Posteado por: Rafa Caro | 5 marzo 2012

PASEO POR SIERRA MORENA. Por Rafa Caro

Para acallar las lenguas de viperinos morugos (realmente uno, de arcaico lenguaje), diré que un Morugo no puede estarse quieto y este que lo es, menos que nadie, a pesar de la mala fama que me precede de inasistente y que me la dio quien bien nombro. Si este fuera menos autista, caería en la cuenta de que solamente falto al paseo de los miércoles (siempre por razones justificadísimas) y a las salidas entre semana, también con falta más que justificada. A las demás, excepto a una, que mire usted por donde él fue, nunca dejé de ir. (¡Y yo estaba cuidando viejas!, mire usted). Pero dejemos aparte la cuestión y demos paso a la narración (¡oh,oh…me ha salido un pareado!).

Vive mi hija Belén en La Carolina, capital de la Sierra Morena jiennense, y salimos sin ningún preparativo previo. (Qué maravilla vivir en la sierra y poder decir a mediodía: “Vámonos a pasear” y tirar para la sierra con un macuto y los bocadillos). Cogimos por la general a Madrid y en llegando a la altura de Santa Elena, nos metimos a la derecha y enfilando hacia el Museo de la batalla de Las Navas de Tolosa (aconsejo a quien no lo conozca se desvíe un poco yendo hacia Madrid y no deje de conocerlo), tomamos por la carretera hacia Miranda del Rey y allí nos dirigimos. La carreterucha es más que estrecha, estrechísima, hasta llegar al punto indicado, que a la sazón está formado por cuatro casas, la mayor parte de ellas deshabitadas. Sólo es destacable una construcción preciosa de piedra viva que al parecer es sitio de descanso y veraneo de un profesional de la construcción madrileño. Magnífica, repito.

Llegados al poblado, avanzamos con el coche por un camino sin asfaltar y dejando atrás un cruce de senderos, nos dirigimos hacia nuestro frente. Habiendo pasado también un centro vacacional de niños y llegando a una cancela que nos impedía el paso, allí dejamos el vehículo y comenzamos nuestro caminar, agachándonos para salvar la cancela, los cinco componentes de la expedición: mi hija Belén, mi yerno Raúl, mi esposa, yo y la personita más importante del grupo: mi nieta Clara, que con sus tres añitos nos dio toda una lección de bien andar por los senderos serranos sin cansarse para nada y alegrando con sus cosas al grupo. Me tiene trastornado.

Tomamos por una pista forestal y tras una subida alegre en la que la pequeña encontró su palo, que su padre le preparó y así pudo simular a su abuelo, acompañado de su eterno bastón, nos dirigimos al “Molino del Batán”, uno de los tres puntos que señalaba un indicador que apareció cuando llevábamos como media hora escasa de caminar. La pequeña pedía más y más camino y enfilamos una gran cuesta abajo que nos llevaría al molino. A nuestro frente aparecía una gran altura, repoblada de pinos. Se trataba del collado de La Estrella, la máxima altitud de Sierra Morena con 1300 metros de alto. La vegetación es a base de pinos, de eucalipto y de alcornoques jóvenes y melojos. La pequeña nos iba surtiendo de piedrecitas halladas en el camino y de un “trompito” de eucalipto que ella dijo ser un pequeño caracol. Mi pequeña es deliciosa y el mundo para ella se divide en cuatro: su madre, su padre, su abuela y su abuelo. Para todos hubo piedrecitas y en el orden nombrado.

Después de una larguísima bajada accedimos al molino. Un pequeño chorro de agua es lo único que queda del viejo molino a la orilla misma del arroyo seco. Alguna pequeña charca de agua quedaba en el cauce del río, como vestigio de lo que en otra época pudo ser el molino movido por la corriente pertinaz de agua. Este maldito invierno sin lluvia lo tiene todo más que seco.

En el molino hicimos un breve descanso y tomamos un pequeño refrigerio y lo que antes se había bajado, se convirtió en subida. Había que subir, pues, y una subida más que larga, larguísima. La pequeña comenzó su queja. Se había cansado. Demasiado para su corta edad. Pero entre pitos y flautas, correteando una vez buscando y alcanzando a su abuelo, otra vez, a su padre, en ocasiones, a su madre y otras a su abuela, se pudo ir más o menos tirando de ella y conformando su caminar. ¡Qué alegría de vida y de vitalidad que tiene por delante!

Subimos la pesada cuesta, bajamos el camino y llegamos al coche. La excursión había durado más de una hora y media. Y como aún no era la de comer porque el desayuno todavía estaba reciente, decidimos seguir hasta otro punto de excursión serrana: la Aliseda.

Volvimos por la carreterilla hasta llegar de nuevo a la general, pusimos rumbo opuesto, dirección Bailén, y a unos metros, encontramos el cruce de la Aliseda. De nuevo carretera de tercer o cuarto orden pero correctamente asfaltada, para llegar a un lugar paradisíaco que tiene habilitado el Ayuntamiento de Santa Elena a la orilla del río Campana y al pie de lo que fue un balneario del mismo nombre cuyas ruinas se ven desde la carretera. Se accede al lugar después de abandonar la carretera y bajar por una pista forestal. Hubimos de dar marcha atrás, hasta la explanada donde dos hermosos contenedores de basura sentaban sus reales porque un todo terreno ocupaba el ancho de la pista. Y tras este pequeño incidente, bajamos al camping. Precioso lugar habilitado para la expansión de los habitantes de Santa Elena y alrededores. Lástima de lugar tan bonito hecho para vándalos. Servicios, un bar, barbacoas, parque infantil y mesas y bancos hechos de granito acogían a un montón de domingueros. Algunas mesas y bancos están arrancados de cuajo, en el servicio mejor no entrar y un montón de basuras nos dio la bienvenida. ¿Por qué seremos tan cerdos y tan bárbaros?

Nos sentamos a una de las mesas y abriendo nuestros macutos preparamos los bocadillos de los que íbamos a dar cuenta. ¡Y la pequeña se comió uno entero de salchichón! ¡Es increíble mi niña! Cuando uno piensa que sólo tiene tres añitos…

Después de la comida hubimos de abandonar el lugar porque el humo de una de las barbacoas nos acosaba y tras subir en los columpios a mi pequeña – mi “mayor”, dice ella – dimos por terminada la jornada, pero antes de embarcarnos, Raúl nos propuso hacer otra breve excursión por el sendero del río Campana. La hicimos. Breve pero preciosa. Cosa de una media hora andando. Hallamos un cartel explicativo de la flora del lugar y encontramos el inicio de la Gran Ruta que atraviesa todo Sierra Morena hasta Huelva. Debe ser precioso y me traje, porque me lo dio mi yerno, información de la ruta.

Tras este breve caminar, nos dirigimos al coche y dimos por concluida la jornada. Era ya tarde y mi nieta, de tan rendida como estaba, dio una cabezada en él y llegando a casa se acostó a la desacostumbrada hora de las nueve de la noche. Algo más tarde, lo hice yo.

Magnífica jornada y suprema compañía: mi nieta Clara. Mi adorable Clara.

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