Posteado por: escuer | 24 mayo 2013

VIAJE AL TIROL Y BAVIERA.

CRÓNICA DE JOSE P. BOHOYO

14 a 22 de Mayo del 2.0013.

 

Día 14.-Martes

La del alba sería… e incluso un poco antes, porque a las 5 de la mañana ya estábamos en camino. Acompañando a Cecilio, Isabel y Julio. Éste sin su inseparable Mª José que tiene que operarse de menisco. ¡Ya es mala suerte con la ilusión que tenía puesta en este viaje! Qué le vamos a hacer, como dice el resignado Julio. Con Santiago, Dulce, Charo y yo. Es temprano, y nos cuesta sacudirnos el sueño, pero la ocasión merece la pena.

Ya en la estación de Santa Justa nos extraña que no hayan llegado a recoger los coches. Llama Santiago a la agencia y es que pensaban que era en el aeropuerto. Aclarado el error, llegan tras unos 15 min. Por fortuna nos gusta llegar con tiempo de margen ante posibles incidencias. Salimos de Sevilla a las 9´15 h.

En unas 2 h y media el AVE nos deja en la Estación de Atocha. Poco antes de llegar, a la hora de preparar las maletas, me llevo un buen susto. Intento sacar los billetes del tren y del avión de la mochilita que Alventus nos ha proporcionado… y no están. Tanto Charo como yo nos ponemos de todos los colores. Falsa alarma, como todas las mochilas son iguales había confundido la mía con la de Cecilio. Es muy propio que estos incidentes se comenten y sirvan de chanzas entre los Morugos, así que no me extrañaría nada que esta vez no sea una excepción.

En un coche previamente concertado nos trasladamos a la T-2 de Barajas. Nada más hacerlo nosotros lo hacen Adolfo y Pili procedentes de Épila, y ya completo el grupo nos dirigimos a facturar el equipaje. Cumplido este requisito, pasado el control sin problemas y tras permanecer un tiempo en la sala de espera correspondiente, el avión de Lufthansa despega sobre las 12´15h. La comida como es natural resulta discreta, y sobre las 14´45 h aterrizamos en el aeropuerto de Munich. A la salida nos espera Julia, nuestra guía española y jerezana por más señas. En un autobús de Alventus nos dirigimos a nuestro destino, St. Johann in Pongau. El trayecto nos deja maravillados: las praderas lo cubren todo. Las corrientes de agua y las cascadas engrosan el caudal del río Salzach. Bosques de hayas y abetos cubren lomas y montañas y la nieve hace su aparición brillando en cumbres y ribazos. Diseminadas por todos sitios preciosas y cuidadas casas con sus fachadas de madera y los alegres colores de las flores que con tanto mimo cuidan los granjeros. Pero lo que más nos admira son las montañas. Altas, recortadas presumen de nieve abundante a pesar de estar a mediados de mayo. El paisaje me hace recordar la serie de Heidi en la TV de hace ya unos añitos.

Durante el trayecto Julia nos va explicando las características y pormenores de los lugares por los que vamos pasando. Es una chica agradable y simpática que va a acompañarnos durante todos estos días. Llegamos al fin a St. Johann y nos hospedamos en el Hotel Brückenwirt, donde nos sorprende el uniforme de los camareros. Llevan el típico traje tirolés, tanto ellos como ellas. El hotel es bonito, cómodo y agradable, y en todos los días que permanecemos allí nos sentimos estupendamente tratados.

Después de asearnos, salimos a dar una vuelta por el pueblo. A todos nos parece acogedor y no dejamos de sorprendernos del cuidado de sus casas y la limpieza de sus calles. Aprovechamos la tranquilidad de una terraza para degustar una rica cerveza de la marca Weizen antes de volver al hotel a cenar e irnos a descansar tras un largo día de viaje.

Día 15.-Miércoles

Suculento desayuno a las 7´30h para salir de marcha a las 8. Hoy nuestra conductora se llama Renata. No nos entendemos con palabras, pero ahí esta Julia, y si no, el lenguaje universal de los gestos hace milagros. Una vez acomodados y con un magnífico y soleado día nos dirigimos al Parque Nacional Home Tauern. La bonanza del tiempo hace que aprovechemos para subir hoy a la montaña ante la amenaza de lluvia para el día siguiente.

La carretera de montaña en sí misma es ya un aliciente. Renata nos pone un vídeo sobre su construcción y las dificultades que ingenieros y trabajadores austriacos hubieron de superar en 1935 para salvar las fuertes pendientes, los profundos valles y gargantas hasta alcanzar las altas cimas de las montañas. Hoy lo hacemos cómodamente en el coche siguiendo más o menos el trazado del río Sacha y el del ferrocarril y vamos superando alturas con curvas de vértigo. El verde de las laderas, el tupido arbolado (pinos, hayas, álamos, piceas, fresnos, alerces) los torrentes que engrosan el caudal del río y la nieve que primero tímidamente acaba después invadiendo valles y montañas, forman un espectáculo inolvidable. Se acaban los adjetivos y acudo a los morugos (impresionante, maravilloso, inenarrable, grandioso, no hay palabras…) e incluso a los evangelios en boca del anciano Simeón. Señor, ahora ya puedes llevar contigo a tu siervo, porque mis ojos han contemplado…

El mal de altura parece hacerse presente y una parada para fotos, servicio y estirar las piernas se hace necesaria. El paisaje no deja de sobrecogernos. La nieve blanquea las montañas y brilla ante la caricia del sol en las elevadas cumbres. Llegamos al fin a las inmediaciones del glacial Pasterze. La proyectada excursión a pie ha de suspenderse. El reblandecimiento de la nieve por el calor puede provocar avalanchas y el recorrido está cerrado. No importa, la excursión vale la pena. El pico más alto de los Alpes austríacos con 3.797m se muestra orgulloso.

Hemos de abrigarnos. El viento, aunque no muy fuerte, nos recomienda utilizar nuestras prendas de reserva. En las modernas instalaciones del refugio en el que hemos aparcado hay una serie de exposiciones magníficamente dotadas. Coches de época, coches en miniatura, motos y maquinaria antigua, recreaciones de trabajos y aprovechamiento de los recursos de la montaña, herramientas, túneles, ejemplares de la fauna y flora local nos admiran y entretienen.

La torre Swaroski, moderna atalaya de madera y cristal nos permite dominar desde su altura las orgullosas montañas y los picos que las coronan. Una excursión de niños italianos pone la nota de color en la torre y sus risas y gritos invaden la hasta ahora tranquila plataforma de la torre. Julio con su aguda vista descubre a unas cabras alpinas (Ibex) que pacen tranquilamente a unos 100m de nosotros.

Abandonamos el refugio en el coche en busca de un restaurante donde reponer fuerzas. Nuevamente Julio nos señala la presencia de numerosas marmotas que caminan por la nieve dejando en ellas las delicadas huellas de sus cortas patitas. Más adelante la cerveza, Pils esta vez, está deliciosa acompañando la comida. Un ratito de asueto recreándonos la vista en el imponente paisaje montañoso y continuamos ruta. Parada en un nuevo bar de carretera para fotografiar al dueño con una marmota amaestrada que se encuentra encantada de posar ante los turistas, y por fin llegada al hotel sin dejar de alabar el magnífico día, y el maravilloso paisaje.

Después de la ducha y cambio de ropa los caballeros somos comisionados para ir a la compra. Julio pone en práctica sus múltiples recursos para adquirir galletas en el supermercado. La dueña no conoce la palabra “galleta” y Julio prueba con “pasta de té”. Al fin se ilumina el semblante del dueño. Pasta, italianos, dice y señala los macarrones. Está claro que la lengua alemana no es nuestro fuerte.

Mientras Cecilio, Santiago, Adolfo y yo salimos a dar un paseo, Julio acompaña a las señoras a la piscina y, juguetón él pulsa el botón rojo de una de las cabinas de las duchas intentando que funcionara. Era el de la alarma y el personal del hotel efectivamente se alarmó. Prolijas explicaciones de Julio, tranquilidad del personal y todo queda en una anécdota para comentar.

Cena en nuestra mesa reservada habitual y un paseo hasta la estación del ferrocarril. A la vuelta, mientras este cronista accidental se dedica a escribir esta crónica, los demás juegan una partida de cartas con la intención de no olvidar el añorado juego de “Me queda una”. Y mañana será otro día.

 

 

 

 

 

 

 

 

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