Posteado por: Rafa Caro | 28 abril 2013

RIO DE LA MIEL POR SENDERO DE LOS PRISIONEROS

Oiga, Jefe, que sí. Que anduvimos más de 20 km. (el podómetro de su ínclito y tácito lugarteniente o subordinado, don Julio, marcaba más de 21 km.) los que nos hicimos dando una vuelta completa por el río de la Miel. Que no voy a entrar en polémica, pero sí, fueron más de 20 km. los andados. De cualquier forma, sean 20 ó 18 – qué más da – la excursión fue preciosa.

Había lloviznado y cuando cogí el coche aún lo hacía. Eso fue motivo más que suficiente para echar atrás a mi mujer y a Charo que eran las únicas que se habían apuntado a hacernos compañía a Cecilio, a Julio y a mí y como estas no vinieron echamos a rodar los tres en el coche de Cecilio hacia la Barriada del Cobre en Algeciras a las nueve en punto, como siempre.

El desayuno lo hicimos en la Palmosa en el restaurante primero que hay en el área de servicios. Abarrotado. ¡Cómo sale la gente a pesar de la maldita crisis que nos invade y a la que no se le ve final por ninguna parte! Allí saludé a José María Bernal, quien fuera director del Pío XII y compañero mío de estudios. Iba al Montero con una extensa participación de roteños.

Terminada la función vital tomamos dirección a Los Barrios pero un Guardia Civil de Tráfico nos disuadió y nos volvió advirtiéndonos que había romería en el pueblo y nos dio otra alternativa. Volvimos y nos dirigimos a la Barriada del Cobre por Algeciras. Este Jefe es supremo. ¿Cómo puede almacenar tanta información en su cabezota para llevarnos por vericuetos y no perderse nunca? ¡Qué sentido de la orientación! Yo no sabría llegar al Cobre. Lo juro.

Llegamos al punto definido, aparcamos y comenzamos a andar, tras el cambio habitual de calzado. Se trataba esta vez de rodear el valle del río de la Miel, hacerlo por lo más alto, por la margen derecha y bajar el valle hasta meternos en el propio río por la margen izquierda. Una excursión de categoría.

Una bien compactada ruta nos lleva hacia el río pero una encina en mitad del mismo, nos indica la ruta que debemos tomar. Adiós al camino bueno. Tiramos hacia la izquierda y nos metimos por un camino pedregoso y de continua subida. Se trataba del “Sendero de los Prisioneros”. ¿Que por qué lleva ese nombre? En los albores de la postguerra, Franco quiso hacer una senda que rodeara la costa hasta Conil, previendo un ataque de los ingleses o contra los ingleses. Para hacerla se llevó a los prisioneros republicanos que divididos en batallones y compañías la hicieron y estuvieron empleados en realizarla desde el año 1939, en que acabó la Guerra “Incivil” hasta el año 1945. Unos 15.000 prisioneros lograron hacer los trabajos más duros, como la traída de piedras y el apelmazamiento de ellas, con la construcción de “quitamiedos”. ¡Cuántas lágrimas y sudores costarían hacer esa obra hercúlea! Si la carretera, hoy usada por los turistas y avezados caminantes, hablara…

Por el camino, apenas usado, topamos con una pareja y más adelante con un grupo de muchachos y muchachas alegres, que iban en nuestra misma dirección y con una pareja que venía en dirección contraria a la nuestra. Nada más. Después en el río toparíamos con una ingente cantidad de personas repartidas en grupos: desde fotógrafos casi profesionales a grupo scout, pasando por famillas y familias que pasan el día a la orilla del río y desean naturaleza en estado puro.

Prosigamos con el relato. Subíamos y subíamos por la ruta, pedregosa. Dimos con una casa en construcción. Menuda vista va a tener el fulano cuando tenga construida la casa. Claro que para llegar a ella habrá de usar todo-terreno porque si piensa hacer el camino en coche lo lleva dado. La casa nos dice que debemos tirar hacia la derecha y así lo hacemos. Aparece un cartel explicativo con el “Sendero de los prisioneros” metiéndonos ya de lleno en el bosque de alcornoques. Subir seguíamos haciéndolo. Hay que salvar un desnivel que va de los 40 a los más de 500 metros y eso no es cuestión baladí. ¿Las vistas desde allí? Impagables. Veíamos la Bahía de Algeciras en todo su esplendor a pesar de que la neblina nos quitaba a África. Hasta 20 petroleros contó nuestro buen amigo Julio atravesando el Estrecho y saliendo al Atlántico. Aparecieron los quitamiedos y vimos el alegre grupo de muchachos y muchachas. Muchísimo más arriba, otro cartel explicativo del “sendero” mejor conservado y con la explicación de la inscripción realizada en uno de los quitamiedos: “Aquí ansido (han sido) licenciados los soldados del Batallón Disciplinario nº 22 pertenecientes a la Quinta Región 22-2-42” Y más subida y mas engatillamiento de máquinas de fotos. Tras cruzarnos con la pareja de andarines, tocamos cima. ¡Vaya un ventisquero! El viento, que no había dejado de soplar en todo el día, se hizo casi insoportable y por poco me lleva (¡a mí, con mis kilos!) en tanto veía y leía otro cartel informativo. El “Tajo de las Escobas” venía señalado en él. “Que no. Que eso son las Esclarecidas. El cartel está equivocado”. ¿Quién discute al Jefe? Sin embargo…

Esta vez bajábamos hasta dar con las ruinas de una fuente. Un laurel en el camino. Con el trabajito que me costó que arriara en el campo de mi cuñado y por fin él lo logró, y aquí… ¡Ya ves! Un letrero avisaba: “Fin del Sendero” y comenzó una vereda. Linda como todo el camino. En mitad de la vereda nos encontramos con agua y barro. Sería la tónica en lo sucesivo. La salvamos y nos introdujimos en pleno bosque de alcornoques y helechos. ¡Vaya cosa más bonita! ¡Qué preciosidad de camino! No abandonábamos el bosque y de nuevo una subida de casi un kilómetro. Dos mujeres esperaban a sus parejas sentadas tranquilamente a las ruinas de una casa. Los vimos a ellos y topamos con otra hermosa ruina. Qué lugar tan paradisíaco para habitar aquella casa. En ella hubo una vez gritos y niños corriendo por allí. Hoy no hay más que silencio y ruina en medio de un bosque inmenso cuajado de helechos y alcornoques… ¡Y dos eucaliptos! La vegetación puede con los dos extraños y aquello que dicen de que en los alrededores del eucalipto no crece nada será en otros lugares porque lo que es aquí… ¡Ni ellos vencen a los helechos!

Subimos todavía más hasta llegar al Puerto de la Higuera (o de las Higueras). Una rasa amplia nos sirvió para hacer el rengue. Salimos a las once menos cuarto y eran las trece y media. Yo creo que ya era hora. Un grupo de ciclistas (cinco en total) pegó la hebra con nosotros, sobre todos uno, que parecía el “capitán”. Esperaban al rezagado. Venía molido subiendo la cuesta que más tarde habríamos de tomar nosotros en dirección contraria, es decir, bajando.

Terminado el rengue, menos de diez minutos, comenzamos el regreso por una amplia ruta. Se trataba del camino que siempre hemos cogido para ir al río de la Miel y que parte desde el Bujeo. Una hermosa carretera apelmazada que está rodeada de bosque de alcornoques, helechos, espinos albares, genistas, aulagas… y más helechos. De trecho en trecho, un arroyo que nace y lleva sus aguas al río, que horadan el valle. ¡Qué gozada ver tanta agua y tan rica! Llegamos a otro cartel anunciador y explicativo. El valle se extiende a nuestros pies y está tan tupido por la vegetación que sólo se ve su forma de V. Al fondo, Algeciras, la Bahía, el Peñón, el Estrecho, la Sierra de las Nieves y África. ¡Qué preciosidad! ¡Cuántos verdes! ¡Qué variedad de verdes y azules! Se ve perfectamente por dónde hemos venido y adónde vamos. ¡Otra foto! ¡Merece el sitio todas las fotos!

Y bajando, bajando, topamos con “Las Corzas”. Más adelante hallamos el casar (el casar no, el portalón que lleva al casar) de su nombre y abandonando a la derecha el camino iniciamos la bajada al tupido valle. ¿Me desencantó? Cecilio me había hablado del desbroce, pero tan mal me lo puso, que no me lo pareció tanto. ¡Ya crecerán de nuevo los helechos! Y medirán lo que medían. La naturaleza es así.

Por medio del bosque buscábamos el río en una permanente bajada. Unas piedras me hicieron pensar en que era lugar de parada para comer. “Más adelante” – dijo Cecilio y continuamos nuestra bajada. Pasamos por el lado de unas piedras que simulan un dolmen – ¿o lo es? – y, como siempre, la fotografiamos. Y dimos con las piedras que nos servirían de comedor. Ya en otras ocasiones las hemos usado para lo mismo. Faltaba un cuarto para las tres de la tarde. Creo que ya era tiempo merecido. Nos sentamos y dimos cuenta de nuestras viandas. “Restaurante cinco bellotas” – dijo Cecilio. “Como los dioses” – replicó Julito.

Realizada la comida, seguimos bajando hasta dar con el río. Llevaba agua y un ensordecedor ruido. Lo vadeamos y, ¡oh, milagro!: Cecilio siguió impoluto cruzando de piedra en piedra. Comenzamos a caminar por la otra orilla y a fotografiar todo lo fotografiable y más. De pronto… ¡Plaf! Caída de Cecilio y llenada de barro. Ya me extrañaba a mí, que viniendo al río de la Miel este tío no se cayera al agua. Julito había sentado sus posaderas en la bajada al río, Cecilio se había caído… ya solo quedaba yo por hacerlo. El más torpón esta vez no lo probó. A punto estuve un par de veces, pero mantuve el equilibrio. Aún no sé cómo, pero lo mantuve.

Por el camino – es un decir – nos cayeron unas inapreciables gotitas de agua. Un nubarrón apenas perceptible nos envolvía. Y digo “apenas perceptible”, porque metidos en lo inextricable del bosque galería paralelo al río, apenas se distinguía el cielo. ¡Cuanta belleza! Cruzamos e inmortalizamos rododendros y flores dedales, cascadas y más cascadas de agua, que el bravío arroyo forma de vez en cuando. Vimos de nuevo a los muchachos que antes habíamos visto en el “Sendero de los Prisioneros”. Como buenos conocedores del lugar habían bajado al río por otro sitio y habían acortado mucho el camino. No era lo nuestro. Lo nuestro es caminar y caminar antes de que nos coja la edad. Cruzamos el río nuevamente y llegamos a la otra orilla. De allí, a poco, nos encontramos con un camino ya construido que nos acercaba al viejo molino de trigo. Para entonces, una ingente cantidad de personas poblaban las orillas del río buscando naturaleza y sitios bonitos de fotografía. Un grupo scout hacía juegos.

Tras pasar el viejo y ruinoso molino, accedimos al puente y trabamos conversación con una pareja joven y tres niños, un niño y dos niñas, preciosos. Y llegamos al camino. Ya sólo se trataba de andar por un terreno amplio y archiconocido y pateado. Otras gotas nos cayeron. Ahora sí que veíamos el cielo. Un nubarrón se cernía frente a nosotros y otro nubarrón, a nuestras espaldas, era el que presagiaba descargar. Julio apretó el paso. ¿Para qué? Si llovía bienvenida sería la lluvia que nos refrescaría un poco, aunque la verdad, el día había sido redondo: no había hecho frío, no había hecho calor. Viento, sí. Un ventarrón enorme pero habíamos estado parapetados y cubiertos por la sierra.

Dimos con el cruce de la mañana, con la encina en mitad del camino y la división de vías. A partir de ese momento, ya sería “como el palo del pirulí”- en el decir afortunado de nuestro ínclito Cecilio. Habíamos dado un hermoso rodeo que nos había costado desde la once menos cuarto en que salimos a las cinco y cuarto en que llegamos. Seis horas y media andando. No estaba mal. Una vaca nos cortaba el camino y se puso, pastueña, en la ribera opuesta dándonos o permitiéndonos el paso.

Y de nuevo, cambio de calzado y al coche, en donde Cecilio tomó su móvil y vio las llamadas perdidas, una de las cuales era de mi mujer. Hasta llegar a las Palmosas no supe que me llamaba para hacerme sentir su pesar por no habernos acompañado. Ella se perdió un día tan hermoso. Nosotros, no. Nosotros nos tomamos la consabida cerveza en el Mesón de la mañana pero esta vez con menos gente.

… Y añadir que de regreso pudimos observar en su esplendor cómo el embalse de Charco Redondo estaba a tope de agua, como jamás lo había visto y que las colas del Barbate son tres y llevaban agua a rebosar también. ¡Qué alegría de ver tanta agua, Señor! Y la Laguna Medina, y el río Alberite, y el Rocinejo, y el Palmiones…

Un día hermoso, si señor. A las siete de la tarde llegué a casa dispuesto a comer un par de huevos fritos con patatas, como mi amigo Cecilio. Y a fe que supieron bien.

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