Posteado por: Antonio | 19 octubre 2014

PINSAPAR DE LAS NIEVES. (18/10/14).El Jefe.

PINSAPAR DE LAS NIEVES.

La primera timba del año, que se alargó hasta más allá de las 23 horas y cuarto de la noche, no impidió que fuéramos de la partida ocho de sus participantes. Así a las ocho y treinta de la mañana nos dimos cita en Ifeca: Juan Bautista, Carmen, Rosa, Julio, Isabel, Cecilio, Elías y Carmen ( sí habéis leído bien).

No todo es pues vicio y molicie en este cada día más mermado grupo cuando de caminar se trata. Bien es cierto que el esforzado caballero Micer Escuer y su gentil dama doña Carmen, portan el estandarte morugo por las hasta hace poco atribuladas tierras de Bosnia y Croacia; y que otros han de cumplir con sus deberes abueriles o han de lustrar con su presencia ceremonias ineludibles.

El desayuno en la venta El Cortijo de Algodonales resultó de lo más atípico por su “normalidad”. ¡Siete cafés con leche, un americano y ocho molletes pequeños! ¡Increíble pero cierto!

Con un tiempo espléndido y unas ganas locas de caminar comenzamos nuestra ruta desde los Quejigales a las once y cuarto. El objetivo el Pinsapar de las Nieves, recorrido en dirección este, con la intención de ir y volver completando una rutita suave, en atención a las “nuevas” incorporaciones.

En mi mente la primera vez que hice este recorrido, de forma involuntaria por interpretar mal el mapa del que íbamos provistos, con Rafa Caro y Casti. Y en el recuerdo la dura subida hacia el Peñón de los Enamorados y el nevero cercano al Puerto de los Pilones y la soberana paliza que nos dimos.

Una vez recorrido medio kilómetro, abandonamos la pista y tomamos un sendero que nos lleva hacia los primeros pinsapos. A nuestra derecha el Pinsapar trepa por la empinada ladera de la Sierra de las Nieves, coronada por majestuosos farallones. Y a nuestra izquierda las desnudas lomas calizas con colores blancos y rosados que descienden hacia Ronda, con las siluetas lejanas de los picos de la Sierra de Grazalema como telón de fondo. Ante nosotros salteados ejemplares de viejos pinsapos que se recortan en el cielo, mezclados con enormes troncos y ramas de árboles caídos y secos,  y una incipiente hierba que cubre de verde las pequeñas praderas que atravesamos.

El camino asciende suavemente, el buen ánimo reina en el grupo, fotos y más fotos y de nuevo salimos al carril. Lo seguimos hasta que se convierte en vereda. Una vereda que asciende hasta un promontorio desde el que se ve una espectacular vista hacia la carretera de El Burgo y, como ya he citado antes, hacia la Sierra de Grazalema en la lejanía: Olvera, Alcalá del Valle, El Terril, los Lagarines, Torreón, Simancón…

A partir de este instante nos introducimos en un denso y espectacular bosque, rodeados de gigantes. Un bosque encantado en el que se mezclan a partes iguales enormes troncos secos caídos con retorcidas ramas a modo de esqueletos, con gran cantidad de ejemplares jóvenes con casi perfectas formas cónicas y los enormes pinsapos retorcidos de formas caprichosas que arrancan de nuestros labios continuas expresiones de admiración.

Fotos y más fotos, contrapicados, detalles, luces y sombras, setas, paisajes que se van abriendo a nuestros pies y en la lejanía: el Peñón de los Enamorados ( otro más), la Cañada de las Ánimas, el Pantano de Ardales… Toda una gozada para los sentidos.

En este punto el irredento “jefe”, o sea yo, propone seguir la senda y subir hasta el nevero. Yendo despacito calcula que en menos de una hora estaremos arriba, Rosa y Carmen dicen que van bien, aunque sus caritas no dicen lo mismo, los demás callan. Isabel estalla y dice que siempre hago lo mismo, que no tengo palabra y que nadie se va a fiar de mí. Juan tercia para apoyarme ( hemos pasado por aquí el último martes con el grupo Palo Corto y sabe lo que nos espera) y en ese momento nos alcanza otro grupo al que preguntamos y nos asegura que en media hora habremos coronado. Nosotros calculamos que al paso que llevamos será algo más.

Los ánimos se calman y continuamos despacito. De vez en cuando paramos a tomar aire, la charla es animada y esto indica que la gente va bien. Los pinsapos desaparecen y dejan paso al matorral, sobre todo piornos, la senda se suaviza y  un poco antes de coronar el puerto paramos a comer. Un acierto, como más tarde comprobaremos. El  lugar está al abrigo del viento, tenemos sombra y a nuestros pies quedan el hermoso pinsapar y los desnudos montes de caliza, con todas las sierras desde el Genal a nuestra izquierda, hasta la Sierra Sur sevillana y el Peñón de los Enamorados a nuestra derecha.

Tras el reparador rengue, me adelanto pero el grupo no me sigue. Pasado un buen rato llega Carmen Gómez, más tarde lo hacen Elías y Carmen, pero pasa el tiempo y no viene nadie más. Decido retroceder en busca de los demás, temeroso de que haya pasado algo, y por fin llego a la altura de Isabel y Rosa. En efecto Rosa trae herido su “amor propio”. Se ha caído mientras hacía sus necesidades mingitorias y una zarza inmisericorde ha llenado su regio trasero de numerosas y dolorosas púas. Isabel ha hecho lo que ha podido y le ha quitado bastantes, pero la cura no será definitiva hasta que llegue a casa.

Una vez reagrupados todos en el nevero, decidimos separarnos ya que Julio debe estar en casa antes de las seis y media, así que nos adelantamos los dos y se nos une Isabel (los demás no tienen prisa y podrán parar a tomar la cervecita acompañada de algunas ricas viandas).

En el descenso, las obligadas fotos del quejigal de las Nieves, de la Torrecilla, de la Alcazaba, de San Pedro de Alcántara y de toda la línea de costa que se recorta hasta el Peñón de Gibraltar, además de Ronda, el valle del Genal salteado de pueblecitos y todas las sierras que se recortan en el horizonte.

Julio e Isabel descienden a paso ligero por la pista del Puerto de los Pilones, yo me veo obligado en ocasiones a “correr” para alcanzarlos. Juan viene cerca de nosotros, no entendemos por qué, y poco antes de terminar la pista me alcanza. Baja tan rápido para coger el coche y subir en busca del grupo porque Carmen Casanovas se ha quedado sin la suela de uno de sus zapatos y apenas puede caminar.

A las cuatro y cuarto, cinco horas después de comenzar la jornada, llegamos a los coches. Hemos recorrido 12 km y medio y disfrutado de un fantástico día, un poco más duro de lo prometido.

Julio, Isabel y yo llegamos a los coches a las seis y veinte, los demás disfrutaron de las merecidas cervecitas acompañadas de una sabrosa caldereta de cordero y un revueltito de tagarninas. Una “accidentada” pero hermosa jornada que nos deja un gratísimo recuerdo.

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