Posteado por: Rafa Caro | 8 abril 2013

LLANOS DEL ZURRAQUE

Una salida al mes: en Enero, en Febrero, en Marzo, en Abril… Las fuerzas no dan para más. Y la llegada de las pertinaces lluvias de invierno, tampoco. Jamás he visto llover tanto como estamos viendo.
Dimos con nuestros cuerpos en el lugar de siempre y a la hora de siempre. A mi esposa y a mí, ya nos esperaban el sempiterno Jefe y sus fieles Julio y María José. Esta vez, Isabelita había faltado a la cita porque su hija, yerno y nietos acababan de irse y porque un incipiente resfriado la tenía en casa aguardando para mediados de semana acudir a Villanueva a la “fiesta de Guitarvera”. Inmediatamente llegaron Escuer y Carmina. No iríamos “a los nacimientos” como proponía Escuer porque Cecilio había leído no sé qué de dureza de la excursión y la trocábamos por los Llanos del Zurraque que a priori presentaba mejor pinta de descanso. Esperamos unos minutos a Juan Bautista y viendo que este no llegaba, nos pusimos en camino hacia el lugar de siempre y para desayunar como siempre en la Venta Julián de El Bosque. En el coche de Cecilio, íbamos éste, Julio y yo y en el de Rafael, él, Carmina, Mª José y Casti. Siete formábamos aquel día la expedición.
Cubierto el rito habitual del desayuno, enfilamos hacia Ubrique y al llegar a la gasolinera de las Cumbres, giramos a Villaluenga para continuar hasta el cruce de los Alamillos en la carretera que va hacia Ronda. En Villaluenga había gran cantidad de coches estacionados. Tenía lugar la exposición-venta de quesos serranos, feria que va alcanzando fama y que atrae a multitud de gente. Nosotros, a lo nuestro: andar por rincones inéditos de la sierra guiados por nuestro nunca bien enaltecido Cecilio. Sin él, no hay grupo. No hay sierra. Lo necesitamos.

 


Llegados al cruce de la carretera de Grazalema con Ronda, en la Venta de los Alamillos, estacionamos los coches, nos cambiamos de calzado y comenzamos a andar. Eran las 11 y cuarto de la mañana. Un indicador proclamaba: Campobuches, 1,8 km. Cecilio para cerciorarse más, preguntó a un hombre que estaba picando piedras por el lugar. Hasta que no nombró el Cabrizal, el hombre no respondía. Estábamos puestos en pista y no había más que seguirla
La mañana aparecía espléndida y después de tanta lluvia como hemos tenido, se agradece un día soleado que abra nuestra primavera, tardía pero hermosa. El campo estaba a rabiar de bonito y verde y nuestros espíritus, contagiados por el día, se mostraban alegres. Más antes que después y tras alguna subida y bajada suaves, dimos con el río Campobuches o Gaduares. Llevaba agua. No es raro después de lo que hemos pasado. Lo raro no es que llevara mucha agua sino que pisáramos seco tras los días de lluvia tenidos. El lugar, una llanura hecha a propósito para asueto dominguero, es bellísimo y así lo inmortalizamos con nuestras cámaras, Escuer y yo.
Continuamos nuestro caminar y después de subir un puertecillo dimos con una hermosa panorámica de otro valle abierto y regado por el arroyo de los Álamos. Preciosa excursión. A nuestro frente, Cancha Bermeja y al fondo, todos los altos cerros de nuestra Sierra de Grazalema. A nuestros pies, el valle de El Cabrizal y regando el valle, el arroyo citado.
Bajamos hacia el valle y hallamos las primeras tierras húmedas, junto al arroyo. Ya estaba haciéndose notar que no pisáramos más que tierras secas. Nuestras botas necesitaban barro. Cruzamos hacia nuestra izquierda, abrimos y cerramos una cancela y pasamos a la otra orilla del arroyo. Sentados a la sombra de una encina hicimos el rengue matinal y juliano. Digo mal. Buscamos el solecito y obviamos la sombra que aunque la mañana estaba preciosa, se agradecía estar al sol más que a la sombra. Nos sentamos frente al pozo que hay el Cabrizal, a la otra orilla del arroyo, lleno, como se puede suponer. El pozo había rebosado y los terrenos circundantes estaban ahítos de agua. Nada que ver con la vez anterior en que estuve por estos lares, allá por el lejano mes de febrero.
Terminada la faena del rengue continuamos subida. Paralela al arroyuelo había una vereda señalada. ¿Cogimos por ella? Ni por pienso. Cogimos por arriba que es menos señalado y para dar más emoción a la cosa. ¿Subir? Subíamos y lo que era vereda señalada se convirtió en vereda de cabras y piedras. Había que subir. Por algo estábamos en la sierra. Atravesamos un portillo, el cual cerramos una vez pasados todos, y nos dimos de cara con el “Hoyo de la Matanza”. Bonito nombre. Pregunté a Cecilio qué podría significar aquel nombre tan tétrico y me dio dos versiones que ha oído. Por un lado, le viene el nombre por ser lugar donde mataban animales. Por otro lado, lugar de fusilamiento de gente de Montejaque durante la Guerra “Incivil” y la “paz” no menos incivil que hubo en España en el año 36 y siguientes del pasado siglo. Me pareció el nombre como más poético. Al decírselo a Cecilio, este reía con mi salida. La muerte es lo menos romántico que existe. Y así es. No obstante, me quedo con la segunda versión por parecerme menos profana que la primera.
Continuamos nuestra marcha ascendente y antes de que nos diéramos cuenta ya habíamos coronado el puertecillo y teníamos a nuestros pies la depresión del Zurraque, lugar de nuestro destino. ¡Vaya sitio más bonito! Y es que este Cecilio nos lleva a cada lugar… ¿Quién iba a conocer la Sierra si no fuera por él? Bajamos a la depresión. Los quejigos estaban secos esperando la primavera para verdecer. Las encinas, no, y la llanura, ¿qué decir de ella? Un prado verde, rabiosamente verde, con montones de piedra cada dos por tres. Estábamos en un circo, rodeados por serrijones y allá, al fondo, el cortijo del Zurraque. A poco que hubiéramos seguido andando hubiéramos topado con la vía de Montejaque a Cortes por los Llanos de Líbar, ya conocida por nosotros. Pero no era el caso. Habíamos de volver y emprendimos el regreso.
De vuelta, y dejado el Hoyo de la Matanza y el portillo de acceso, para no repetir camino, saltamos por una escalereta y accedimos mediante ella al prado del Cortijo del Cabrizal. Esta vez íbamos por la otra orilla del arroyo de los Álamos y tras pasar por terreno inundable, vinimos a comer, rodeados de vacas, en el mismo sitio que lo hiciéramos allá por el mes de febrero. Estuvimos igual de bien que la vez a la que aludo, solo que con el aditamento de la muy grata conversación de Escuer y las risas de Carmina al nombrar éste la “cena erótica” habida por ambos. Durante un buen trecho del camino de vuelta fue tema jocoso de las mujeres, con el erotismo y la pornografía de la cena. ¿Y reírnos? Bien que nos reímos en las excursiones.
En otro tramo del camino de vuelta abordamos el tema de la suerte que hasta el momento hemos tenido con las excursiones para no tener que lamentar nada desagradable, ni un rasguño siquiera de los miembros de este grupo en tantos años como llevamos saliendo por ahí. Y aún en otro tramo se abordó el tema político-económico arreglando a este país, que no hay quien lo arregle.
Y burla burlando, llegamos Cecilio y yo a la Venta de los Alamillos. Estaba a tope de coches y de gente que había comido allí. Nosotros habíamos empleado cinco horas en hacer el trayecto de 17 km. más o menos y veníamos henchidos de placer por haber visto una cosa tan bonita como habíamos visto. Descalzados y vueltos a calzar, aguardamos a los demás. Llegó Escuer. Se quejaba de una ampolla en el pie y que se había tenido que apoyar en el otro. Hizo la misma operación que antes habíamos hecho nosotros y se sintió más aliviado. Después llegó el resto y con deseos de meterse en la venta a tomar lo que fuera. Cecilio las desanimó porque había oído unos comentarios que nada bien decían de la venta y enfilamos a El Bosque. Esta vez, Julio y yo acompañamos a Escuer y Cecilio subió a las mujeres e hicimos el trayecto de Grazalema a El Bosque. Es más cerca pero la carretera es menos buena que la que trajimos por la mañana.
Llegamos a la Venta Julián y allí tomamos nuestro ya consabido tentempié de la tarde. Cuando Julio fue a pagar nos encontramos con la agradable sorpresa de que el bueno de nuestro amigo Eloy, el ventero, había tenido a bien invitarnos dado que el día no le había ido nada mal y a las cinco y media como eran, de la tarde, todavía había gente comiendo y ellos, los camareros y él, aún no lo habían hecho.
Tras todo lo dicho, llegamos a Jerez después de haber pasado un día, como siempre, feliz. Precioso el día. Magnífico el paseo.

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