Posteado por: Antonio | 7 marzo 2014

MAESTRAZGO.Sábado 1-marzo – 2014. El Cronista.

SÁBADO 1 DE MARZO

 Había que levantarse pronto y recoger el campamento para salir de Alcossebre e irnos hacía Daroca, para comer con Adolfo y Pili y luego a Sigüenza, para dormir. Recogimos todo, yo me duché muy temprano y antes de que saliera el sol, ya estaba dispuesto a salir. Había que dejar el apartamento, gentilmente cedido por Adolfo para que pudiéramos estar unos días de convivencia, tal como lo encontramos. ¿Quién hubiera dicho que en el salón habíamos dormido cinco personas, jugado a las cartas y cenado? Imposible, gritarían los escépticos. Me di mi vuelta mañanera (aún no había amanecido)  por el muelle. Vi los yates de los ricos, me asomé a todo el puerto pesquero, paseé por el paseo que inauguró el “molt honorable D. Eduardo Zaplanas como President de la Generalitat y siendo ministro D. Jaume Matas” (¡casi ná lo del ojo!) y cuando ya me había cagado en todo lo cagable, volví al apartamento a ayudar en lo posible a recoger los bártulos y meterlos en los coches.

Comenzamos a rodar.

 

Desayunamos en el bar del día anterior y pedimos bocadillos mayoritariamente de jamón porque tortillas no había, o al menos no había para todos, acompañados del café. Nos despedimos de la rubita rumana y hay quien dice que yo me “chupaba” allí  el “Marca” entero, cuando solo leía los titulares. “En fin, Pilarín, tú preñada y yo en la cárcel. Tú no tienes quien te meta; yo no tengo quien me saque” (como dice mi amigo Escuer). “A palabras necias, oídos sordos” (dice el refranero y yo me hago voz en él).

 

Sin más dilación comenzamos a chupar kilómetros. En el mapa todo se ve fácil y cercano, pero cuando te enfrentas a la realidad… Desde Alcossebre se veía que rápidamente nos metíamos en la autovía, pero ¡joder!… ¡Qué lejos estaba todo! Y más cuando nos metimos por una carreterucha que no se metían ni los pájaros buscando Cabanes, para hallar la autovía. Por un momento, creí que andábamos perdidos. ¿Carretera de 3º orden?  … ¡Y de 4º! ¡Y de 5º! Al final dimos con la deseada Cabanes y con la dichosa autovía…Pues vamos.

 

Nos metimos más antes que después en dirección a Teruel y desde el sur, por carretera, fuimos buscando la autovía de Teruel para más tarde salirnos de nuevo en dirección a Rubielos de Mora.

 

Bello pueblo turolense este de Rubielos, al pie de la sierra de Gúdar y Javalambre, en las estribaciones de la Ibérica. Precioso, vaya.

 

Salimos de los coches y nos entramos en el primer bar que vimos a tomar el café mañanero. Creo que era el más cutre del pueblo porque después vimos otros, a un tiro de piedra, que estaban mejor que este. En el bar, una reunión de amigotes se sentaba alrededor de la chimenea y dos o tres mujeres, en una mesa cercana, también se calentaban en la fría mañana al amor de la lumbre. Nosotros nos calentábamos con nuestro café. Terminado este, salimos a pasear y conocer la preciosidad de pueblo. Entramos por el portal de San Antonio, que es una puerta abierta en su muralla, que nos llamó la atención, sobre todo por dentro. En el palacio de los Condes de Creixell, frente al ayuntamiento y la fuente representando a una mujer desnuda en su torso, que me recordó a la canción de Javier Krahe que nos habla de la Venus Afrodita, de Villatripas de Arriba, hicimos parada y fotos. Espléndido palacio, hoy reconstruido, como casi todo el pueblo. Está muy felizmente reconstruido el pueblo y siguiendo la estructura de las nobles casonas. Las calles, muy limpias.

 

En las paredes del palacio me llamaron la atención dos cartelas de mosaicos que rememoraban en uno, el espíritu aragonés y en otro, una gesta del “indómito Cabrera”, Tigre del Maestrazgo. En el primero decía así:

 

Es la Virgen del Pilar

 la que más altares tiene.  

Que no hay pecho aragonés

 que en su fondo no la lleve

Puede ser la letra de una Jota. A mí, sea o no lo sea, me pareció muy bonita.

 En la otra cartela decía que

 

El 11 de Septiembre de 1835 el General Cabrera estableció su cuartel general, en este palacio con motivo del asedio al reducto liberal del convento carmelita”.

 

 

Continuamos nuestro caminar y a un hombre con toda la pinta de cura, la Isabelita, que no se las calla, preguntó por la iglesia del pueblo. No era cura ni nada, pero preguntado quedaba. Y la Iglesia estaba allí mismo. Entramos y la estaban adecentando. Un hombre nos indicó que nos explicarían el retablo de la asunción de la Virgen, de estilo gótico, dentro de la iglesia renacentista y que se estaba cayendo lentamente. En efecto, un hombre con un micrófono nos fue detallando todo el retablo, desde la Anunciación a Santa Ana hasta la subida al cielo de la Virgen. Tenía a la venta un montón de chucherías benditas y una mesa petitoria para ayudar a la reconstrucción del templo. Pagando lo preceptivo, después de poner una limosna para la reconstrucción,  subimos a la torre Cecilio, Rosa y yo. Más de 100 escalones, por una escalera redonda, de piedra y al final, nos hallamos a un hombre que recogía los excrementos de las palomas y unas vistas grandiosas del pueblo y sus alrededores.

 

Bajamos y seguimos nuestra visita.

Las calles, ya lo he dicho pero lo recalco, muy limpias. Las casas, reconstruidas, muy limpias y muy cuidadas. Avanzamos y pasamos por la casa del escultor local Gonzalvo Vives, para más tarde hallar en una plazuela una obra de este escultor en hierro forjado: “El toro embolado”. Dimos con la otra puerta del pueblo, la del Carmen, y seguimos nuestro paseo. Pasamos por delante del palacio del Obispo local Sánchez de Cutanda y continuamos.

 

Estaba visto el pueblo. Volvimos sobre nuestros pasos y salimos por el portal de San Antonio, que era por donde habíamos entrado. Hicimos nuestras necesidades en los baños del colegio de niños (abierto), donde los niños ya no estaban sino que se oía ensayos musicales y el centro de la 3ª edad y saliendo del pueblo con dirección a Mora de Rubielos, dimos por terminada su visita.

 

Preciosa ciudad. Precioso pueblo.

 

Y de Rubielos de Mora a Mora de Rubielos. Originales que son poniendo nombres en Teruel, aunque Mora de Rubielos se lo pusieron para distinguirla de otras Mora que hay en España.

Es bastante mayor esta ciudad que la otra, aunque no llegue esta a los dos mil habitantes. El Ayuntamiento, que era una de las cosas puntuales del recorrido no lo pudimos ver porque estaba tapado, eclipsado por una gran carpa, muestra y vestigio del carnaval. Aparcamos los coches y nos fuimos hacia la entrada a la ciudad, que desembocó en la plaza que hay ante la iglesia parroquial. Grandiosa iglesia. Estos pueblos aragoneses, lo mismo que los castellanos, ante un caserío pobre e irrisorio en habitantes, muestran orgullosos unos pedazos de iglesias inmensos. Siempre me han llamado la atención.

 

Encaminamos nuestros pasos a la maciza construcción de su castillo. Impresionante. Me hice de un plano y quise verlo detenidamente, pero ya el comienzo fue para echar todo a rodar. En tanto yo sacaba, junto a Rosa, las entradas, la gente se metió en la iglesia, de una acústica digna de mención. Era lo último que se había de visitar, pero como la gente se había metido en ella y ante la respuesta de “qué más da”, opté por callar. Me hicieron caso visitando las caballerizas, que daban a un sótano reconvertido en cárcel. Más adelante nos encontramos con un museo etnológico, unas habitaciones del señor y una biblioteca especializada. Yo no digo de hacer una visita detallada, pero al menos… Bajé a las mazmorras y a partir de allí, corrí. El tiempo se echó encima y no visité más. Eché un vistazo al inmenso patio y… ¡a correr! La verdad es que me quedé con las ganas de ver cosas. No pienso volver a Mora, pero si volviera, me gustaría visitar su castillo y paladearlo lentamente.

 

Unas fotos a la iglesia parroquial, que estaba cerrada, y a la plazoleta que le servía de antesala, fueron lo último de Mora de Rubielos.

 

De esa ciudad, nuevamente a carretera y autovía. Repostamos y comenzó a llover. La autovía de Teruel estaba llena de azulejos en los taludes de las carreteras, que anunciaban el mudéjar turolense. Me refiero a los taludes de las carreteras que cruzan la autovía. A la lluvia, monótona, se le unía nuestra charla que iba decayendo. Era mucho tiempo sentado dentro del coche y antes (¿o era después?) del paso por Calamocha, Carmina hizo el amago de conducir el coche porque Escuer se adormilaba. Se encendieron las alarmas y la música se subió, se puso a Gila y Escuer se espabiló: ya quedaba poco para Daroca…pero el susto…

 

Y, por fin, llegamos a Daroca a comer. Adolfo había salido de Épila y estábamos citados en esta ciudad. Y llovía y llovía. Creo que en Daroca no van a ver tanta agua como nos cayó encima. Cecilio, como siempre, preguntó al tonto del pueblo tras hacerlo a un hombre que se encontraba resguardado de la lluvia en una puerta por donde comer.

 

Ya Cecilio me había anunciado que me gustaría esa ciudad (de 2.345 habitantes, pero cabeza de Partido y capital de una región: Campo de Daroca). Me pareció preciosa y estuve indagando por su fama que yo no conocía bien. Cuando era pequeño, en la revista de los Jueves Eucarísticos, había leído no sé qué de unos corporales en Daroca y desde entonces quise conocerla. Hoy, ya lo sé todo porque me informé cuando llegué a casa y después de haber visto en la ciudad carteles que anunciaban la fiesta de los corporales.

 

Nos dirigimos para comer  al “Hotel de los Cienbalcones”. No sé si 100, pero al menos había muchos. Atravesando su hermoso patio, nos colamos en su cafetería y a la camarera (otra rumana), le solicitamos mesa para comer. El restaurante del hotel estaba atestado y hubimos de esperar. Nos tomamos una cerveza en tanto esperábamos para comer y esperábamos también a la pareja amiga.

 

Llegaron ellos, bajo la lluvia, cuando la mesa nuestra estuvo preparada. Parabienes, bienvenidas y saludos. Comimos opíparamente y después, salida bajo la lluvia a conocer la bella ciudad. Nos dirigimos hacia la Puerta Baja, entrada de Zaragoza y vimos la Fuente de los 20 caños. Nos vinimos hacia arriba y fotografiamos varias iglesias, entre las que destacaba la Colegiata de Santa María en donde se conservan los corporales milagrosos. La mula se empeció en andar 12 días hasta que cayó exhausta a la puerta de la iglesia llevando los corporales tintos en sangre, después de pasar por Teruel y Valencia. ¡Qué cosas!

 

Hice fotos a las estatuas de “Mingote” (I marqués de Daroca) y a la de Mariano Navarro Rubio, ambos relacionados con Daroca y andando, siempre bajo la lluvia, nos colocamos en el portal que nos había servido de entrada a la ciudad. Allí dimos los regalos a la pareja amiga (dos coches antiguos, una ensaladera y un par de ristras de chorizo que les habían llevado Carmina y Rafael Escuer) y sin más dilación enfilamos hacia Sigüenza, que nos serviría para pasar la noche y dormir en un hotel. El viaje se acababa.

 

Hasta llegar a Sigüenza, iba yo de copiloto en el coche de Cecilio. Al paso por Velilla de Jiloca, Rosa puso un Wahtsapp a Raquel porque estábamos pasando por su pueblo. Lo supe más tarde porque no compartíamos coche. Por Calatayud seguía lloviendo y toda la tarde lo estuvo haciendo, incluso la noche, en la bellísima ciudad guadalajareña.

 

Ya de noche, y pasando por Alcolea del Pinar, hicimos caso omiso al “Tontom” y enfilamos hacia Sigüenza. Nos mandaba por una calle cuando nosotros (dicen que cuatro ojos ven más que dos), veíamos un cartel en otro lugar.

 

Llegamos a la ciudad de noche, lloviendo, y el “Tontom” siguió haciendo de las suyas. Nos equivocaba de direcciones o no lo entendíamos. Preguntamos por el hotelito a unos chicos que estaban resguardados de la lluvia en un portal. Nos lo indicaron. Estábamos encima.

 

Nuestra llegada fue mala. Un tipo en un bar secaba cubiertos y a su voz desabrida, apareció una chica, todo amabilidad. Pero las habitaciones nos quitaron – o me quitaron – los malos principios. Limpias como una patena, amplias y con unos cuartos de baño que en nada tenían que envidiar a un hotel de tropecientas estrellas. Nos instalamos y salimos a pasear.

 

Pasando por la puerta del seminario y del palacio episcopal nos dirigimos a la catedral. Llovía y llovía. Las máquinas – sobre todo la de Cecilio – hacían fotos. Nos tropezamos con la plaza Mayor y el Ayuntamiento y tomando la Calle Mayor enfilamos hacia el castillo-parador de Turismo. Por la calle Mayor pudimos apreciar la Iglesia de Santiago. Llegamos al Castillo y entramos en el patio. Seguía lloviendo, ¡maldición!, qué día y qué noche. Menos mal que era la cuarta o la quinta vez que iba a Sigüenza pero los que la vieron por primera vez… Sugerencia: ¿por qué no cenábamos ya?

 

Volvimos grupas y bajamos. Quise ir por una calle – Arcedianos – paralela a la Mayor, pero se me dijo que estaba muy oscura. Opté por bajar por la misma calle que habíamos subido. A mitad de calle se me dijo que girara a mi izquierda, que esa estaba conocida. No tuve inconveniente. Topamos con la iglesia de San Vicente y la Casa del Doncel, que no recordaba donde estaba. Llegamos a la Plazuela de la Cárcel. No la pudimos ver porque era de noche. Salimos de nuevo a la catedral. Como la calle principal ya la conocíamos, a petición de Escuer, bajamos a la Alameda y de allí, vuelta al hotel. Noche y lluvia permanente.

 

Como la comida de mediodía había sido copiosa, nadie tenía hambre, así que optamos por retirarnos a la cama – ya Isabel lo había hecho – y hasta el día siguiente. Previamente, tomamos una cerveza y un pincho de croqueta – hermoso, mire usted – que nos sirvió un poco para mitigar el hambre que no teníamos.

 

Al llegar a las habitaciones dimos cuenta de unos bombones y unos botellines de agua que la muchacha, regente del hotel, había tenido la gentileza de dejar en ellas.

 

…Y a descansar, tras la paliza del día, que había sido excesiva.

 

 

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