Posteado por: Rafa Caro | 28 octubre 2013

LA SAUCEDA Y EL CHARCO

Cambiaron la hora. Era la hora de invierno. Salíamos para La Sauceda a las ocho y media. A las ocho ya estaba harto de cama y de todo. Salimos para encontrarnos con los otros, pero mi mujer olvidó un pañuelo. Subió y bajó. Yo olvidé los dientes postizos. Subí a casa y bajé. Total que la hora en que nos vimos era prácticamente la de la cita.

Nos esperaban Cecilio e Isabel, Julio y María José. Al poco llegó Rafael Escuer, Pepe y Charo, que junto a Casti y yo, completábamos la expedición. Con Julio (santo varón) se subieron las féminas y conmigo (demonio de varón) los hombres, menos Julio y espoleados por el tiempo – magnífico – nos largamos a desayunar a Casa Durán en El Valle. Me encanta desayunar en este bar porque el hombre es atento y siempre nos pone buena cara. ¡Qué remedio le queda con esta tropa!

Terminado el desayuno, ya hasta la Sauceda. Pasando por Puerto Gáliz y tomando la carretera a Jimena, aparcamos a las mismas puertas del parque.

La Sauceda está en pleno Alcornocales y es tan agradecida con el agua que le ha caído que ya está verde, menos el espeso sotobosque que está aún marrón y rojizo. No creo que se torne verde, pero las piedras y los líquenes de las mismas comenzaban a brotar y vestir el verde brillante tan propio que las caracteriza. Pasaron dos parejas con sus canastos llenos de setas. Departimos con ellos un buen rato y se nota que les gustaba la charla sobre sus conocimientos micológicos y nuestra “pegaera” en el tema. Sacándonos de nuestros níscalos, nuestras setas, nuestros gurumelos y demás… ¡”Rien de rien”! (Como decía la difunta Edith Piaff)

El bosque está precioso, como dije antes, y le sotobosque lo está aún más. Ciertamente los arroyos todavía bajan sin agua apenas (aunque el mayor del canuto llevaba alguna), pero metidos en aquellas espesuras se te olvida todo. Y como el caminar lo hacemos algo más lento (¡ay, los años!), se saborean las cosas mucho más.

Pasado el poblado, y frente a la ruina de la ermita, Julio y Cecilio, acompañados de sus respetivas, saludaron a una pareja que vieron por aquellos andurriales. El joven había sido alumno de María José, saqué en conclusión. No sé qué relación pueda tener con los otros, pero con Cecilio, desde luego, les unía gran amistad.

Llegamos al cruce de La Laguna del Moral y el Aljibe. Tomamos dirección al Aljibe y seguíamos bajo la sombra de los quejigos, alcornoques y encinas. ¡Qué bosque más bonito! ¡No me cansaré nunca de alabarlo y de decirlo! Cruzamos un par de veces el arroyuelo con agua y subimos por las piedras salvando el arroyo sin agua. Trepé por unas de ellas (¡mis años! ¡Ay, Dios mío, ¿qué me pasa?!) Los demás me siguieron mal que bien y salvando el obstáculo seguimos la marcha subiendo y metidos de lleno en el bosque. Nos sentamos a descansar. Continuamos.

Por fin dimos con la pista que nos lleva de nuevo a la Laguna del Moral (a la derecha), al Aljibe (al frente) y a la puerta de entrada (a la izquierda). Sentados en una especie de depósito que hay en el lugar, descansamos y tomamos el oloroso de Julio. Una pareja había hecho un trecho de camino con nosotros y oyeron atentamente lo que les decía Cecilio para subir al Aljibe. Sentados con nosotros descansaron un poco antes de atacar la última subida, y más tremenda, al Aljibe. Desde luego el día que habían escogido no podía ser mejor porque nosotros, cada vez que hemos subido a ese pico, o llovía o hacía niebla…Y la última vez nos hizo un frío terrible. Subimos por la espalda y no quiero acordarme del frío que pasamos y la poca visibilidad que tuvimos. En fin, para los anales queda.

Después del descanso y la libación del oloroso, continuamos nuestra marcha por la pista que hay a la izquierda. Habíamos dejado el tupido bosque del canuto, y nos integramos a la solanera del camino. Había horizontes abiertos y se divisaban las alturas y pueblos hollados ya por nosotros. Cecilio, con su magnífico sentido de la orientación, nos iba explicando y diciendo lo que cada cosa era. Charo y yo parloteábamos de las cosas y de que la vida no hay más que una y teníamos que vivirla. De pronto, un chillido de mi mujer y un grito de Charo, acompañado de su salto, y por contagio, de Isabel. A mi mujer le había “mordido”, que no picado, una avispa. El brazo se le esmoreció y la picadura se le hinchó. Al principio, pensé en barro pero me quitaron la idea al ver que podría ser peor el remedio que la enfermedad. Se le iba hinchando por momentos y pensé en que siempre me acompaña un pequeño botiquín y esta vez no lo había llevado. Aparte de que me falta un antihistamínico, que es lo que se necesita en estos casos. Habrá que ponerlo y llevarlo.

Anduvimos por la pista y al fin, bajo unos enormes árboles – fresnos – y vecinos a la casa forestal que hay al inicio de la caminata, comimos los bocadillos, sentados a una mesa rural que en el camino había. Estando comiendo apareció en un árbol un lagarto enorme que ante los gritos de Charo salió espantado de su lugar. Cecilio fue con mi cámara a inmortalizarlo pero este se había ido y aunque apareció de nuevo, no pudo reflejarlo en una foto. ¡Lástima porque hubiera sido la guinda que adorna el pastel!

Comidos y con sobremesa, tomando de nuevo los coches, emprendimos regreso a casa no sin antes dirigirnos a tomar el refrigerio vespertino al Pantano de los Hurones, que lo habíamos dejado a medio camino de allí. Rafael, Isabel, y Charo prefirieron quedarse sentados, en el bar, y declinaron subir a la presa. Los demás, optamos por hacer la subida. Una vez arriba y comprobado el nivel del agua, que este año se presenta excelente (han sido seis meses los que llevamos sin llover), María José y Casti bajaron y los demás nos quedamos a seguir “verificando aquello”. Bajamos luego también nosotros y en la mesa, ante las cervezas y los refrescos vespertinos, se nos pasó la buena tarde de aquel buen día. Mi esposa se puso hielo en la picadura, que se había enrojecido más aún y este le sirvió de mucho.

Y sin más que contar, hicimos nuestro regreso a casa, que se efectuó sin más dilación, llegando sobre las cinco y media al sitio donde por la mañana habíamos salido. Por cierto, Pepe en su proverbial despiste, se iba hacia casa y se había olvidado de que allí tenía su coche aparcado. Para que luego hablen de los despistes del Torres…

Llegué a casa sobre las seis menos cuarto. A mi mujer se le había pasado la hinchazón (¡gracias, hielo!), pero no el dolor, y tras la ducha, me puse a escribir esto.

Un día, otro más, feliz.

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