Posteado por: Rafa Caro | 21 abril 2013

EL HONDÓN

Repetimos. Se nota el cansancio y se nota, sobre todo, que envejecemos. No investigamos y las excursiones se repiten. Bien es verdad que intentamos no repetirnos pero no hay para más. ¿A qué llamarnos a engaño? La “morugada” ya no es la misma. El tiempo, aunque no queramos, no perdona. Y bastante hacemos con continuar. Y bastante hace el Jefe con llevarnos.
Bueno, si algo no cambia es la puntualidad moruga y las costumbres.
Salimos en tres coches, desde el lugar acostumbrado, conducidos por Julio, con éste como conductor, Cecilio, Isabel y yo. En el coche de Emilio – conocido de Julio y amigo de este, llegado desde Rota – iban él, su esposa, Mari Carmen y María José y en el de Adolfo, y conducido por él mismo, su esposa Marisol, Rafael Escuer y Casti, mi esposa. En total, once, si no cuento mal. Previamente, y en contra de nuestras costumbres estuvimos esperando tres minutos a que llegaran dos muchachas aconsejadas por Antonio Torres y que habían contactado con él, mediante la página que están ustedes leyendo. No llegaron, o no se hicieron ver, y nos fuimos.

 


Llegamos a El Bosque y el primer percance: al cerrar el maletero de Julio, Cecilio me golpeó sin querer en las gafas y me hizo una pequeña herida en el entrecejo, que Julio, todo solícito, como es habitual en él, me curó con una tirita que saqué de mi propio botiquín.
Desayunamos lo habitual y comenzamos nuestro caminar a las once de la mañana. Tras el desayuno y camino de nuestro punto de salida, vimos en la carretera a un coche camuflado de la Policía de Tráfico y cómo multaban a un incauto unos metros más abajo otros polis metidos en su coche. Lo digo para que se tomen precauciones en la carretera. El día de viento en Jerez no se notaba para nada en la hondonada de la sierra, tan bella. Y el camino se hizo diáfano. Un día espléndido.
Abandonamos la carretera de El Bosque a Ubrique, tomando el atajo que nos llevaba al Hondón, a la izquierda y después de pasado un desvío por desprendimiento que lleva camino de eternizarse.
Al inicio de la caminata pegamos hebra con un paisano que esperaba a un camión para llevar unas cabras. Un hombre muy agradable, como todos los del campo. Llegamos al río, abandonando el arroyo Pajarito y lo vadeamos. El río es el Garganta del Boyar que más tarde se convertirá en el Tavizna. Cataratas y saltos. Sonido de agua por todas partes y vadeo por piedras, agarrados a un cordel, yo no sé si puesto allí ex profeso o no, pero que nos ayudó bastante. En la otra mano, los bastones, clavados al agua torrencial. Cuando estuvimos reagrupados, continuamos nuestro caminar dirigiéndonos a las “pozas”, lugar precioso, que Cecilio tenía ganas de que lo vieran los nuevos. A los veteranos tampoco nos importa mucho verlas y recrearnos en ellas.
Volvimos al camino y nos dimos de cara con gente que venía en nuestra contra. Un hombre y dos mujeres. En principio creímos que podían pertenecer al grupo del bueno de Brian, que habíamos saludado en la Venta Julián y que iban a hacer el camino contrario a nosotros. No fue así y a Brian y su gente, ni los vimos ni siquiera lo olimos en toda la jornada. ¿Se perderían?
Y tras ver las pozas, camino ascendente. Elevación suave pero ascendente todo el rato, yendo paralelos al arroyo Ahijadero. Rafael Escuer y yo nos adelantamos al grupo. Descansamos y bebimos de su bota. Él bebió agua del arroyo que corría hacia abajo buscando al Garganta. Esperamos al resto del grupo e hicimos nuestro habitual “rengue juliano”. No podían faltar los torreznos que porta, siempre que va, Adolfo. Haciendo patria se llama a eso.
Continuamos nuestra subida, metiéndonos por enmarañados caminos con aulagas espinosas, atravesamos el arroyuelo que venía paralelo y accedimos a un espléndido descampado, una dolina, que en otras ocasiones la hemos visto cubierta de agua formando una bella laguna, pero que esta vez, a pesar de las lluvias tan copiosas, estaba seca. La tierra se ha tragado las aguas que en dos semanas, un tiempo tan caluroso como el que estamos gozando, se han encargado de ello.
María José, Adolfo y Escuer se quedaron tumbados en el suelo, a la sombra de una encina, mientras los demás, fuimos a ver una de las más bellas estampas de la sierra de Grazalema. No había otra cosa que subir unos metros más para ver el paisaje. Ellos se lo perdieron porque la verdad es que dominando todo el Hondón, se distinguen las alturas máximas de la sierra. Es una lección de geografía. Estando en ello, llegó una pareja. Ella portaba en sus manos una ya hermosa maceta de espárragos. Venían buscando setas de primavera, pero puesto que no la encontraban se hicieron de espárragos. Por el camino de vuelta, comentábamos Cecilio y yo, que tras tantos años de sierra no nos hemos especializado en captar espárragos, ni setas ni nada. Conocemos los nombres, él más que yo, de algunas plantas y basta. Desastre se llama a eso.
Dimos con los que quedaron abajo y después del reagrupamiento, comenzamos la comida. Eran las dos y cuarto y había llegado la hora de comer. Y como comer y rascar, todo es empezar, dimos cuenta de nuestros bocadillos, sentados a la sombra de unas encinas. Un lugar envidiable y una temperatura gratísima. ¿Y qué decir de la comida? Pues como siempre y ya queda dicho todo.
El camino de vuelta se hizo como siempre, sin incidencias. Sí, hubo una incidencia: cerca del vado del río, me resbalé y caí. La buena de Mari Carmen, se dio un susto, creyéndose que algo me había pasado. Nos habíamos adelantado, Escuer, Emilio, Mari Carmen y yo y es que ya va uno para viejo y pierde la seguridad con la caminata. Los demás, ni se enteraron que me había caído.
Cerca ya de los coches, Cecilio dijo que podíamos romper el grupo y que los que quisieran le acompañaran al nacimiento del Hondón y los demás se fueran a los coches. Se dilucidó aquella propuesta y los que lo creyeron oportuno se fueron para El Bosque. Escuer, Adolfo, mi esposa y María José optaron por eso. Los demás seguimos al Jefe.
Me defraudó un poco el nacimiento. Yo no sé si es porque había un grupo de muchachos bañándose allí o porque no llevaba el agua que yo esperaba. El caso es que me defraudó. La cuesta existente para llegar al nacimiento, la hice solo y solo llegué a los coches. Un grupo de gente ocupaba el llano donde habíamos dejado los coches. Comían, merendaban o yo no sé. Lo cierto es que la gente sigue yendo al campo a comer, sentados en sus sillas playeras y con sus espléndidas mesas repletas de viandas. Otra forma de ver la vida. Hay a quien le gusta andar y a quien le gusta comer.
Más antes que después, llegaron los visitantes al nacimiento. ¿Cuánto anduvimos aquel día? Pues alrededor de los quince kilómetros. Subimos a los coches y enfilamos hacia El Bosque en donde nos esperaban guardándonos mesas los que ya se habían ido previamente y allí, sentados a la sombra de la terrazaza de la Venta Julián, comentamos las hazañas más interesantes que el día de campo nos había deparado. Y subidos en el coche de Emilio y Mari Carmen, llegamos a Jerez, mi esposa y yo.
Hermoso día, como siempre. ¡Ah! Y a las nueve de la noche nos iríamos a cenar con el resto de la pandilla en el Mesón “El Chamaeleo”. ¡Qué vida tan trepidante llevamos, Señor, qué vida!

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