Posteado por: Rafa Caro | 10 marzo 2012

VALDEINFIERNO Y MONTERA DEL TORERO. Rafa Caro

El Jefe no se equivoca. Tiene una memoria de elefante y un GPS grabado en su mollera, dura como un pedernal. “Tras la cola de Charco Redondo y una vez pasado el túnel correspondiente, en el Km. 73. salte de la autovía de Los Barrios. Encontrarás una carretera a la derecha, te la saltas y más arriba hallarás un cartel que señala Valdeinfierno. Hay un aparcamiento donde puedes dejar el coche. Si quieres, puedes seguir hasta el corredor de las Dos Bahías”. Esta fue la contestación que recibí de su parte cuando la noche antes le pregunté dónde llevar a mis dos pequeños, sabiendo que el pequeñín iría con su carrito porque aún es pequeño y el mayor, con unas ganas locas de “escalar”, tenía deseos de repetir el “Ojo del Moro” que ya lo hizo hace un par de años. Pues con este preámbulo, nos pusimos en carretera los dos coches, el de mi hijo Rafael con su esposa, Fabiola y sus dos pequeños y el mío conducido por mí y de copiloto, mi esposa Casti.

Dejamos Jerez y aproximándonos a Los Barrios, se nubló el cielo y comenzaron a caer unas inapreciables gotitas de agua. La nube del Estrecho. La que siempre está allí. La temperatura había bajado y cuando nos apeamos de los coches teníamos 6 grados menos que en Jerez. ¡Las cosas! Para entonces, ya habíamos hecho una primera parada tras abandonar en el Km. 73 la autovía y dejar la carretera que Cecilio nos había dicho que no la tomáramos. Comunicación imposible con el Jefe porque éste estaría ya camino de Nueva York y saltó el “buzón de voz”. Continuamos nuestro rodar en coche y al poco, la señalización de Valdeinfierno. Poca fe es lo que hay y mucha ansiedad.

Abandonamos los vehículos en el aparcamiento y comenzamos a andar. ¡Qué frío! Y en Jerez, seguro hacía calor. El sendero de Valdeinfierno es un camino de continuas subidas y bajadas. El carrito iba tirado por mi hijo porque el pequeño comenzó a andar pero es demasiado chico para hacer nada. Mi esposa y su mujer le discutían llevar el cochecito del niño, pero él no las dejaba. Yo iba delante con mi otro nieto. En un descuido, se cayó, pero portándose como un “hombrecito”, no comenzó a llorar. Desde entonces fue agarrado a mi mano. Entonces supo que no íbamos al “Ojo del Moro” sino a la “Montera del Torero” y se decepcionó un poco.

Pasamos por un desvío que nos llevaría al corredor de las Dos Bahías pero mi hijo no quiso tomarlo porque entendió que por una vereda no pasaría el cochecito. En vez de hacer la excursión circular, la haríamos rectilínea, de ida y vuelta. En tanto, él se volvió por su coche para subir al pequeño y esperarnos en el punto culminante de la excursión. Y así ocurrió. ¿Y sabéis lo que más entusiasmó a mi nieto Rafael? Las señales del oleoducto que pasa por allí desde la Bahía de Algeciras. Las contó, me las hizo mirar y reparar en ellas, se acercó para leer la información que en ellas había… ¡Todo! Se nota que le gustó la cosa.

Llegamos al punto “Corredor de las dos Bahías”, donde comienza el camino de la celebrada Zanona, cortijo que tanto interés despierta en el Jefe y allí nos esperaba mi hijo y su pequeño. La vuelta la hicimos en coche. ¡Vaya una excursión! Pero se trataba de que mi nieto escalara. Para eso su padre el día anterior había comprado cuerdas, “mosquetón y ocho”. ¡Ea, pues andando!

Llegamos de nuevo al aparcamiento, cogimos mi coche y nos dirigimos a la “Montera del Torero”. Podíamos haber hecho el camino andando porque están muy cercanos aparcamiento y “montera” pero pensábamos que estaría más lejos una cosa de la otra.

Subimos unos escalones y ya estábamos dentro del recinto en donde se conserva la curiosidad natural… ¡Y qué guarros somos! Mierda, plástico y papel por un tubo. No nos merecemos nada. Y mira que es pródiga en belleza esta tierra, pero…

Curioseamos, anduvimos, el pequeñajo quería andar y emular a su hermano mayor y como descubriéramos que la “Montera” era impenetrable para lo que queríamos, viendo unas rocas que a un tiro de piedra se hallaban, hacia ellas nos fuimos a que mi nieto mayor “escalara”.

Su padre lo amarró por todas partes de su cuerpecillo y asegurado todo, en tanto el padre y el abuelo se colocaron encima de la roca, la abuela servía de ayuda pero… ¡El frío y el miedo hicieron acto de presencia! ¡Qué frío! ¡Qué miedo! Ahí acabó todo el espectáculo. Es demasiado pequeño para esto y el padre lo sabe. Son sólo siete añitos y por más que se las quiera dar de mayor, no es más que un pequeño. Subió a una roca y bajó con el arnés haciendo “rappel”…Eso fue todo y ya estaba bien.

Como hacía frío, nos fuimos de allí para comer en Charco Redondo. Yo había visto en otra ocasión un camping muy bonito a las orillas del embalse, con unas mesas, unos bancos, unas barbacoas… ¡Ideal! Sí, sí… ¡Está destrozado todo y hubimos de entrar por entre una alambrada porque vimos gente dentro! ¡Qué pena y qué guarros! Destrozado el camping, destrozadas las barbacoas, sin bancos, sin mesas, las basuras campando por doquier… ¡Todo roto! ¡Qué pena! Sentados en el suelo, al respaldo del viento frío, comimos los filetes empanados, la tortilla “marca Casti” y tomate con sal. Y tras comer, vuelta a casa.

¡Vaya una jornada mala! ¡Otra vez será! Lo mejor, el beso que el “ceporrete” quiso dar a su abuelo antes de volver. Mi tesoro “cuadriculado”. Adoro a mis tres niños.

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