Posteado por: Rafa Caro | 29 diciembre 2014

El Dornajo

La niebla se extendía por todo Jerez. Es más, se podía cortar como con un cuchillo cuando nos levantamos y nos fuimos directamente al lugar acostumbrado de cita. Mi esposa, siempre tan previsora y tan miedosa, me venía diciendo por el camino, que había que estar loco para tomar el coche y a las ocho y cuarto irnos para la sierra con la que estaba cayendo porque la niebla no nos dejaba ver ni unos metros y la temperatura exterior rondaba los 8º.

Cuando llegamos a Ifeca, unos hombres montaban un tinglado y hube de aparcar el coche bastante lejos del habitual. Era raro que no viniera nadie cuando el reloj estaba próximo a dar las ocho y media, pero al bajarme y acercarme hasta los hombres aquellos, aparecieron Julio y Mª José. Cecilio e Isabel no venían con ellos. Supe de inmediato que el Jefe no veía porque estaba postrado en cama con más de unas décimas de fiebre. Malo debía estar porque él no se pierde ni una. Al momento aparecieron Juan Bautista, Mª Carmen y la hija de ambos, Mª Carmen. Ya estábamos el completo. ¿Para qué más? Con siete locos ya es bastante.

Nos acomodamos en el coche de Julio y para adelante.

Más antes que después llegamos a la Venta Julián en El Bosque y el camino se nos hizo muy corto porque Mª José habla y habla. La niebla no desaparecía y al bajarnos de los coches, Mª Carmen, hija, nos anunció que el termómetro exterior marcaba 2º. Inmediatamente me acordé de Cecilio que me decía el miércoles pasado que en El Bosque hacía más frío que en cualquier otra parte de la sierra. No sé si será verdad, pero de los ocho de Jerez se habían pasado a los dos grados.

Eloy, siempre tan simpático, se extrañó al ver a una niña tan joven acompañada de todos los carcamales que la rodeábamos (en especial, Julio y yo) y le endosó a esta la pequeña libretilla, para que apuntara los pedidos del desayuno. Así lo hizo ella y tras el desayuno, nos pusimos en camino para pasar el día.

Una pareja de la Guardia Civil paró a Juan Bautista, que iba precediéndonos. Julio aparcó para esperarlo en la entrada de una casa, enfilando el camino de Grazalema. Fue sólo un momento. Le pidieron el carnet de conducir y nada más. La niebla nos acompañaba.

Camino del Boyar y como por ensalmo, desapareció está para dejarnos un gran día, pletórico de sol. Mirando hacia atrás veíamos la niebla. Si mirábamos hacia adelante, la niebla había desaparecido para dar paso a un día espléndido y brillante.

En el Boyar nos cambiamos de calzado, nos pertrechamos con ropa de abrigo y comenzamos a subir el puerto de las Presillas. El día, como cuento, maravilloso.

Comenzamos a subir a las once menos cuarto y por el camino, ameno de por sí, lo amenizaban más, si cabe, la charla de las mujeres, que no paraban. La subida, por la umbría, estaba resbalosa y más aún por las recientes lluvias y por los diversos arroyuelos que forman el nacimiento del río Guadalete. Yo iba haciendo fotos y más fotos (más de 88 y cuatro vídeos tomé), y la ropa comenzaba a sobrarnos. Tomé fotos de la llanura en que estaba Jerez y parecía un islote que la niebla se la tragara todo dejando las cumbres de Gibalbín y del Aljibe solo despejados. Lo demás, todo gris con una espesa niebla y nosotros, caminando con un día abierto y brillante.

Coronamos las Presillas y nos despojamos de la ropa que nos sobraba, en tanto, descansábamos un poco.

¿Y las mujeres? Pues Mª José se cayó (nunca dije se “calló”) sino que se cayó, arrastrando a la mía. Lo hizo a cámara lenta y la mía, le cayó encima. ¡Menudo susto nos dieron porque la mía se lastimó en la calle cuando íbamos andando un miércoles!

Pasamos por el sitio de piedras conocido por “los lapiaces”. Es un laberinto de rocas calizas, afiladas como navajas y formadas por las aguas y el tiempo.
Abrimos una nueva cancela (la otra la habíamos abierto nada más comenzar a andar, en el Boyar) y a continuación vimos unos indicadores en los que estaban puestos los nombres y las distancias del mirador del Boyar, del camping y de Grazalema. Faltaba Benaocaz por el Dornajo y alguien a bolígrafo lo puso.

Continuamos nuestra marcha. Llaneamos y más tarde iniciamos una bajada hasta dar con las ruinas del cortijo del Dornajo. Lo siento, pero es superior a mí, y ya lo he dejado escrito en otras ocasiones, pero llegar a ruinas me produce una sensación extraña, mezclada con desazón, al pensar que estas ruinas en un tiempo estuvieron habitadas y hubo voces y juegos de niños, que hoy calladamente nos observan. ¡Si los muros que están de pie hablaran! ¡Cuántas cosas nos dirían! ¡Cuántos sinsabores! ¡Cuántas aventuras y desventuras!…

Nos sentamos un rato grande y fuimos la mayoría a visitar la fuente del Dornajo, después de tomar el oloroso de Julio, acompañado de los frutos secos de Julio y los frutos menos secos de Juan y cuando lo hubimos disfrutados, tras un rato sentados, nos pusimos de pie y a iniciar el camino de vuelta. Yo, en tanto, había ido a la fuente del Dornajo (que siempre la visito, cada vez que voy por allí) y había tomado una película con el murmullo del agua como protagonista. ¡Qué quietud se respira por allí! Y es que el sitio, en verdad, es mágico. Por el camino, nos tropezamos con la vacada que nos había cerrado el camino de ida, mas en número superior. ¿Pero de dónde salían tantas vacas? ¡Increíble! ¡Y no solo vacas sino cabras, muchas cabras, infinidad de cabras! Nos apartamos para dejarles paso, pero nunca acababan de pasar por la cantidad ingente de cabras. Iban a beber, seguramente, y a pacer en el sitio dejado por nosotros un momento antes.

El sol, digámoslo sin tapujos, hacía de los suyas, y no es que vayamos a decir que hacía un día veraniego, pero casi. Mi mujer se quejaba de la cabeza y de casi una insolación. A la sombra de unas encinas comimos. Era plena subida, pero como la estábamos haciendo muy tranquilos, apenas si se notaba.
Por el llano, apareció una bandada de cuervos. Juan, bautizó la vaguada aquella como la de “los cuervos”, por la cantidad que aparecía en el cielo. Y continuamos nuestra marcha. Oímos rumor de personas y yo dije que los cuervos se habían convertido en personas. Una gran cantidad de gente, venía desde el camping de Grazalema hacia el Boyar.

La bajada de las Presillas la hicimos con mucho cuidado por lo resbaloso del terreno y yo, como siempre, me adelanté un trecho y les tomé ventaja a mis compañeros. Y sin más llegamos al Boyar, en donde después de fregarnos los zapatos en un regato, nos subimos a los coches y emprendimos la marcha de regreso.

Llegamos a El Bosque y Juan y familia se despidieron de nosotros porque iban a Sevilla a recoger al hijo, que les venía desde Baleares. Nos sentamos Julio, Mª José, Casti y yo, y entones Mª José nos mostró su muñeca lastimada. ¡Qué barbaridad! Ella dijo que se lo había hecho en el Dornajo y que no había dicho nada para no alarmarnos. Pero la muñeca la tenía hinchada a más no poder.

Tomamos el café y el refresco y nos vinimos de vuelta a Jerez. Pasado El Bosque, nos dimos de cara con la niebla de nuevo ¿Quién dice que estuviéramos con un día casi veraniego en la sierra? La niebla no se había levantado en todo el día en Jerez y sus alrededores pero nosotros habíamos pasado un día inigualable.

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