Posteado por: Rafa Caro | 3 julio 2013

PENÚLTIMA ENTREGA DEL VIAJE MORUGUIL AL TIROL. Crónica de Cecilio

18 de mayo. Una marcha inacabada.
Son las ocho y media, hoy tenemos un nuevo compañero Simon, un joven alemán amigo de Julia que compartió piso con ella en Berlín donde vive, aunque actualmente trabaja en Austria para ayudarse en los estudios. Entiende algo el español pero no lo habla, de todas formas pronto encaja en el grupo y Julia se encarga de hacerle saber que es bienvenido.
Renata, la simpática chófer, nos invita a gritar “¡foama!”, que significa en el dialecto de la región ¡vámonos!, ese será desde ahora el grito de partida.
Sentimos frío y es porque la ventanilla del techo está abierta, así que le pedimos a Julio que la cierre, pero responde:
– Yo ya no toco nada.
Sin embargo finalmente se atreve y la cierra sin más problemas. Pasamos por Wagraim, cuna del autor del villancico “Noche de Paz”, también cerca de la casa de los padres de Renata y de la casa de Anne Marie Moser famosa esquiadora campeona del mundo en repetidas ocasiones.
Después de cuarenta minutos de viaje llegamos a las orillas del lago Jaggersee, maravilloso lugar rodeado de bosques de alerces y abetos y enmarcado por montañas nevadas. Al fondo del valle una gran cascada que desciende del lago Tappenkarsee, objetivo de nuestra caminata.
Pronto me quedo detrás, fotos y más fotos son la causa, pero no me despego demasiado. El carril es cómodo y sube muy poco a poco durante unos tres kilómetros y medio, luego se hace sendero muy bien marcado pero ya mucho más empinado. Al ganar altura el paisaje nos muestra el valle que enmarca el lago que dejamos a nuestras espaldas, cada vez más lejano, cada vez más espectacular. Descubrimos nuevas correntías, nuevas cumbres, el bosque de coníferas deja paso al maravilloso bosque de hayas, todo es tan hermoso que la fatiga es más llevadera. Pronto nos asomamos al pie de la cascada grande, es espectacular.
Cuando llevamos unos dos kilómetros de dura ascensión paramos a hacer el rengue “juliano”, esta vez de Julia que no de Julio, regado con snapch de cereza. En ese momento llega hasta nosotros el dueño del refugio del lago superior con su hijo. Le dice a Julia que el paso está difícil más arriba. Decidimos seguir la marcha, Julio le quita las pegatinas a las gafas de sol, tres meses después de comprarlas ( para él que eran la marca de las gafas que estaban grabadas), a Isabel le flojean las piernas por el licor y a Pili también, pero pronto se les pasa, sobre todo porque que hay que atravesar un arroyo haciendo equilibrios por las piedras y atravesando una estrecha pasarela metálica que resbala si no tienes cuidado.
Luego el camino se complica porque el nevero invade el sendero. Tomamos un empinado y resbaladizo atajo para salvarlo y de nuevo retomamos la vereda. Un poco más allá nuevo paso estrecho y nueva dificultad salvada con la ayuda de Julia, pero de nuevo el nevero que nos corta el paso y esta vez es tan estrecha la vereda y tan empinado el terraplén por el que desciende el nevero que optamos por no arriesgarnos. Vemos pasar a una pareja, estamos apenas a doscientos metros de terminar el ascenso, el lago que no veremos sino en postales está allí, no será esta vez, ni el calzado ni las condiciones son las adecuadas, así que volvemos.
De nuevo en el “atajo” , la bajada se hace dificultosa, Julia se pone nerviosa y, aunque no pasa nada, nos riñe por algunos malos hábitos (darse la vuelta, agarrarse a las ramas, echar el cuerpo para adelante…), en fin un poco más allá de nuevo la pasarela y ya el sendero. Más tranquila recupera el buen ánimo.
El grupo se disgrega, yo me quedo de nuevo atrás para hacer cientos de fotos, el bosque, el río de aguas esmeraldas, los rápidos, las cumbres, las flores, los cisnes que nadan en el lago, los patos…
Llegados al refugio nos tomamos unas cervezas y pedimos unas tapitas ( espárragos, sopa de plantas silvestres, ensalada). Llegan dos carruajes con los invitados de una boda, todos vestidos con los trajes tiroleses, el colorido y el entorno encajan de manera natural.
Julio, Isabel y yo buscamos un lugar para comer, pero los demás prefieren en la orilla del lago y nos vamos de allí, Julio se deja el bastón. Tomamos vino y queso austriacos, gentileza de Julia, y los ricos embutidos que hemos llevado desde Jerez. Unos niños dan de comer a los cisnes, Pepe los imita. Una pareja de jubilados “se encuentra” el bastón de Julio, no preguntan, se lo llevan.
– ¡Eh! ¡Oiga!, que ese es mi bastón – Julio que se ha dado cuenta se va para ellos y recupera su bastón.
Es un lugar idílico, el tiempo parece detenerse, alguien comenta que si la felicidad fuera un lugar sería este. Pero llega Renata y nos despierta del sueño: – ¡foama!
De vuelta en el hotel, Charo, Isabel, Pepe y Julio van a la piscina, qué envidia, los demás a descansar. La cena es hoy buffet, el ejército del zar se pone las botas, dos y tres piezas de cada tipo de fruta, platos a rebosar, tres huevos, viajes de ida y vuelta a coger más comida…
Después de cenar Charo conversa con un señor judío al que le da reparo decir que lo es, le cortamos la charla para dar un paseo, pero de buena gana la seguiría, seguro que lo hace otro día. Una vez en la calle vemos cantidad de chicas jóvenes vestidas con el traje regional que van a la movida, es llamativo que lo usan para todo y lo llevan con el mayor orgullo. Nosotros nos sentamos un rato en una terraza y volvemos al hotel.
19 de mayo. Königsee, un paseo por Baviera.
El ejército del zar nos coge la vez ¡cómo comen!, Julio no encuentra su llave y pide un duplicado, una vez en su habitación la encuentra en el bolsillo del pantalón, ¡es que no para!, le pasa de todo.
Esta vez vamos en dos vehículos. En el nuestro Julio, inasequible al desaliento, intenta entablar conversación con la chófer, pero ni el alemán ni el inglés de Julio dan para eso, así que tranquilidad. En el otro coche Santiago viaja sentado en sentido opuesto a la marcha y llega mareado.
Después de cuarenta minutos de viaje llegamos a las orillas del Konigsee, desde allí se divisa a lo lejos el “Nido del Águila”. Embarcamos y comenzamos a recorrer el lago que semeja un fiordo encajonado entre las paredes de las montañas, llenas de bosques en sus laderas y con nieve en las cumbres, un paisaje espectacular.
En un momento determinado el barco, con motor eléctrico para no contaminar, se detiene y un miembro de la tripulación toca una trompeta, el eco nos devuelve las notas repetidas varias veces. Luego seguimos camino hasta San Bartolomé que nos recibe con su pequeña iglesia de rojas cúpulas ortodoxas. Un par de casas de madera, un pequeño museo y un restaurante son todos los edificios del lugar.
Tomamos una senda para subir hasta la gruta de hielo, al pie del monte Watzman, el segundo en altura de Alemania. Un hermoso bosque de hayas hace más llevadera la subida. El ritmo es lento, tenemos tiempo y no hay prisa, ya casi llegados al lugar, el cielo se ennegrece, cruzamos el arroyo descalzos, el agua helada, y apretamos el paso: Pili, Adolfo, Dulce y Julio no cruzan, comienza a llover más fuerte, Isabel estrena la capellina, yo el chubasquero, no hay gruta de hielo en el nevero. Desde el otro lado del arroyo Julio nos indica un paso estrecho para que crucemos, pero Julia se desgañita diciéndonos que nos descalcemos que es peligroso. Le hacemos caso y de esa manera se calma.
Nada más cruzar escampa, Santiago se quita la camiseta mojada y se pone un forro polar, tomamos la senda y sin más incidentes nos internamos de nuevo en el precioso bosque. Una vez abajo visitamos el museo y nos dirigimos al restaurante a comer, decidimos hacerlo dentro porque amenazaba lluvia, como así fue.
Después de comer embarcamos de nuevo, nuevas vistas, una bella cascada y llegamos al extremo del lago, allí desembarcamos y caminando llegamos al Obersee, otro lago más pequeño, pero de una belleza sin igual, rodeado de altas paredes, con las cimas nevadas y con una altísima cascada en el fondo. Ya no llovía así que el paseo fue muy agradable, luego un café y de nuevo embarcamos para regresar al punto de partida.
Santi hace la vuelta en nuestro coche para no tener que viajar de espaldas a la marcha. Una vez en Sankt Johann voy a hacer unas fotos a la cucaña (hay que ver lo que hay que hacer por una cerveza gratis) y al ábside de la iglesia, algunas van a la piscina y otros descansan.
Después de cenar jugamos una partida en mi habitación, Julia y Simon aprenden rápido, lo pasamos muy bien y ¡ganó Charo!, para que luego diga que siempre es la que más pierde, luego unos chupitos de snapch y a dormir.

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