Posteado por: Rafa Caro | 7 noviembre 2013

VIAJE A GUADIX ( 1ª PARTE)

(Por fin lo logré meter)

¡Vaya “puente” bonito el que pasamos los días 1, 2 y 3 de Noviembre! Bonito, feliz y cronometrado. Nunca he hecho un viaje que se acercara más a lo programado que este. Creo que Juan Bautista merece un 10 rotundo como programador, como responsable de grupo, como anfitrión y como cicerone y guía. Apúntatelo, Juan.

Después de los prolegómenos – excursiones, conversaciones en el Nilo, cerveza en el Asador, etc. – echamos a rodar (como estaba programado) el día 1. ¿A las ocho? No. Un poco más tarde. ¡Claro, se trata de un “morugo” nuevo y la puntualidad no es precisamente su fuerte…! (En detrimento tuyo va escrito esto último. No todo va a ser parabienes, Juan).

No nos vimos en el Cortijo – porque al decir de algunos estaba cerrado aunque yo lo viera abierto y muy abierto – sino en el Arenal, frente a Algodonales. Allí estaban todos esperándonos a que llegáramos: Escuer, Carmina, Rosa y Raquel; Pepe, Charo, Santiago y Dulce; Cecilio, Isabel, Julio y María José y nos incorporamos Juan, Carmen, Casti y yo. ¿Dieciséis? Pues sí, dieciséis. Conductores eran los cuatro que van sus nombres en primer lugar tras los puntos y comas. Cuatro coches en total.

Desayunamos y dimos a Julio, “el Ecónomo” del grupo, 50 euros por pareja para que fuera tirando de ellos. Y después del desayuno ya no pararíamos más hasta llegar a Guadix, nuestro punto de destino.

Llegamos a esta bonita ciudad a la hora prevista y dejando los coches, Escuer y Juan Bautista en un horno de pan, hicimos la recepción de otra nueva miembro que se incorporó al grupo. Cecilio y Pepe, con sus acompañantes respectivos, ya nos esperaban en el campo de Juan. Pero hagamos la presentación de la nueva miembro mientras se compraban unas hogazas, unas cuñas y se encargaba una empanada para la cena del día siguiente. La “niña de Píñar”, se llamaba María José pero la conocíamos por Fátima para no confundirla con la otra María José. ¿Simpática? ¡No, qué va! Se hizo querer nada más conocerla por la simpatía que irradiaba y por lo a gusto que nos sentimos con su presencia. ¡Vaya una niña más agradable! Tiempo habrá de conocerla.

Llegamos al campo de Juan Bautista y tras poner la mesa, iniciamos la comida. Era temprano pero como “comer y rascar, todo es empezar”, rondando la una y media nos pusimos a la faena. No iríamos al hotel hasta después y aunque la programación ponía que iríamos al mismo, co quiera que en el campo nos esperaran Cecilio y Pepe con su gente, obviamos la llegada y nos dirigimos directamente a la finca que allá se han mercado nuestros Juan y Carmen.

…Y comiendo, se destapó “la niña” de Píñar. ¡Qué muchacha más agradable se buscó Raquel! ¡Lo que nos pudimos reír con ella! Era como si la conociéramos de toda la vida. Y la puñetera, que lo sabía o al menos lo intuía, más se daba a conocer y a querer. Lo cierto y verdad es que pasamos un rato más que agradable en la antesala de la casa de campo y cobijados bajo una hermosa parra. ¡Qué lujazo de día!

La finca es bonita y Juan nos la enseñó, ufano de ella, hasta el último rincón. ¿Qué decir de los frutales que tiene plantados? ¿Pues y del sótano que hizo donde primitivamente había una piscina? Preciosa toda.

Comimos y tras la comida y a modo de siesta o para estirar las piernas (¡qué sé yo!) hicimos una marcha. La primera de la programación: el sendero de la Torrecilla de Baza. Pasamos por las puertas mismas del paisaje y los parajes de los Badlands después de pasar por las orillas de la vía del tren que une Madrid con Almería. (No me resigno a no poner y recordar el frío que pasé en mi primera noche de “mili”, allá por el lejano 20 de enero de 1970, cuando fui de Cádiz a Almería, pasando por Linares- Baeza y tardando 21 horas en tren para cubrir el trayecto que une las dos ciudades andaluzas. Ni frió ni nada que pasé en aquel tren y en aquel trayecto aquella noche de enero…)

Hicimos la primera parada ante la mirada a las cuevas medievales de los Badlands, que hoy ocupan unos hippies (a alguien parecido) y a la sombra de un puente y de una vía de tren en desuso o que no se llegó ni siquiera a ponerse en uso. Allí Juan nos estuvo dando una de sus lecciones magistrales. ¡Qué tío! ¡Vaya sapiencia! ¡Y cómo se conoce el terreno que pisaba! No es por nada pero su profesión se deja notar. Nos dio lecciones amenísimas sobre todo lo que nuestros ojos veían y lo mismo te hablaba del río Alhama que de la Vega de Guadix, de sus terrenos y estructuras que de los picos y las sierras…¡ Vaya guía bueno que nos buscamos!

Seguimos nuestra marcha por un sendero malo, arenoso y seco hasta subir a la Torrecilla. ¿Que qué es la “torrecilla” de Baza? Pues muy fácil: una torre comunicadora que hay frente o en el camino de Baza y que los bárbaros de siempre quisieron hacerle una puerta cuando la comunicación, mediante fuego y humo, se hacía por arriba. Hoy la acompañan antenas de todo tipo para comunicarse modernamente. Allí, arriba, Juan se explayó hablándonos de todo y sobre todo del origen de su pueblo, Guadix, del que está profundamente enamorado. De la ciudad, de los orígenes, del terreno, de la producción, de la historia… ¡Qué hombre! ¡Una enciclopedia viviente, vaya!

Cuando estuvo todo bien explicado hicimos el regreso por donde habíamos hecho el camino de venida. Llegamos a una encrucijada y surgió el dilema: ¿seguimos por el mismo sitio o subimos por una cuesta corta pero dura que cambiaría el paisaje y que se uniría al mismo camino traído, algo más adelante? Unos optamos por subir; otros optaron por llegar al puente y esperarnos sentados en la confluencia del camino. Acertamos de pleno los que subimos porque una vez arriba y dejando un profundo barranco a nuestra derecha, accedimos a unos pinares nuevos, que cambiaban el paisaje totalmente. ¡Qué camino más bonito! Y anduvimos por entre los pinares durante un trecho más que aceptable hasta dar con la vieja vía abandonada. Las traviesas y sus ruinas campaban por la “trinchera” (que no sé si se llama así o así la habían bautizado), hasta que dimos, dejando cuevas por la pared y oquedades por el camino, con una apertura del terreno en donde se nos abría un preciso paraje. Cecilio, acompañado de Julio, nos salió al encuentro. Una cosa bonita y sorprendente que nos dejó a todos boquiabiertos. Lindísimo paraje. Precioso paisaje. Mi máquina de fotos no paró ni un momento de apuntar hasta ello, aunque lo que vieran mis ojos, nada tenía que ver con lo que mi máquina grabara.

Después de extasiarnos con el panorama que se nos abrió a nuestra derecha – la Vega de Guadix, tan ubérrima – y de admirarnos con la sequedad de los montes de nuestra izquierda – llenos de esparto – seguimos nuestra senda hasta dar con cuevas recién abandonadas, a nuestra izquierda, y las muy bien construidas de los habitantes del lugar. Y sin más dilación dimos con el puente y con los que allí esperaban. Volvimos pero por otros caminos que no los de la venida. Se nos hacía de noche. Los días son muy cortos ya y sobre las seis y media de la tarde comenzaba a anochecer. Accedimos a unas alamedas a las que fotografié y llegando al campo, guardé mi máquina hasta el día siguiente.

En el campo se quedaron Juan Bautista y su esposa, Mari Carmen, mientras los demás nos acomodamos en los coches, dejando en el campo el del nuevo “fichaje”, María José Fátima, y los demás, hasta un número de quince, llegamos al hotel Mulhacén para acomodarnos, descansar un rato y ducharnos.

A las ocho, como un reloj, estábamos todos en el hall del hotel para comernos lo que quedaba del mundo, si algo quedaba, duchados y descansados.

Comenzamos la visita a Guadix (habrá que decir que Guadix no es árabe, como pretende el nombre, sino que es una deformación de Acci y Wadi Asch y que sus orígenes se remontan a los viejos parientes neandertaleses). Ya dijo J. Sermet que “Guadix es una ciudad que no se debe describir: debe ser vista”. Y el fulanito acertó de pleno. ¡Vaya ciudad más bonita y más monumental!

Salimos del hotel y en plena avenida nos tropezamos con Mari – con la que pretendió comunicarse su cuñada Mari Carmen durante toda la mañana – y su marido Dionisio. Una gente magnífica que nos acompañó en esta porción de tarde-noche. Bajo las luces del parque y ante la puerta de Granada, Juan nos estuvo explicando el cerramiento musulmán de la ciudad y su torre almohade, muy parecida a las jerezanas. Debajo de nosotros, en el sitio que se habilitó para aparcamiento, aparecieron las ruinas de un teatro romano y las obras se paralizaron. Las trazas del teatro se distinguen a primera vista y no dejan lugar a dudas.

Continuamos nuestro paseo por el barrio e iglesia de San Miguel. Juan no paraba de hablar y demostrarnos su sapiencia y su conocimiento del lugar que pisábamos. El hombre estaba encantado de presentarnos su tierra y mostrarnos lo bella que era. Y ante el convento de los dominicos, una escultura llamó nuestra atención. Se trataba del célebre “Cascamorras”. No me resigno a poner su reseña: Un campesino o albañil (no recuerdo bien) de Guadix descubrió una Virgen. Pero hete aquí que estaba en el término de Baza. La había descubierto uno de Guadix pero la imagen estaba en el término de Baza. ¿A quien pertenecía, pues? La Virgen fue llevada a Baza pero acondicionaron a los de Guadix que si el 9 de Septiembre uno llegaba vestido y limpio al lugar donde se veneraba la imagen, se la podía llevar. ¿Limpio? ¡Joder con la limpieza! Lo ponen en Baza como “chupa de dómine”, sucio, pintado y apaleado. Cuando llega a Guadix, son los de Guadix los que le pegan por no traer consigo a la Virgen. Él se defiende a palos pero la paliza que le dan es de no te menees. Total, que recibe en Baza y en Guadix. Las cosas y las costumbres de los pueblos.

Subimos adelante, no sin antes pasar por unas callejas morunas y estando Juan explicando los detalles de un palacio en reconstrucción en la plazoleta del Álamo, en el barrio latino de la ciudad, una chica nos dijo si queríamos ver su patio, reconstruido y del que se sentía orgullosa. No lo dudamos. Fuimos hacia el patio los 19 (nosotros 17 y Mari y su esposo). Meter a 19 personas desconocidas en tu casa tiene su intríngulis. La casa era un museo y la chica resultó que era gaditana y su marido de Guadix. Eran ambos abogados y se nota que estaba algo aburridilla. Él era abogado, premio Fin de Carrera (según pude leer en una placa) hijo del director de las ya cerradas minas de Alquife y de una farmacéutica de la ciudad. Ella era también abogada. Pero los dos debían estar más que aburridos porque vivir en una casa tan grandes solos…Nos hicimos lenguas de lo bonita que era la casa, del gusto que habían tenido decorándola, de los muebles – tan antiguos – y las lámparas, tan a juego. Todo resultó precioso y no nos conformamos con ver el patio, que era a lo que en principio nos invitó, sino que nos enseñó toda la casa y toda la casa vimos. Asombrosa. Un museo.

Salimos de allí, agradeciendo a la muchacha las atenciones recibidas y nos fuimos hacia la plaza del Conde Luque (que no Conde-Duque) y bajando algo más y por la parte trasera (o delantera) del Palacio de los Marqueses de Villalegre y por la calle de Santa María del Buen Aire, en donde vimos casas y palacios, a más no poder, contemplamos la fachada inferior de la catedral, en donde Dionisio nos dijo que hallaríamos entre sus columnas la forma de sendos copones y la escultura de los “niños cantores” de Guadix.

Ya comenzaban a “flaquear” las fuerzas. A unos más que a otros. Pero, ¿es que en Guadix no había bares? No me lo puedo creer. Abandonamos la catedral, por su parte más noble y principal y accedimos a la plaza de la Constitución… Sí, mucha plaza, mucha catedral pero de lo más importante, ¿qué?

Pasamos por el Arco o Puerta de San Torcuato (también tiene mandanga el nombrecito que se han buscado para el patrón) y por fin… ¡Un bar!

El bar estaba atestado como era natural. Era día 1 de noviembre y a pesar de ser viernes, era un día de fiesta. Entramos y nos acomodamos como pudimos. Fuimos pidiendo bebidas y junto a ellas nos servían comidas. Destacaban unas setas deliciosas, y así, poco a poco, nos fuimos acomodando y contando historietas y echando un vistazo furtivo a una gran pantalla de televisión, donde jugaba el Barça contra su eterno rival, el Español. Con unas risas continuas y celebrando los golpes de cada cual, íbamos pasando el tiempo mejor que bien.

Risas y más risas. Comer y beber, y pasarlo muy bien. Fue un rato muy pero que muy agradable. Al menos, yo así lo recuerdo. ¿Qué comimos? De todo: setas a la plancha, gambas rebozadas y fritas, daditos de cazón frito… ¿Y para acompañar eso? Pues imagínense: de todo.

Cuando los estómagos estuvieron saciados, pensamos en dormir y al hotel nos dirigimos. Eran casi las doce y habíamos pasado un día inigualable. Previamente se despidieron de nosotros Dionisio y Mari con un “hasta mañana” y lo cierto y verdad es que mañana nos depararía un día igual.

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