Posteado por: Antonio | 6 marzo 2014

VIAJE AL MAESTRAZGO. Miércoles 26 de febrero de 2014. Rafael Caro. “Cronista”

REALIZACIÓN DEL VIAJE

MIÉRCOLES 26 DE FEBRERO

Si hemos hecho en el viaje 2700 kms. se entenderá que nos levantáramos ese día muy temprano y que a las siete estuviéramos todos prestos a salir de excursión. Cecilio, puntual que es él, nos recogió a las siete menos cuarto y de casa nos dirigimos a casa de Santiago, donde llegaría el coche de Escuer con Rosa y Carmina y recogeríamos a Santiago y a Dulce. Dos coches iban: en uno, Cecilio, las tres mujeres, Dulce, Isabel y Casti y un acompañante móvil en el asiento del copiloto. En el otro, el “indeseado”, (ya se explicará el por qué de ese nombre) iban, Escuer, Carmina y Rosa, acompañadas a veces por Santi y otras por quien esto escribe.

 

Y hechas las anotaciones pertinentes, los saludos y la carga de maletas, nos pusimos en marcha. La primera estación fue en la gasolinera que hay antes de llegar a la autopista. El Mercedes (el “indeseado”, nombre puesto por Escuer, o “la Merche”, nombre puesto por Rosa), tras alimentarse, se puso en camino. ¿Faltaba algo? Pues sí: el tapón de la gasolina. Se había perdido o no sé qué. Se adquirió un tapón de la gasolina, de emergencia y con él puesto, iniciamos el viaje. A Cecilio lo acompañaba yo, en el asiento de copiloto.

La luz del amanecer nos cogió en la carretera y un sol inmenso, precioso y neblinoso nos acompañó a la altura de la salida sevillana. Paramos por vez primera pasada Córdoba, a la altura del penal. Allí desayunamos. Los desayunos no se parecen a los que estamos acostumbrados a hacer aquí pero se dejaban querer…Carmina nos dijo que estuvieron a punto, tanto ella como Escuer, de no venir. Adujeron sus respetables razones, pero el caso es que estaban.

 

Reanudamos nuestra marcha y cedí mi sitio a Santiago, recién operado de menisco y para que fuera más cómodo, en el coche de Cecilio. ¿Va adivinando el lector por qué al coche de Escuer se le denominó el “indeseado”?

 

Otra parada la hicimos en el “Área 270”, cerca de Manzanares. Ahí pedimos unos bocatas que quitaban el hipo. Unas Guardias Civiles (he dicho bien, “unas”) tomaban un refresco. Preciosas muchachas. Para entrar al área de descanso hicimos una hermosa maniobra. Primero entramos en una gasolinera que por lo que fuera, no nos gustó (cuando hablo en primera persona debía hacerlo en tercera porque íbamos donde el Jefe, más avezado que los otros y siempre a sus órdenes, mandaba – aunque él de mandar, manda poco – y ordenaba), seguimos adelante y nos llegamos a esta. Estiramos las piernas, comimos el bocata y continuamos.

 

Nos metimos dentro de una amenazante nube, que descargó. Pero no descargó agua, como estamos acostumbrados por estas latitudes, sino un agua espesa, que se tornaba nieve. El termómetro bajó ostensiblemente y se puso casi a 0º. A la altura de Herrera de la Mancha y al paso por el penal, se veía en la carretera, amontonados, granos de nieve o de granizo, que habían cuajado. Cesó la lluvia, subió el termómetro y la marcha continuaba. Pasamos por carreteras que me recordaban mi estancia en Alemania y cuando cogía por ellas: Iniesta, Graja de Iniesta, Minglanilla, Sisante, El Picazo… Han hecho una autovía y ya no se pasa por ellos, sino que directamente llevan a Utiel y de ahí a Requena.

 

Cerca de Utiel, volvimos a parar. Se trataba de descargar vientres de orín y de cambiarme de coche de nuevo, tras tomar un café con leche que nos sirviera para bajar el tentempié que nos habíamos tomado en el “Área 270”. Efectivamente, me cambié de coche, subiendo con Cecilio y continuamos nuestra marcha al paso por las cercanías de Valencia. Abandonamos la autovía, yo no sé por dónde y por carretera, buscando la de peaje, puesto que la otra la habíamos perdido, atravesamos Almenara. Mala cosa fue perderla, puesto que sin querer nos metimos en el peaje. A los habitantes del otro coche les diríamos, que todo estaba calculado y que la última parte del viaje la haríamos por peaje. Mentira podrida, habíamos perdido la autovía y basta. Aunque a decir verdad, ¿a quién le importaba eso? Escuer iba a lo suyo, que es conducir y seguir al Jefe; Santiago, con su eterna charla; Carmina y Rosa con su Wattsapp, charlando entre ellas y su teléfono sonando constantemente…

 

Abandonamos la autopista a la altura de Torreblanca y Alcossebre. ¿Y el “indeseado”? Pues a la falta de tapón del gasoil, se le había unido también la pérdida del ojo izquierdo. Parecía que lo había mirado un bizco. Habría que buscar un taller en el pueblo y antes de que la cosa fuese a más, habrían de ponerle una lámpara que se había fundido.

 

Llegamos al apartamento, cedido para esos días gentilmente por Adolfo, primo de Cecilio, y con mis ganas irremediables e irrefrenables de hacer “aquello” que el lector está pensando, bajé del coche, traté de introducir la llave del garaje y corriendo hacia abajo, no sin antes preguntar al portero por un WC, y ante la negativa de éste, me metí en el garaje y solté un liberador desagüe. Qué tranquilo me sentí. Si la gente supiera lo que me pasa en estas ocasiones no se reiría de mí. Menos mal que hago caso omiso a todo ser viviente y malediciente, que si no…

 

Bajamos el equipaje, arreglamos aquello, acomodándonos, y salimos a pasear y estirar las piernas. Después de tantas horas de coche se agradecía. Eran las siete pasadas y el viaje y la instalación nos había llevado doce horas.

 

Previo al paseo, llevamos los cuatro hombres el coche de Escuer  a un taller que a las indicaciones de un ¿morito? hallamos. En él, le arreglaron el faro en tanto tomábamos un café en el bar de al lado del taller. El precio fue más que asequible: 15 euros con la bombilla incluida. Ya no está uno acostumbrado a esos precios. Nos encontramos a las mujeres y dimos una vuelta por aquel paraje a la orilla del mar. Nos hizo bien el caminar, pese a que hacía frío y un viento desagradable nos acompañaba en nuestro pasear. Cayó la noche entre contarnos las aventuras y reírnos.

 

Estuvimos en un bar de Alcossebre, tomándonos unas cañas y unos pinchos. Pasamos un rato de jocosidad y de ese bar nos fuimos a casa porque había que madrugar y se habían cambiado los planes con respecto a lo programado. Lo que tocaba un día, se había cambiado por otro.

 

En casa, mejor dicho, en casa de Adolfo, cenamos la empanada que Dulce se había traído consigo, aunque hambre, lo que se dice hambre, ninguno teníamos. Bueno, sí: unos más que otros. Comimos, alguien se duchó para que por la mañana no hubiera “overbooking” en el cuarto de baño y en tanto yo me acosté, la gente se puso a jugar a las cartas. A mí no me molestaban en absoluto, aunque jugaran en el salón y yo tendría que dormir en él, junto a mi esposa, en un sofá-cama. Y Rosa, también dormiría, en otro sillón-cama y Cecilio e Isabel, harían lo propio, mas tarde, en una colchoneta hinchable. Las habitaciones la ocuparían, Dulce y Santiago, en la cama de matrimonio y Rafael y Carmina en la de dos camas. Y después de que jugaran se fueron a dormir, tras brindar con cava. Yo ya lo hacía desde hacía tiempo, aunque también brindé con ellos…

Seguirá…..

 

 

 

 

 

 

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: