Posteado por: Antonio | 7 marzo 2014

EL MAESTRAZGO. Domingo 2 marzo de 2014

LOS MORUGOS EN EL MAESTRAZGO.

DOMINGO 2 DE MARZO

 Cuando digo que cualquier ciudad castellana o aragonesa es inferior en número de habitantes a Trebujena sé a qué me refiero. Esta ciudad, con su empaque, su catedral, su señorío, su seminario, sus iglesias y sus palacios tiene con sus 28 núcleos de población cuatro mil y pico de habitantes. Trebujena tiene más de 6.000. ¿Pero y las casas vacías que tienen? ¿Y los palacios? En fin, todo parecido con la realidad, es pura coincidencia.

Después de mi aseo mañanero salí a hacer fotos a la ciudad. Había dejado de llover y me las prometía felices porque ni hacía frío ni llovía. Dos coches policiales estaban aparcados en la puerta del hostal donde habíamos dormido. ¿Habían parado allí o se habían acostado en el Cuartel que está muy próximo? Seguramente lo hicieron en el cuartel. Tomé hacia Santa María y le hice fotos a la Parroquia de Santa María. Y a una parra vieja que ocupaba toda la fachada de una casa. Y al Arco del Portal Mayor. Y a una casa que tenía en la puerta la defensa de una planta que no sé su nombre pero que ocupaba toda la puerta. Hice fotos al Arco…y comenzó de nuevo a lloviznar. “Esto no será nada” – pensé. Había salido con mi jersey solamente. Ni paraguas ni gabán ni nada de nada. Pasando por la Plazuela de la Cárcel, vi al único loco que se había atrevido a salir (como yo) con aquel tiempo tan inclemente y siendo domingo. La lluvia arreció. Hice fotos a la iglesia de San Vicente, a la casa del Doncel, a la iglesia de Santiago y a la puerta del Sol. Y la lluvia se hizo insoportable. Decidí regresar a ver cómo estaba la gente y si ya se había levantado. Y yo, salvo aquel hombre, no me había tropezado con nadie. Todos dormían y los bares permanecían cerrados.

Al llegar al hostal, la gente no solo estaba levantada sino que desayunaba ya. Con mi desayuno en la mesa, comentamos las cosas que estaban ocurriendo y hasta las que no ocurrían. Un buen ambiente, propiciado, más que por nadie, por Rosa.

Terminado el desayuno y pagado el hostal a la chica que tan bien nos había acogido, diciéndole que pasearíamos y visitaríamos la catedral en tanto los coches se quedaban a la puerta, salimos.

La catedral estaba abierta. Y no es por nada pero la visita a la tumba del Doncel bien merece que los bolsillos se enflaquezcan. Un “maromo” que acompañaba a una excursión nos dijo que si éramos del grupo. Enseñaba cosas que ya he visto, la tumba del Doncel (que es símbolo de la ciudad: la ciudad del Doncel), la sacristía de las cabezas, el claustro… En la excursión venía gente de Lebrija y entre ellas una compañera de estudios de mi esposa que la reconoció nada más verla. Yo no me acordaba de ella y mi mujer, con lo despistada que es, menos. Pero ella dijo que había hecho el bachiller con mi esposa y con esto basta.

Vimos la catedral, que no deja de ser como todas las catedrales y el monumento románico, gótico, plateresco, renacentista y barroco, no deja de asombrar a todo el que lo ve. De cualquier forma, aconsejo que lo vean bien. Yo es la cuarta vez que la visito, pero dos, fueron muy explicadas y exhaustamente vistas, sobre todo la capilla de Martín Vázquez de Arce, el Doncel de Sigüenza. No tiene desperdicio esta capilla y este doncel que me priva siempre que lo veo.

Vista la catedral y realizadas las fotos pertinentes, una de ellas a la Plaza Mayor y a la lápida del cardenal Mendoza, vimos que el río Henares tenía poco agua por allí, y como había dejado de llover, salimos echando leches para otros lares.

¿Iríamos por Extremadura o por La Mancha? A nosotros – a mi esposa y a mí – nos era indiferente. De todos modos, mi hija, mi yerno y mi nieta vendrían ese fin de semana.

Pues he aquí, que en principio iríamos por Extremadura y cuando nos subimos a los coches se quedó en ir por La Mancha. ¿En atención a nosotros dos? ¿Porque por esa autovía hay más sitios donde parar? No sé. Pero sea como sea, en un principio, que iba a ser Extremadura se convirtió en viaje manchego el de vuelta.

Dejó de llover. ¡También es mala suerte!  El jueves, lloviendo; el viernes, con viento; el sábado, lloviendo a mares y los dos días de viaje, el de ida y el de vuelta, sin viento y sin agua. ¡Maledici! En fin…

Me subí al “indeseado”  con Rosa e hicimos todo el trayecto (más de 700 km.) juntos los cuatro.

El paso por Madrid fue muy bueno porque los madrileños no ocupaban  aún la calzada. Sería muy temprano cuando cogimos por allí. Nos metimos por la M-50 (yo siempre he cogido la M-45) y en dirección sur sin parar. En principio pararíamos en Ocaña, pero la pasamos. ¿Sería en Dos Barrios? Pues no. ¿Y en Laguardia? Pues tampoco. Yo ya estaba “meneando el rabo” porque ya llevábamos mucho trecho sin parar, cuando lo hicimos en una gasolinera. ¡¡¡Horreurrrr!!! ¡¡¡Cerrado el restaurante!!! Unos metros más allá estaba abierto. Saltamos y descansamos. Ya no era hora de café sino de tentempié. Tomamos un pincho de tortilla (tortillón, marca Maypa) y tras el tortillón seguimos adelante hasta los Abades de Las Navas de Tolosa.

Nunca me había fijado en esos Abades y siempre lo había hecho en los Abades de Pedro Abad. Claro que yo siempre voy a La Carolina y nunca a Madrid ni paso por allí. No tengo por qué conocerlo.

…¡Y allí estaba mi pequeña! Su madre le había dicho que se llevaría una sorpresa pero aunque nos esperaba, no lo sabía a ciencia cierta. Corrió como una loca cuando nos vio a la abuela y a mí y se abrazó a nosotros. Es demasiado mi pequeña Clara. Entramos al comedor (atestado, oye) y buscamos una mesa donde comer. La encontramos (dos mesas), una para los siete y otra para los cinco (mis hija, mi yerno, mi esposa, mi pequeña y yo). En tanto iban a por la comida, yo me quedé disfrutando de mi niña y haciéndole fotos y más fotos. Ella me hizo una foto a mí.

Comimos la comida de plástico que ponen en esos lugares y dando por finalizada la jornada, volvimos a los coches a quitarnos de en medio los kilómetros que nos faltaban. La próxima parada la haríamos en La Campana.

Nos despedimos de la niña y de sus padres (los amigos y nosotros dos) y de nuevo a los coches a tragar kilómetros. Carmina cogió el coche, Rafael dormitó (¿o fue antes, en plena Mancha?), Rosa usaba el Wahtsapp y yo, miraba los kilómetros.

Paramos en La Campana (ahora que caigo, Rafael conducía, luego Carmina cogió el coche por La Mancha, salvada Madrid) y en ella tomamos café. El Atlético empataba con el Madrid en encuentro de máxima rivalidad y nosotros, a los nuestro. ¡Qué cansancio, Señor!

Alrededor de la siete llegamos a Jerez. Rosa no tenía la llave de casa y Rafael y Carmina que por fin habían hablado con su hija Ana, que había ido a Granada con los dos pequeños, andaba por Campillos, cuando nosotros habíamos pasado el peaje de la autopista. Llegamos a Jerez, sanos y salvos.

Alrededor de las ocho llegamos a casa y… ¡A descansar! Que merecido lo teníamos después de hacernos tantísimos kilómetros.

¿Viaje bonito? Sin duda. ¿Convivencial? También… Pero son muchos kilómetros y ya no está el cuerpo para esos trotes.

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