Posteado por: Antonio | 15 junio 2014

NOCTURNA AL TAJO DE LAS ESCOBAS

NOCTURNA AL TAJO DE LAS ESCOBAS. Cronista Rafael Caro.

SIERRA-ESCOBAS-06-14-02

Sin dudas las excursiones nocturnas tienen el encanto de evitarnos el peso del calor, que estos días es insoportable. Repetimos excursión, aunque no repetimos personas, salvo los habituales: a Julio y Mª José los cambiamos por Escuer y Carmina; a Carmen (amiga de Rosa) por Rosalía (también amiga de Rosa); no vieron Raquel y Antonio pero no faltaron Juan Bautista, Mª Carmen y su hija Carmen; hasta completar el grupo de once, repetimos Cecilio, Isabel, Rosa, Casti y quien esto escribe. El tiempo: hace dos años fue realizada la excursión el 9 de Junio y esta vez fue el 14 de Junio y si entonces hizo calor, pero al final usamos las sudaderas, esta vez hizo más calor aún y no utilizamos las sudaderas. ¿Calor? ¡No qué va!…Hasta 40º llegó a marcar el termómetro en Jerez, y nosotros a lo nuestro: andar y andar…

A las siete y diez de la tarde, puntuales como se espera en ellos, llegaron Cecilio e Isabel a buscarnos en su coche. Los otros, montada la familia Escuer, con Rosa y Rosalía en el coche “indeseado” (como ya se le bautizó en excursión anterior) y la familia Martínez en el suyo propio, nos citamos en la Barca de Vejer. Allá paramos para tomar un refrigerio y Mª Carmen se tomó una coca cola que le alborotó el estómago como a continuación se verá.

Empezamos a caminar a las 9 y veinticinco de la noche y Carmen echó, antes de comenzar, la bilis. ¿Qué ocurrió? Tal vez fueron las curvas que en el Puerto del Cabrito fueron excesivas o quizás le sentó mal el refresco, el caso fue que de la accidentada noche que tuvo, como más tarde se dirá, fue el preludio.

Íbamos, como siempre este grupo va, feliz y contento, comentando las incidencias del camino y las menos incidentes anécdotas de las muchas excursiones realizadas o de cualquier tema ocasional que se tenga a bien. Anochecía cuando nos tropezamos con pollinos por allí. A uno de ellos, pequeño en edad y cuerpo, me cupo el placer de inmortalizar en una foto.

Seguimos más adelante y se encendieron las linternas. Esta vez no iba mi amigo Julio para que nos diera el aperitivo que en él es norma y el camino se hizo más largo con tanto subir y subir. La niña del grupo, Carmen como su mamá, nos felicitaba por lo bien que nos conservábamos haciendo estas salidas. Una niña muy agradable y simpática que remozaba al grupo. ¡Olé, un piropo más bien “echao” y más merecido!

Paramos a cenar donde lo hiciéramos la vez anterior y la gente se metía conmigo, con mi vocabulario y mis cosas. Era cosa de reírse y así lo tomé yo: a chufla y cuchufleta. ¿Burros? ¡Y sapos pequeños, vimos!

Llegamos a las antenas de la vez anterior, tras la cena y el último repecho. Escuer, el primero; yo, el segundo. Me llevé un susto porque él estaba sentado a la luz de la luna (que ya había aparecido, como había predicho el Jefe, a la hora prefijada). No lo vi y allá sentado, oteando el paisaje, parecía un viejo buda. Le dije que nada sería aquello para lo que quedaba por ver. Él se quejó de una pequeña ampolla que le había salido en la planta del pie. Llegamos los dos a las antenas. Es raro que siempre están solas. Cualquiera podría boicotearlas y las culpas y las quejas, como siempre, al “maestro armero”. Me empestillé en llevarle a la espalda de las antenas y para ello, anduvimos por un pequeño pasillo, tras sendos portillos, que soltamos. No nos atrevimos a pasar más adelante: él por su ampolla y yo porque no me acordaba bien del sitio donde anduvimos hacía un par de años. Esperaríamos a Cecilio que tiene mejor cabeza que yo. Para entonces, ya me había dicho que no le había gustado la excursión y a pesar de mis palabras él se empeñó  en decir que no, que no le guastaba salvo el rato que estuvo sentado en lontananza.

Llegó el grupo y fuimos todos tras el Jefe a ver el cuerpo de guardia que en alguna ocasión estuvo allí. Subió y tras él, subimos a ver el panorama que desde allí se divisaba. Magnífico.

Bajamos y nos metimos por entre unas piedras para ver la otra parte. Extraordinario.

Por último, seguimos la senda que Escuer y yo habíamos iniciado. Ya, Carmina se había encargado de curarlo y él, que bien por el pie con su ampolla, bien porque no le había gustado la excursión no nos siguió y se quedó allí solo. Los demás, fuimos tras el Jefe. Después de dar una camballada – y que conste que no estaba borracho, porque no hubo vino en todo el camino – repechando por las rocas, me senté en el lugar. Mi mujer, Rosa y Rosalía se habían vuelto para entonces a dar compaña a Escuer. Yo no volví a trastabillarme más y puestos en aquel lugar impagable vimos toda la costa y el estrecho que bien pudiera parecerse a un espejo con la luna brillando o a una taza de agua limpia, clara y quieta, por mor de la noche tan clara y sin nubarrones que habíamos tenido el placer de disfrutar. Paisaje impagable, como ya he dicho anteriormente.

A la vuelta, Mª Carmen se hincó en la pierna un palo seco, que le provocó una punzante herida. Fue atendida en primera instancia por Carmina, que le lavó la herida y le puso un rudimentario vendaje. Evidentemente, no era el día de Mª Carmen. Llegamos a donde estaban los otros y Rosa la atendió con su botiquín de emergencia, que siempre lo lleva consigo, y la citó para el lunes ponerle la inyección del tétanos. Es lo que tiene ir con enfermeras. Entre Carmina y Rosa uno va tranquilo que nada ocurrirá.

Estuvimos casi una hora en la cima del cerro de las Escobas y cuando ya lo habíamos visto todo, iniciamos la bajada. ¿Bajada? ¡Sí, bajada! Jamás pensamos que aquello lo habíamos subido. ¡Qué barbaridad! ¡Qué rampas! La bajada era más peligrosa que la subida… ¡Y tanto: como que Carmina asentó sus posaderas en al camino de vuelta! Allá estuvo sentada un ratito y cuando se cercioró que nada tenía roto y que los tobillos y las rodillas le funcionaban bien, se levantó y continuó su camino.

Bajábamos a un ritmo alegre. Por el camino vimos otro sapo. Esta vez gordo y grande.

Mi mujer estuvo a punto de resbalar y caer también. Gracias a que Isabelita iba antes que ella y la pudo parar. ¿Pero qué pasaba ese día? Escuer, Mª Carmen, Carmina, mi esposa, yo… ¿Se está haciendo viejo el grupo? Por el camino de vuelta fue este uno de los temas de conversación. Cecilio decía que tenía lesionado los cuádriceps debido a su vieja enfermedad (¿Quién se acuerda de ella y más viéndole como le vemos con su salud de hierro y su vitalidad y su vitalismo?) Escuer le respondía que él tenía 69 años. Yo callaba. A mis 68 años, ¿quién hace lo que nosotros hacemos?

En amenísima conversación los tres de cabeza dimos con los coches, después de pasar por una reata de caballos y yeguas. Los habíamos dejado – los coches, se entiende – en una intersección de caminos, ahorrándonos de andar más de tres kilómetros entre ida y vuelta. Se agradecía. Escuer se puso a hacer ejercicios de estiramiento, Cecilio limpiaba los cristales y yo, destrozado como estaba, me interné en el coche a esperar a los otros. Eran las tres y veinte de la madrugada y habíamos estado andando desde las nueve y veinticinco de la noche.

En el camino de vuelta aún pudimos ver a un par de corzos. Y se hizo corto, pese a la sed (dos vasos de agua fresquita me tomé nada más llegar a casa) gracias a que Cecilio tiene un disco de música italiana de ayer mismo.

A las cinco me acosté y a las siete me levanté. Somos unos chiquillos.

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