de su trabajo y del clima que tienen que soportar.¡Es inhumano! ¡Es lo que más me ha impresionado de todo lo que he visto hasta ahora!

Llegamos a las Salinas Grandes. ¡¡¡ESPECTACULAR!!! No hay palabras para describir lo que es esto. ¡Nunca había visto nada parecido! El sol abrasa. Estamos en verano –aunque por cierto, hoy entramos en otoño- Son 3.500 mts de altura. Ni una sola nube. Un mar inmenso de sal. Todo lo que abarca la vista de una blancura impoluta. ¡Impresionante!. Entre el sol y la altura y el reflejo en la sal la piel se quema en minutos. El guía dice –y sigue mascando coca- que siempre que viene sale quemado. El francés no aguanta la vista, que no puede casi abrir los ojos. ¡Me dan pena las inglesas, “con su blanca palidez”! Yo lo soporto bastante bien. Algunas turistas –por la pinta deben ser españolas- medio se despelotan para ponerse morenas. ¡Esas se van a enterar!. ¡Sigo sin tener palabras para poder describir tanta belleza.! ¿Y veo a los trabajadores! Se me cae el alma a los pies!. Imaginaros lo que tiene que ser trabajar a pleno sol, a esas alturas, el reflejo de la sal y sacando la sal pico y pala –con lo fácil que sería meter una excavadora-. Dónde y cómo viven. Tienen todo su cuerpo cubierto con ropas. No pueden tener absolutamente nada al aire. Guantes. Pasamontañas con dos pequeñas aberturas para los ojos y unas gafas de sol. Les pagan 18 pesos la tonelada. Hasta ahora creía que los dos tipos más duros de vivir se daban entre los esquimales y los tuaregs del Sahara. Los esquimales han cambiado.Ya no viven en los típicos igloos, y han sustituido sus trineos tirados por perros por motos para la nieve. De los “hombres azules del desierto” supongo que también lo habrán hecho. Pero Al menos de los esquimales y tuaregs se han escrito cientos de novelas. Todos hemos visto cientos de documentales, de su forma de vivir. Pero con toda su dureza son libres. Son los dueños de la nieve y del desierto. Pero ¿y estos desgraciados? ¿quién ha escrito una sola línea sobre ellos? Encadenados a su trabajo. No son ni libres. Y si el día que yo los vi hacía calor, me dicen que en invierno es muy difícil soportar las bajas temperaturas que padecen. ¡Me gustaría tener facilidad de escribir una novela sobre su vida! Pasar una temporada con ellos y conocer su forma de vida, sus aspiraciones y poderlo todo ello trasladar a un libro! Hay veces que uno echa en falta su carencia de ciertas habilidades, y esta es una de ellas.

¿Comprendéis porque no tengo palabras para describir lo que he visto? En una sola escena he presenciado la grandeza de la naturaleza y la miseria del hombre. ¡¡¡Inenarrable!!!.

Abandonamos Salina Grandes y empezamos a subir. Llegamos a la mayor altura del día. 4.170 mts de altura. La vista de la carretera que desciende por la ladera del monte es espectacular. Serpenteando en cientos y cientos de curvas. Es espectacular, sobre todo pensando que tenemos que bajar hasta los 6oo mts. Me acuerdo de Caro. ¡Esto es una carretera de montaña y lo demás cuento.

Bajamos a toda velocidad. Ahora me convierto en campeón de F-1. sin respetar ninguna señal de tráfico. Adelantando en todas las curvas. No respetando la línea continua. No me extraña que Argentina tenga tantas victimas de tráfico al año. Según me dicen 20.000 fallecidos –yo he estado a punto de ser uno de ellos- en España siendo los mismos habitantes, hemos conseguido bajar a la cifra a unos 3.000.

A medida que descendemos el paisaje va cambiando rápidamente. Cada montaña tiene un color diferente. Me acuerdo de Antonio. Aquí hay volumen, pero sobre todo colorido. Y llegamos a Purmamarca –incomprensiblemente vivos. Está “la Montaña de los Siete Colores”. Ya es lo máximo. Es el color hecho realidad. Una montaña cortada por la erosión en la que cada estrato tiene un color diferente. ¡Una maravilla!.

En Purmamarca dejamos a las inglesas en un hotel, que según dicen ellas riéndose es “five stars”. La verdad es que es bastante peor que el mío.

Pasamos por un pueblecito en el que están celebrando la Pasión “en directo”. Las dos personas que representan a los ladrones ya están crucificados. Están subiendo al que hace de Cristo. Las ropas de los romanos son de risa. El francés, que se declara ateo, abre los ojos como platos y dice que no comprende esto. No se atreve a sacar fotos. Yo le digo que no hay problema, pero se niega a hacerlas. Le explico que en España, en algunos lugares también se hace. Me mira extrañado

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