Posteado por: escuer | 26 septiembre 2012

CRONICA DE UNA “BERREITA”

 

BUENAS NOCHES Maño, te propongo ir a escuchar la berrea a los alcornocales. Pero para eso hay que ir tempranito. Yo te llevo a un sitio que conozco.

  • ¿Vale a las cinco y media? Yo te recojo.

Y a esa hora tan temprana salimos en ruta hacia Alcalá de los Gazules. La parada obligada del desayuno es en La Palmosa. Dos desayunos idénticos y continuamos hasta la entrada del camino que sigue el arroyo de La Peguera en dirección a la Piedra del Padrón. Nos adentramos más de ocho kilómetros por el carril. Enseguida, llegamos a paso “rally” donde el bosque de ribera forma una preciosa bóveda y vemos un “gandano” que nos mira con ojos deslumbrados y se pierde entre la maleza ( J. Antonio llama así al zorro). Despacio, muy despacio, nos dirigimos hacia la finca de su amigo José Luis. El camino sube hasta llegar a la cancela de la finca, aparcamos y escuchamos dos profundos berridos, son las siete y media y nos las prometemos muy felices.

Abrimos la cancela de la finca “Buenas Noches” y nos dirigimos hacia allí. Comenzamos a bajar y muy pronto llegamos al “contadero”, dos grandes peñas que enmarcan el camino y que son el lugar idóneo para contar el ganado. El cielo está profusamente estrellado y nos valemos de una linterna para no tropezar. Un par de kilómetros más abajo llegamos a la casa vieja de la finca “Buenas Noches”, allí el camino se bifurca. José Antonio dice que da igual que los dos caminos llevan al mismo sitio, así que decide tomar el de la derecha. Ya está amaneciendo pero en la casa no se ve luz. La habitan cuatro guardeses hermanos, “solteros viejos” (pasan todos de los noventa años) a los que la prensa ha dedicado algún artículo.

Pasamos gran peña muy larga y de ella salen volando a pocos metros de nuestras cabezas dos grandes buitres. Sólo escuchamos un par de berridos a lo lejos. Luego llegamos a un cruce, José Antonio duda y al llegar a un pilón llama a su amigo que nos aguarda para tomar café. El camino se acaba, así que regresamos al cruce y tomamos otro camino. Después de un rato oímos una motosierra, pensamos que la casa está cerca pero nunca llega. José Antonio me muestra unas pisadas de ciervo y al instante lo vemos alejarse entre la maleza, visto y no visto. Unos pasos más allá un gamo con una hermosa cornamenta nos mira, atraviesa un llano y nos deja pasmados a los dos.

El camino termina aquí en este llano. Volvemos al pilón, vemos la casa a lo lejos y llamamos de nuevo a José Luis. Nos dice que volvamos a “Buenas Noches” vieja, al llegar allí nos espera con el todoterreno, nos indica que era el camino de la izquierda el que debíamos haber tomado antes. José Antonio va para Jefe, “acierta hasta cuando se equivoca”. Llegamos a la casa después de 10´5 km en lugar de 3´5 km, pero ha merecido la pena.

La casa está enclavada en un lugar privilegiado en medio del bosque de alcornoques. Destaca por su blancura y su bello porte. Tiene un patio decorado con preciosas macetas y está enmarcado por las cuadras de los caballos y un picadero cubierto. Un bonito interior y una espectacular terraza cubierta orientada hacia el sur.

Después de una animada charla continuamos nuestro camino hacia Arnao en dirección a Jimena. Poco más abajo, unos corcheros cargaban dos camiones. Luego cruzamos la cancela de Arnao y subimos una cuesta de un kilómetro y medio hacia Jimena. Desde allí veíamos la finca vecina, el Montero con “la bola”, y, a lo lejos, el Torreón, San Cristóbal y el resto de sierras de Grazalema. Hacia el sur se veía el Peñón y el inmenso bosque de alcornoques. Berridos hacía rato que no escuchábamos.

Decidimos reponer fuerzas y mientras comíamos subieron cuatro ciclistas que iban a Jimena, pero se pararon al final de la cuesta y regresaron en dirección a Arnao.

Los camiones de corcho estaban casi llenos, José Luis nos dijo que fuéramos a la casa que nos invitaba a una cerveza, así que un ratito más de charla y nos despedimos de él agradeciéndole su amabilidad.

Por el camino unas vacas esqueléticas nos muestran los devastadores efectos de la sequía. El cielo comenzaba a poblarse de nubes y el poniente arreciaba a medida que subíamos, el día había sido perfecto. Al llegar al coche el podómetro marcaba más de 24 km.

La última parada fue en una “desconocida” Venta Andrés, totalmente reformada. Un par de tapitas calientes, un par de cervecitas y final para un precioso día, a pesar de que el campo está pidiendo a gritos que llueva.

 

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