Posteado por: Rafa Caro | 21 octubre 2013

EXCURSIÓN A MURTA

MURTA (QUE NO MULTA)

Busqué en el diccionario el significado de “murta”. Lo encontré: “arrayán”. Y a fe que había arrayanes. Yo pensaba que se trataba de un pueblo de Málaga o de Almería. Me sonaba a eso. Después, buscando en el diccionario enciclopédico de Andalucía vi que Murtas es un pueblo de Granada, del partido judicial de Órgiva, famoso por sus dulces. ¡De eso me suena Murtas! ¡De los “soplillos” alpujarreños! El lugar al que nos llevó el Jefe se llamaba “Murta”.

A las nueve salimos de Ifeca dos coches: en uno, Julio y María José, Cecilio e Isabel. En otro, Rafael Escuer, Casti y quien esto escribe. El desayuno la haríamos en “La Palmosa”, área que hay junto a Alcalá de los Gazules. En un bar cutre, donde estuvimos ya la vez anterior y donde saludé a Pepe Bernal, el antiguo director del Pío XII. Desayunamos los siete componentes de la expedición. El bar estaba más sucio de lo habitual y las mesas ocupadas de servicios… ¡Y repleto de gente! Parece que nos gusta lo guarro, ¿no?

Llegamos a nuestro destino y nos pusimos a andar, que era a lo que habíamos venido: cansarnos y llenar nuestros pulmones de oxígeno…Claro que hacer tantos kilómetros para eso, con lo cerca que tenemos el Parque de los Toruños, que era donde propuse… De cualquier manera, el día resultó delicioso, como siempre y la caminata de 16 Km. no estuvo nada mal. Otra zona de los Alcornocales que conocemos.

Comenzamos a las diez y media y la primera parte se hace por un descampado al sol sin nada de vegetación por el camino, en unos 800 metros. La mañana estaba bella y una leve brisa nos llevaba. Llegamos a las primeras curvas y pudimos ver el cartelón que anunciaba “Monte “Faldas del Rubio” y otros de la Red Natura de la Junta”. Cruzamos una cancela (ya habíamos pasado por otra nada más iniciar nuestro paseo) y comenzaron las vegetaciones que nos acompañarían durante todo el camino: las primeras plantas parásitas de los alcornoque y los quejigos, los primeros arrayanes (de donde le viene el nombre al lugar), los primeros pinos… Había brezos dispuestos a llevarse, en haces, y corcho de los alcornoques, junto a montones de troncos cortados para leña y con ellos alimentar las chimeneas. Al cabo de una hora o más caminando dimos con un hombre que se disponía a tomar un tentempié consistente en una vaso de cola (que yo pensé en vino) y una fiambrera (“taper wuare”, le llaman los modernos de ahora) con unas patatas aliñadas. Y nosotros seguimos nuestro errar entre conversaciones de Cecilio y hablares que se oían de María José, divididos en dos grupos: por una parte, Escuer, Cecilio y yo. Por otra parte, las mujeres (a las que de vez en cuando esperábamos) y Julito, que cerraba, como siempre, el grupo. Este hombre es único y un día tendré que dedicarle un capítulo solo a él.

Uno de los “canutos”, era el nacimiento del río Palmones, que lo hace de forma pluvial. Seco como un resquicio. El campo estaba seco por mor de este verano prolongado que estamos viviendo, aunque las hojas del parque se conserven verdes. Es un parque precioso, que ojalá nos dure en las condiciones en que está.

Cuando llevábamos unas dos horas andando dimos con una suerte de enterramientos iberos (“íberos”, decía Cecilio y yo no me atreveré a llevarle la contraria) o tartesios, vaya usted a saber, donde tomamos el rengue juliano. Se trataba de un cercado de alambres en unas piedras en los que aparecían unos hoyos en ellas, que fueron en su tiempo tumbas de hombres pequeños y de un niño. Lo digo por el tamaño. De cualquier forma, era para lo que habíamos andado y está situado en el kilómetro 6,5. ¿Qué por qué lo sé? Muy fácil, porque había mojones que indicaban nuestro caminar cada medio kilómetro. Allí el grupo se dividió: unos optaron por volver (Rafael, María José y Casti) y otros, el resto, seguimos a ninguna parte. Siempre que vamos a “Los alcornocales”, pasa lo mismo. Sigues una senda y cuando crees que vas a desmontar y que desde ahí se verá un panorama, no lo ves, sino que ves lo mismo que veía.

Pasado el kilómetro 8, dimos con una casa. El lugar no puede ser mejor. El silencio está garantizado. Decidimos volver cuando llegamos a ella. Se conoce que está habitada porque es nueva y las ventanas se veían con unas cortinas puestas. La casa estaba mimetizada por el paisaje y debajo de unos pinos que le servían de cobijo. Una casa para habitarla. Los cuatro dimos la vuelta.

El día estaba delicioso de temperatura y se podía ir al sol porque una ligera brisa nos acompañaba. Claro que la mayoría del tiempo íbamos por sombra de canuto en canuto, y entones se dejaba sentir el calor si pasábamos por un sitio de sol.

Llegamos donde estaban esperándonos los tres que se habían ido y buscamos andando un lugar donde comer. Lo hallamos porque ya el hambre llamaba a nuestras puertas y porque Isabel presentaba síntomas de cansancio y de fatiga. Comimos y el teléfono de Cecilio sonó (ya lo había hecho anteriormente desde Zaragoza). Se trataba de Adolfo, que estaba en La Carolina y venía hacia acá.

Realizada la faena, reanudamos nuestro regreso y tomando por el sol (¡qué calor!) los últimos metros, llegamos a los coches, donde nos cambiamos de zapatos y volvimos a “La Palmosa”. Esta vez, no fuimos al bar cutre de la mañana sino al “decente”. Nos tomamos, Cecilio, Escuer y yo nuestra consabida cerveza y los otros cuatro, su refresco correspondiente. Allí nos despedimos. Los cuatro que ocupaban el coche de Cecilio irían a la misa vespertina de las cinco de la tarde, de Cartuja, mientras mi esposa, Escuer y yo, continuamos nuestro rodar a Jerez.

A las cinco y media llegué a mi casa, después de haber echado una jornada magnífica, como siempre, y de haberme oxigenado. ¿Se pide algo más?

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