Posteado por: Rafa Caro | 10 junio 2013

VIAJE AL TIROL. Julio Ramos López

San Johann im Pongau, jueves, 16 de mayo de 2.013
Como en días anteriores, vino Cecilio a las siete a darme el toque de diana. Nada más asomarme al balcón de mi habitación, veo que el día se presenta espléndido. A las siete y media, bajamos a desayunar y contemplamos un desagradable incidente entre una camarera y una señora, ya entrada en años, que se creyó que cuanto de comer había le correspondía y podía quedárselo.

A las ocho y media salimos del hotel todos pertrechados, con nuestra guía Julia al frente. Después de un largo recorrido por la margen izquierda del rio Salzach, que pasa por la ciudad donde nos hospedamos, y a través de un sendero de tierra bien compactada, cruzándonos con gente que hacía deporte, llegamos a un cruce de caminos y tomamos el de la derecha, que era el que nos conduciría a las cascadas de LIECHTENSTEINKLAMM.

Sobre las diez menos cuarto, después de subir un pequeño repecho, llegamos a la entrada del parque natural de las cascadas, que deben su nombre a un vecino que, agotado el presupuesto municipal para hacer las obras de acondicionamiento del recorrido, para poner en valor las mismas, puso de su peculio particular el dinero necesario para terminarlas.

Desde que se inicia el recorrido hasta su conclusión, se va pasando por parajes, a cada cual más bonito, donde se ve el juego del agua con la naturaleza. ¡Agua y más agua! Escarpadas rocas cortadas den vertical y, … recovecos, donde se van formando no una, sino continuas cascadas. Después de subir y bajar escaleras, atravesar puentes, túneles y pasadizos, todos excavados en la roca viva, o, en su defecto, voladas sobre las mismas, llegamos por fin a la cascada más alta, donde no dejamos de hacer exclamaciones de sorpresa por la maravilla que contemplamos. Allí había un banco de madera y nos sentamos un ratito para disfrutar y saborear el incomparable cuadro que teníamos a la vista.

Regresamos lentamente al punto de partida y, después de que las mujeres compraran los recuerdos de rigor, nos sentamos a tomar un café y descansar un rato, al tiempo que comentábamos las maravillas que habíamos visto.

De regreso al pueblo, por camino distinto al de ida, dimos con un merendero a la orilla del río, donde, cómodamente instaladas nuestras posaderas, saciamos nuestro apetito con unos buenos bocatas de surtidos de cerdo ibérico, regados, a falta de una rubia cerveza, con una exquisita y fresca agua de una fuente que allí había.
Sobre la una continuamos camino al hotel, donde llegamos media hora después, con el tiempo suficiente para subir a nuestras habitaciones y asearnos un poco para partir hacia la estación y coger el tren que nos llevaría a ZELL AM SEE.

El camino es corto, apenas cuarenta y cinco minutos, pero los parajes por donde discurre el ferrocarril, bordeando el rio Salzach, son de una belleza incomparable. Llegamos y, después de dar una vuelta por el pueblo, que dicho sea de paso, tiene bien poco que ver, mientras las mujeres iban de tiendas, los hombres nos sentamos a tomar café en una coqueta placita. Estando sentados, llamó Sara, la hija de Adolfo, intentando darle instrucciones sobre el terreno, para que él, por el móvil, le remitiera algo, pero después de varios intentos, y ver que todo era en vano, comprobó con estupor, que el citado aparato tenia el SUT. ¿Qué será eso?

Se incorporaron las mujeres y se sentaron en otra mesa a tomar un helado. Llamó Jaime al móvil, y después de hablar un ratito con Cecilio, éste le pasó el móvil a Isabelita, que para oírlo mejor se fue al otro lado de la plaza. Pagamos y nos fuimos hacia el lago.

Al atravesar la calle anterior al lago, sonaron las señales de una paso a nivel, cuyas barreras empezaron a bajar, y como Dulce no se había dado ni cuenta, por querer cruzar pese a ello, ¡por poco si no estamos todos menos ella!. Cecilio desanduvo el camino y al momento, aparecieron los dos calle abajo, con el regocijo de los demás. No se habían dado cuenta que, mientras hablaba por teléfono con Jaime, los demás nos habíamos marchado, por cierto, sin que nosotros la echáramos de menos, ni ella a nosotros. ¡Tan entretenida estaba!.

El lago es bastante grande y queda en un emplazamiento ideal, rodeado de montañas, la mayoría todavía nevadas, y, en la orilla hoteles y palacetes con sus embarcaderos y jardines. En un barco, dimos una vuelta al lago, y empezó a llover. Desembarcamos, volvimos a la estación e iniciamos el camino de regreso. Después de una buena cena en el hotel, dimos un paseo por el pueblo y regresamos a dormir no muy tarde, pues mañana había que madrugar.

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