Posteado por: Rafa Caro | 17 febrero 2013

DE VILLALUENGA A CANCHA BERMEJA

Alabado sea Dios. ¡Por fin llegó el Jefe y se reanuda el ciclo de marchas campestres! CANCHA BERMEJA (160213)00165 No es que estuvieran vedadas, no. Lo que ocurre es que nadie tiene la iniciativa de él y tan solo nos dedicamos a hacer gastronómicas (que no están nada mal) mientras que él, los martes, día “abuelil” por antonomasia, se dedica a andar con otra gente (para eso es más joven) y esta vez se ha tirado casi dos meses en Zaragoza con sus nietos, gozando de ellos, como tan solo él sabe gozar. Pero como iba diciendo, por fin llegó y se reanudan las salidas al campo. La mañana se presentó neblinosa y salimos desde Ifeca a la hora habitual. En el coche del Jefe se acomodaron las mujeres acompañándole, Isabel, Rosa, Dulce y Charo y en el de Santiago, los hombres: éste, que conducía, Julio, Antonio y quien esto escribe para que quede memoria y constancia. ¿Y Pepe? Malito con una maldita fascitis plantal. ¿Y María José? Reponiéndose de su brazo enfermo. ¿Y Casti? Metidita en casa para limpiar y descansar, libre de nietos que la tienen atada durante toda la semana. Hecha la aclaración pertinente, comenzamos el relato. Decía que la mañana se presentó neblinosa. Frío no hacía, pero niebla sí. Era un presagio de lo que sería el día (conocido es el refrán de “mañanita de niebla, tardecita de paseo”) y llegando a El Bosque se fue disipando. Durante el camino, Julio fue diciendo la cantidad de charcos con hielo que vimos por el camino. ¿Pero hacía frío? Yo creo que no, pero al parecer había helado por la noche. Desayunamos en la tradicional Venta Julián donde Julio hizo entrega a Eloy del otro calendario realizado por Antonio y que había solicitado para ponerlo en el local ya que el anterior se lo quedó su mujer por haberle gustado mucho. La verdad sea dicha, Antonio se va esmerando en la confección de estos y por año le sale mejor. Y desayunados, pusimos rumbo a Villaluenga. Como los coches estaban aparcados en sitios distintos, cada uno reemprendió viaje por camino distinto, pero ya en carretera y rodado unos kilómetros sin vernos, Antonio telefoneó al Jefe para saber por donde andaba y respondiendo Rosa, por donde iban, llegamos a la gasolinera de la entrada a Ubrique y allí esperamos la llegada del otro, cargado de féminas, como ya dije anteriormente. Pasó, sin vernos y nos pusimos tras él hasta llegar al punto de partida que no era otro que la cima de la carreterucha que da inicio a los Llanos del Republicano. Hay habilitado un aparcamiento en el lugar y allí había estacionado un montón de coches de gente que había salido a caminar, como nosotros, buscando el cansancio del día de asueto y llenándose de aire puro para combatir la falta de oxígeno de la semana. Está bien que la gente ande. Ya he dicho varias veces, y lo repito, que allá, por el año 1996, solo salíamos a caminar Cecilio y yo, acompañados de nuestras dos “menúas”. La sierra estaba vacía y la gente se movía solo para comer por aquellos lares mientras que nosotros cuatro nos dedicábamos a caminar. Afortunadamente la gente cada vez sale más a andar y esta bendita afición senderista se va agrandando más y más cada día. Dejados los coches, tomamos por el camino de los Llanos y unos metros más abajo, topamos con el cruce. A los Llanos del Republicano y el puerto del Correo, se iba por el centro, a la derecha, a Ubrique por el puerto del Calvillo y a la izquierda, nuestro camino de la jornada. Caminamos por un bosque inmenso de encinas y alcornoques. Pronto se convirtió en un alcornocal y el camino, cómodo y ancho, bajaba suavemente. Alguien aludió a lo bien que se iba bajando y otro le replicó que todo lo que se baja, luego se sube. No obstante, la caminata se hacía muy bien, porque se trataba de suavidad, se cruzaban varios arroyos con agua cantarina y el buen humor, como siempre, reinaba en el ambiente de la pandilla. Bajamos y bajamos hasta perder el alcornocal y aparecer ante nuestros ojos un inmenso panorama llano y un exquisito valle. La llanura era la del Republicano. Habíamos tomado por otra senda pero habíamos llegado a los Llanos, al inmenso llano, a una zona inédita para la mayoría de los que allí estábamos. Una excursión bonita, sí señor. Un inmenso mastín se nos acercó y olisqueó los macutos en tanto caminábamos y un panorama no menos inmenso se nos abría a nuestros ojos con la Cancha Bermeja a nuestro frente. Atravesamos una cerca, el camino bueno lo dejamos y por veredas poco transitadas, nos introdujimos en una zona húmeda, de suelo embarrado y con carteles que avisaban de ganadería suelta y peligrosa, nos adentramos en él. CANCHA BERMEJA (160213)00162 copia ¡Toreros valientes que somos, mire usted! Nos metimos luego en un bosquete de encinas nuevas que a la vuelta pregunté al Jefe si se trataban de melojos o de encinas y más adelante de encinas viejas. La excursión estaba resaltando más bonita cada vez. Cruzamos un arroyo, de los Álamos, y paramos a ver tritones y especies de renacuajos en el agua formada por la lluvia y los arroyuelos. Una vaca pacía tranquilamente y nos miraba con ojos confiados. A la sombra de las encinas hicimos el “rengue juliano”. Habíamos salido a las once y diez y ya era hora de libar porque pasaban sobradamente las doce y el reloj se acercaba a la una de la tarde. Una cortijada en ruinas. Rosa, con el salero que la caracteriza, dijo si aquello era el Dornajo. Risas del Jefe y del que esto escribe. Para ella, según dijo más tarde, toda casa ruinosa era el Dornajo. ¡Qué lugar más bonito! Habíamos atravesado un puente de piedra y el arroyo de los Álamos aparecía seco. Nos acompañaba a trechos y en tramos, secos, vadeables, y otras veces, con agua, remansada o corriendo según se tratara el tramo. Las calizas de la Cancha Bermeja estaban al alcance de nuestras manos. Y tras el bosque de encinas, el arroyo – que insisto, no lo perdíamos ni un momento – accedimos a otra llanura. Esta vez estábamos bordeando la Cancha. Se acercaban las dos de la tarde y llevábamos andando desde la once. Eran tres horas de camino y ni una vez, salvo la parada del “rengue”, habíamos parado. Una pareja, en dirección opuesta a la nuestra, apareció a la sombra de los farallones. ¿De dónde vendrían? Si ellos venían por allí, no hay dudas de que el mundo está lleno de locos. En un montículo y prácticamente al lado de una ganadería vacuna, paramos a comer. Un sitio espléndido, sí señor. Con mi máquina de fotos quise quedar inmortalizado el lugar haciendo una película panorámica del sito, pero, ¡maldición!, no me ha salido. Ya me extrañaba a mí que saliera. Era demasiado hermoso para que me saliera a mí. En fin, para eso llevábamos al fotógrafo oficial que habrá inmortalizado el paraje. Comimos. Y a los postres… ¿Dónde habían quedado los higos que Charo pródigamente nos había dado por la mañana nada más llegar a Ifeca? ¡En los coches! ¡Se habían quedado en los coches! Otra vez será. Terminada la comida y levantados los manteles, reanudamos el camino de vuelta. Fotografié las cimas que desde nuestras espaldas, esta vez desde nuestras caras, se veían desde allí: el Peñón Grande, el puerto de las Palomas, San Cristóbal el Torreón… Al adentrarnos por el camino, el Reloj… ¡Qué excursión más bonita y más completa! …Y para acabarla de empatar, hasta la obra buena del día hicimos. Pasados la dehesa donde comimos y el valle con el arroyo, y

los canchales abiertos en lajas milenariasCANCHA BERMEJA (160213)00092   , y el cortijo en ruina, y el puente de piedra y metidos de lleno en el encinar, vislumbramos una cabra. ¿Qué pasaba? ¿Por qué no huía a nuestro paso? ¿Por qué no se movía? ¡Estaba apresada en la valla! ¡Pobrecilla! Había metido la cabeza por entre la malla de alambre y el cuerpo no le cabía y la cabeza, con los cuernos, no la podía sacar. Nos acercamos a ella y Cecilio y Julio, conmigo de testigo, la sacaron de aquel atolladero. Ni las gracias les dio la desagradecida sino que salió corriendo en cuanto se vio libre y la perdimos de vista en un plis-plas. Continuamos nuestro regreso. Pasamos por la cortijada en mitad del llano donde por la mañana nos había oliscado el mastín. Dulce no marchaba porque tras cuatro meses sin andar se notaba un tanto cansada y dejando el llano, nos adentramos en el bosque de encina y el alcornocal más tarde. Antonio y yo metimos el turbo para subir la cuesta y algo más tarde, abandonamos el grupo y los dos nos fuimos solos hasta llegar a nuestro punto de salida. De vez en cuando parábamos para esperar a los que se habían rezagado. Oíamos el silencio del campo. La música callada que proporciona tanta belleza y un regato de agua, con su sonido sutil fue inmortalizado, esta vez, sí, con una película mía. Y pasando el bosque de alcornocales, accedimos adonde habían quedado los coches. Se trataba no más de esperar a los otros. Nos sentamos a esperar y descansar de la “paliza” del día en tanto nos limpiamos las botas, embarradas como estaban. Apareció gente. Los más jóvenes venían más rendidos que los más viejos. Suele ocurrir. Hoy los niños juegan a las maquinitas pero no andan. Un rosario de gente iba poco a poco y a tramos llegando. Se les notaba cansados. La última cuesta de los Llanos del Republicano se las trae. A una mujer comenté lo duro que se hace subir la dichosa cuesta. Me contestó sonriendo y rendida. ¿Y los nuestros? Pues no aparecían. Más tarde supimos que Rosa le había dado de comer a un venado o a un corzo de su misma mano. Es natural. Yendo don Julio, que ve a los animales mejor que nadie, seguro que vieron gamos, corzos, venados y buitres. Casi media hora de ventaja les tomamos. Pregunté a Santiago, que apareció junto a Julio, abriendo grupo, por la distancia que habíamos recorrido. 21 kilómetros, aproximadamente habíamos realizado. No está nada mal. Tomamos los coches y más antes que después, nos acercamos a la Venta Julián. La cerveza del día nos esperaba. Los que tomaron café y refrescos, dieron cuenta de un dulce, que Isabelita les cortó y repartió. Los que tomamos cerveza, nos metimos en el estómago unas aceitunas (olivas, Antonio) y unas costillas con patatas que estaban deliciosas. Para chuparse los dedos, vaya. Y así, entre bromas y chanzas, llegamos a Jerez a las 7:30 de la tarde/noche, tras haber pasado un día magnífico Y hoy, domingo, a Chiclana a comernos las judías con que tradicionalmente nos obsequia nuestra amiga Dulce. ¿Quién da más? ¡Joder, que panda….!

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