Posteado por: Antonio | 5 noviembre 2014

2ª JORNADA. GUADIX

2ª JORNADA.

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Después del desayuno en el área de servicio de Los Abades de Guadix, nos dirigimos hacia el Pantano del Negratín , situado en medio de un paisaje semidesértico de tierras arcillosas que forman pequeñas colinas desnudas, en la que es bien visible el efecto de la erosión.

    Las aguas del Guadiana Menor, de un azul intenso, quedan enmarcadas por las rojizas y descarnadas laderas de una penillanura quebrada por el embalse. La presa construida por aluvión, separa dos paisajes bien distintos, a un lado un espléndido lago, al otro desnudos farallones que preludian una inmensa “nada” que se extiende hacia el oeste hasta perderse en el horizonte.

Después de disfrutar de tanta y tan desolada belleza, adornada por las precisas explicaciones que nos ofrece Juan, continuamos nuestro viaje pasando por Cuevas del Campo y Pozo Alcón. Y a partir de aquí el paisaje cambia y nos adentramos en un gran bosque de pinos que recorre las laderas de la Sierra del Pozo, en dirección a Castril.

Breve alto para admirar la presa del Pantano de la Bolera, que presenta un desolado aspecto por la escasez de agua, y de nuevo seguimos hasta llegar al precioso Embalse del Portillo formado por el río Castril y cuya presa está muy próxima a la población del mismo nombre. Allí pregunto a un señor por el carril que debe conducirnos al nacimiento del río y me indica que unos tres kilómetros más adelante, una vez terminada la cuesta, tome el carril que sale a la derecha ( cosa que me indica moviendo su mano hacia la izquierda como ocurre a menudo cuando pregunto).

Subida la cuesta vuelvo a preguntar a unos obreros de la carretera y me dicen que a unos doscientos metros el primer carril a la izquierda. Lo tomamos, desciende hacia el valle pero la dirección no es buena y cada vez se pone más peligroso; nos conduce a un caserío en el que damos la vuelta justo en el momento en el que dos grandes y mal encarados canes se dirigen hacia nosotros.

De nuevo en la carretera volvemos a ver a los camineros que nos dicen que es el siguiente carril. Y esta vez sí, un cartel anuncia el camping y la ruta del nacimiento.

El firme del camino es bueno pero el descenso es a veces vertiginoso, pienso en la subida con la tierra suelta y en mi amigo Rafa Caro  y su pánico por estas cuestecitas. Después de siete kilómetros llegamos al camping, lo pasamos un kilómetro más y llegamos a un puente que cruza el río. Junto a él dejamos los coches y nos disponemos a iniciar, ¡por fin! , nuestra primera marcha. Ya es un poco tarde y, con toda probabilidad, Charo no podrá comerse unas chuletitas de oveja segureña ya que las dos rutas se alargarán más allá de media tarde.

Esta primera marcha es a la Cerrada de la Magdalena, un arroyo que vierte sus aguas al río Castril. Solo tiene un kilómetro y medio de ida y otro tanto de vuelta.

El carril pronto deja paso a una vereda y tras un empinado, pero breve, ascenso discurre a media ladera por un bosque de pinos desde el que se divisa un grandioso paisaje del valle del río Castril, que discurre entre la Sierra de Castril y Sierra Seca. La  espectacular otoñada de las choperas que recorren el cauce, en contraste con el verde de los bosques que las rodean y los ocres de los espinos, endrinos y otros matorrales que trepan por las laderas, dan un bello colorido a un paisaje coronado por enormes y desnudos farallones de piedra caliza.

A nuestros pies discurre el Arroyo Magdalena,  la vereda se estrecha y se pone peligrosa en algún punto en el que el peligro de resbalar se acrecienta, por la tierra suelta que forma la ladera; pero en general es cómoda y pronto llegamos a la Cerrada. Y es aquí donde María José decide no seguir, aunque apenas le faltan cincuenta metros y la vereda es mucho más segura que antes. Los demás vamos hasta el nacimiento.

Unos obreros están acondicionando el lugar. El arroyo surge de la parte inferior de una grieta en la pared de la montaña. Esta profunda y altísima  grieta explica el nombre de Cerrada ya que es imposible atravesarla y pone fin a nuestra ruta.

De regreso a los coches, continuamos el carril hasta Cortijos Nuevos y aparcamos en una explanada junto a unas casas. Una cadena tirada por el suelo parece separar la explanada del carril que discurre pegado a una enorme tubería.

Nos tomamos el rengue bajo un nogal que tiene su tronco en el patio de una de las casas del pequeño caserío, pero que desparrama sus frutos y su sombra fuera de ella. Llenamos una bolsa de nueces y damos algo de pan a varios gatos que acuden al olor de las chacinas y que intentan, aunque no lo consiguen, obtener un rico botín.

Nada más de terminar Juan me dice que mejor quitar el coche de la amplia explanada ( en la que no hay ningún vehículo y  sitio de sobra). Así lo hago y antes de que él salga llega un coche que se pone delante suyo impidiéndole el paso y  un “granaíno con mala follá”, gritando malhumorado le dice que él es el dueño y que le deje pasar. Juan se aparta como puede y el maleducado pasa con cajas destempladas.

Pasado el incidente tomamos la senda que asciende siguiendo el cauce del río hasta su nacimiento y que tiene una longitud de dos kilómetros y trescientos metros de ida. Las Sierra Castril y la Sierra Seca cierran la V hasta unirse en un grandioso circo. Varias rutas se pueden hacer desde aquí y las señales así lo atestiguan. Bueno lo atestiguan hasta que en un punto determinado las sendas se bifurcan y los letreros de madera desparecen por obra y gracia de los vándalos. Esto origina una momentánea confusión que nos hace andar y desandar una empinada cuesta.

El calor aprieta y la última subida se hace dura. A nuestros pies se abre el colorido valle. El río surge de pronto de entre enormes rocas y forma dos bellas cascadas, pero para nuestro pesar la cascada principal está seca. ¡Una lástima no disfrutar del hermoso lugar en toda su belleza!

Un ratito después toca regresar. El grupo se disgrega porque una parte nos entretenemos con los endrinos y las fotos. Pero un poco más adelante nos reagrupamos en un bello puentecito. Bajo al cauce para hacer unas fotos desde él y aprovecho para meter los pies, el agua está fría y transparente y es una gozada mojarse.

De vuelta a los coches, Juan propone ir a ver las “Mariantonias” ( suigéneris derivación de wellingtonias), nombre que los naturales de Huéscar dan a las secuoias, que provienen de unas semillas de wellingtonias que se trajo de Norteamérica D. Rafael de Bustos Marqués de Corvera hace 165 años. Así que “desandamos” los once kilómetros de carril hasta la carretera, con numerosas paradas para hacer no pocas fotos, y salvamos la complicada subida sin ningún incidente.

Por el camino intenté parar a tomar una cerveza en el restaurante” El Maño” (en el que comimos deliciosa oveja segureña en un anterior viaje con el matrimonio Caro), pero Juan me hizo desistir para llegar antes a la finca de La Losa, lugar donde nos aguardan los gigantes. Así que continuamos camino de Huéscar y cinco kilómetros antes de llegar nos desviamos 20 kilómetros ( 40 con la vuelta), por una carreterita estrecha y en gran parte sinuosa que rodea parte del imponente Collado de La Sagra.

Una vez allí, admiramos las enormes ejemplares, algunos pasan de cuarenta metros, y nos hicimos unas fotos en las que se destaca nuestra insignificancia, en cuanto a tamaño se refiere.

De nuevo a los coches para poner rumbo a Huéscar, donde llegamos sobre las siete de la tarde. La Colegiata de Siloé cerrada y paseo buscando un bar. Y como sucede con harta frecuencia en estos lares, no encontramos ninguno, con lo que derivamos de nuevo nuestros pasos hacia la Colegiata que, ahora sí, estaba abierta. Admiramos sus bellas proporciones y su retablo barroco y salimos. ¡Y encontramos un bar en el que aliviar nuestras vejigas y refrescar nuestros gaznates!

Luego una hora y cuarto de camino hasta casa y por fin el merecido y reparador descanso. Opípara cena, que diría el siempre querido y admirado Cronista, y partida de cartas, con licores y frutos secos. Mejor dicho terminación de la partida comenzada el día anterior, con un ganador inhabitual: D. José Pérez.

Un hermoso e intenso día, como tantos otros de este inquieto grupo.

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