Posteado por: Antonio | 2 junio 2014

Excursión por el río Campobuches.

Excursión por el río Campobuches.

 

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¡Y luego dice el Morugo Grande que Los Morugos solo se apuntan a comer! Pues esta vez fuimos de la partida un cronista, un fotógrafo, el ecónomo, la jefa de suministros, el jefe, Julio, Isabel y Cecilio.

Eran las nueve menos diez y todos en el mismo coche, nos pusimos en marcha hacia El Bosque. En la Venta Julián desayunamos sin apenas entretenernos y antes de las diez comenzamos la subida hacia El Boyar. El puerto está precioso, de un verde espectacular y el día radiante con una gran luminosidad. El coche va solo, se desliza sin prisa, también él quiere disfrutar de la maravilla que se abre a  su paso.

Solo los ciclistas interrumpen esta plácida subida. No dejamos de adelantar ciclistas y a la vez algunos bajan cerrándose demasiado en las curvas, algunos van con dorsales así que suponemos que es alguna especie de prueba. En el cruce del Boyar con la subida hacia el puerto de Las Palomas algunos miembros de protección civil regulan el paso. Y así seguimos hasta el Puerto de los Alamillos donde tomamos la pista que se dirige hacia Cancha Bermeja.

Llegados al río Campobuches, dejamos el coche a la sombra de un peral silvestre y nos disponemos a iniciar la marcha son las once menos cuarto. Al comienzo, el cauce aparece seco pero pronto aparecen las primeras charcas repletas de renacuajos. Los taludes de arcilla aparecen horadados por los nidos de abejarucos y la pradera aparece tapizada de florecillas blancas y amarillas, salpicadas de vez en cuando por otras de colores morados o rojos. Una maravilla de sitio.

Siguiendo el arroyo que serpentea y se introduce en el bosque, vamos descubriendo bellos rincones, mientras el valle se cierra y el cauce se hace más rocoso, aunque a veces se remansa y el agua, otrora cantarina, enmudece. El bosque mezcla quejigos, encinas  y alcornoques, de vez en cuando algún claro repleto de margaritas. Solo escuchamos los trinos de los pájaros y el canto de las ranas.

Seguimos el curso del río con paso alegre pero sin prisas y una hora después llegamos a la cola de un pequeño pantano. El agua es un espejo que refleja el cielo y la vegetación, numerosas florecillas blancas flotan en ella y hunden sus raíces hacia el fondo. Algunas vacas pastan tranquilamente a los lados del camino, pero de repente, a lo lejos, una aparece corriendo y mugiendo en nuestra dirección, Isabel se asusta mucho, pero la vaca se para todavía a una buena distancia; Julio pone calma y sigue abriendo camino, las vacas se van apartando, incluso la que parecía más “enfadada”, por fin llegamos a la altura de un becerrito que parecía ser el motivo de tanta alarma, lo pasamos mientras nos contempla tranquilos.

Una pareja de extranjeros se cruza con nosotros, van camino de Grazalema, luego vemos dos pescadores junto a la presa, nos dicen que pescan carpas pero que hoy el día no se está dando bien.  En la otra orilla y hermoso galápago toma el sol sobre una roca.

A partir de aquí nos alejamos del cauce, nos introducimos en el espeso y hermoso alcornocal y cambiamos las margaritas por las flores blancas y amarillas de las jaras, y de vez en cuando las florecillas lilas y amarillas de las ardiviejas. ¡Ah! Y unas maravillosas flores de rosal silvestre.

Entre el ramaje vemos la silueta del monte Tavizna a cuyos pies está la fallida presa de Montejaque. Volvemos al cauce del Campobuches,  donde nos cruzamos con una familia, atravesamos el arroyo Forcila, que forma una hermosa poza junto al camino  y pronto llegamos a la pista que viene de Montejaque y se dirige hacia la finca El Quejigal. La tomamos y admiramos el quejigal que parece darle nombre. Seguimos nuestra marcha hasta un lugar donde el arroyo Forcila forma un bello rincón con tres chorros de agua y una fuente en una zona de sombra, un sitio perfecto para tomar el rengue.

En este punto decidimos volver sobre nuestros pasos, hemos caminado casi dos horas y media y preferimos no subir el puerto de Forcila y volver por los llanos del Cabrizal, temiendo que haga demasiado sol.

El regreso nos permite ver entre el ramaje la lejana silueta del San Cristóbal. Nos entretenemos contemplando las ranas, algunas de un tamaño importante, fotografiando las flores o los remansos del río. Seguimos el cauce por veredas distintas a las de la ida, dan todas al mismo sitio, nos permiten descubrir nuevas perspectivas. El Reloj aparece cada vez más cercano y ante nosotros aparece la hermosa pradera donde nos aguarda el coche.

Regresamos hacia El Bosque por la Manga de Villaluenga, el tiempo que se tarda es prácticamente el mismo. A los lados de la carretera unas varas largas de flores rosas (tal vez gordolobos) ponen otro punto de color a este hermoso día.

 

 

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