Posteado por: escuer | 13 enero 2014

ERA SÁBADO, Y SIN EMBARGO NO LLOVÍA

Era sábado y sin embargo no llovía. El dios Cronos hacía once días que se había desprendido de sus viejos ropajes del 2.013 y los había trocado por los nuevos y juveniles del 2.014. Y seguía siendo sábado, y sin embargo seguía sin llover motivo por el cual se decidió abrir la temporada senderística en esta jornada, que la cervecística bien había sido estrenada y de forma amplia y prolífica. Era sábado sin embargo no llovía.

Como es habitual el lugar de concentración el de costumbre. La puntualidad fielmente respetada por todos. La impuntualidad asimismo cumplida por el de siempre. El tiempo de espera, al impuntual, más largo de lo de siempre. Isabelita queriéndolo acortar, y Escuer aplacándola y sosegándola.

 

Era sábado y sin embargo no llovía, motivo por el cual nos juntamos quince y la tía Lola, simpática centenaria a la que todos llevamos en nuestros corazones. Entre las ausencias algunas destacadas, otras no tanto, como la de Caro que en esto de andar  anda menos que La Feli. Novedades dos, Ana, la Proserpina del grupo que mantiene encendido el fuego sagrado o al menos eso podemos deducir por el humo que echa y que quedó encantada con el grupo y parece ser que quiere integrarse en él, y Mamen, eventual, ya que reside en Huelva y se encuentra ocasionalmente en Jerez.

Era sábado y sin embargo no llovía motivo por el que Juan Bautista, como se ha dicho llegó tarde, como en él es habitual. Ana sin conocerlo, y nada más verle dijo:

-Éste siempre llega tarde.

-¿Por qué lo sabes?

-No hay que verle nada más que la cara. Yo ya tengo experiencia por mis alumnos.

Y la verdad es que acertó.

Era sábado y sin embargo no llovía, y si hubiese llovido se hubiese aplicado el dicho de Guadix, o el inglés que dice que la lluvia no es problema sino la mala ropa, o la vestimenta inadecuada.

Era sábado y sin embargo no llovía motivo por el que decidimos ir a desayunar en el Arenal o el Cortijo, cosa que así sucedió.

Era sábado y sin embargo no llovía por lo que formándose el convoy de vehículos a Juan Bautista le cupo en suerte ir cerrando la caravana, pero en un arranque de lo que en él es norma y costumbre dando un acelerón se colocó en cabeza. Raquel, nuestra conductora experta como es ella, y de rápidos reflejos y afilada lengua como lo da su profesión, dijo:

-Mira éste. Lo tenemos que esperar porque llega tarde y ahora él no nos espera ¡Vaya rostro!

Llegando a Banaoján aparcamos los coches en la estación de ferrocarril y dispuestos a la marcha emprendimos el camino.

Era sábado y sin embargo no llovía. Tomamos la ruta hacia la cueva del Gato ante las continuas protestas de Isabel que no hacía nada más que increpar a su esposo:

-Mira Cecilio que vamos a perder tiempo y el tren sale a las cuatro.

Era sábado y sin embargo no llovía, pero el río bajaba pleno y henchido con su caudal a rebosar. Náyades y ninfas jugaban y retozaban en sus orillas. Abundantes peces en sus no ya cristalinas aguas debido a la contaminación y suciedad humana, peces que según Julio eran truchas y a los demás nos parecieron barbos.

Y como era sábado y sin embargo no llovía en estas contemplaciones y arrebatos llegamos a la Cueva del Gato. Vagina geológica que da lugar al nacimiento y parto del río Cascajares, que recogiendo las aguas en la cueva del Hundidero son depositadas en el útero pétreo y tras recorrer un canal de parto estratigráfico de 4 kilómetros y medio son alumbradas en la gruta que estábamos admirando.

Y como se habían cubierto y satisfecho las necesidades espirituales y estéticas necesario era hacerlo con las materiales, y unos que sí, y otros que no, sometida la cuestión a debate triunfó la tesis de los otros, es decir que no, y se dejó el rengue para más adelante.

Y era sábado y sin embargo no llovía, por lo que tuvimos que desandar el camino para dirigirnos hacia la meta que nos habíamos fijado y era llegar hasta la estación de Jimena de Líbar sita a 7 km y medio de la de Benaoján, y antes de llegar a ésta, y como las necesidades apremiaban realizose el consabido rengue que entre bromas y chanzas, rechiflas y pitorreos fue muy bien recibido alegrando y regocijando no solo nuestros cuerpos, sino también nuestras almas y espíritus.

Era sábado y sin embargo no llovía. Y empezamos nuestro peregrinar a lo largo del valle el cual y debido a su juventud geológica se manifiesta angosto y estrecho, por el fondo y serpenteando según su trazado se han unido en perfecto maridaje la obra divina representada por el río, que bajaba henchido y rebosante, y la humana por el trazado de la vía férrea, que salvo algún túnel esporádico no abandona el cauce fluvial. Por encima y coronando toda esta belleza la llamada Senda Romana que era la que nosotros llevábamos donde apenas caben dos personas, zigzaguea siguiendo la vertiente de la montaña.

El grupo, y debido a la angostura del sendero se fraccionó y alargó y unos sumidos en cavilaciones solitarias se encerraron en periodos de mutismo, otros con su locuacidad proverbial, en parejas, por no ser posible mayor el número, no dejaron de darle a la sin hueso, y una de éstas  fue la formada por Mª José y Escuer, el alfa y la omega de sus puntos de vista cosmológicos que sacaron a relucir sus apreciaciones y consideraciones sobre todo lo divino y humano, más bien de aquello que de esto, pero con un respeto exquisito hacia las opiniones contrarias, haciendo todo ello el camino muy agradable y placentero.

Era sábado y sin embargo no llovía por lo que fue menester realizar ingesta de viandas y alimentos y buscando el lugar más apropiado para ello, abriendo mochilas y petates cada uno puso a disposición del grupo lo que en ellas portaban.

Acabada la colación a Escuer le tocó el difícil y penoso papel de tener que adelantarse hasta la estación de Jimena, de la cual nos separaban unos dos kilómetros, y en descubierta y exploración buscar y localizar un bar o mesón donde el grupo pudiese reponer fuerzas y tomar unas cervezas fresquitas. Cosa que así sucedió.

A la hora fijada y prevista, a las 4 de la tarde, y con cuarenta minutos de antelación sobre la llegada del tren, se realizó el reagrupamiento. Llegado éste, venía la parte más dificultosa y escabrosa de la jornada, y era que una vez subidos al mismo y habiendo llegado a nuestro destino había que abrir la puerta del vagón para poder descender y evitar que el tren nos llevase hasta Ronda que era donde paraba, ya que esto era lo que les había sucedido a Cecilio y Juan Bautista el día 10 de diciembre que habían realizado este trayecto. Nosotros precavidos nos colocamos al lado del revisor, persona amable y servicial donde los haya, el cual nos indicó lo que debíamos de hacer y era que llegados a nuestro destino y deteniéndose el tren parpadearían dos botones en verde y cualquiera de nosotros pulsando indistinta y suavemente con nuestro dedo índice alguno de los dos las puertas se abrirían, que él consideraba que era muy difícil hacer esto, pero confiaba en nuestra inteligencia, capacidad y habilidades para realizar esta operación satisfactoriamente, como así sucedió.

Era sábado y sin embargo no llovía por lo que llegando a la estación de Benaoján tomamos nuestros vehículos y fuimos a ver el molino y el nacimiento del cauce del agua que lo abastecía y movía. Nos sorprendió ya que manaba copioso y abundante.

Por ser ya la hora reemprendimos el regreso, no sin antes hacer la correspondiente parada en la Venta “Cuatro Mojones” lugar donde se suele dar por finalizada la jornada y despidiéndonos efusivamente nos separamos hasta la próxima.

P.D. Esta crónica va dirigida y dedicada a Mª José que a pesar de nuestras diferencias nos llevamos estupendamente, y Juan Bautista, que a pesar de todo lo quiero mucho, y una con sus directas y el otro con sus indirectas la han hecho posible

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