Posteado por: Antonio | 1 marzo 2015

SUBIDA A MONTECOCHE. Rafael Caro, cronista.

SUBIDA A MONTECOCHE

OLYMPUS DIGITAL CAMERADiez años después volvimos a Montecoche. Era también, como la vez anterior, a la que aludo, en febrero, el último día. Pero esta vez con menos gente. De los catorce que habíamos participado la vez anterior pasamos solo a cinco. Todas las faltas estaban justificadas, unos y otros por viajes. La Venta Andrés existe pero como si no existiera. Del tirón nos fuimos a Las Palmosas a desayunar pero vayamos por parte…

Comenzamos el día, como siempre en Ifeca a las nueve. Cuando llegamos, mi esposa y yo, ya Cecilio e Isabel esperaban en el coche a los que vinieran. Sólo apareció Raquel y como éramos cinco nada más, en el coche de Cecilio nos acomodamos todos.

Enfilamos carretera y antes que nos diéramos cuenta estábamos en Las Palmosas a desayunar. La venta estaba de bote en bote. Los camareros, jóvenes y activos, no paraban de atender la barra, que poblada de gente, no cesaban en sus peticiones y rápidamente fuimos atendidos. Es de llamar la atención.

Realizado el desayuno nos pusimos de nuevo en marcha y llegando a Charco Redondo, salimos por la derecha de la autopista y nos pusimos de nuevo dirección a Jerez, por la carretera vieja. Cruzamos por la Venta vieja, semiderruida, en donde la vez anterior nos esperaba Fernando, amigo de Elías, y un poco más allá, estaba nuestro primer destino. Previamente, en la autopista nos adelantó un coche mal conducido que por un poco nos traga y que gracias a la pericia de nuestro conductor, lo pudimos esquivar.

A las diez y media nos pusimos a andar.

Montecoche no tiene la menor importancia, como cerro a subir. Es llano, no tiene más que cuatrocientos metros, se sube continuamente por una cómoda pista, en donde abundan los ciclistas, y salvo la última rampa, que es una fuerte subida, lo demás es muy cómodo de hacer.

Una pareja con un perrito se puso a nuestra altura para hacer la subida y apareció una fuente con un pilón de donde se surtía un hombre ya mayor. Frente a ella, o casi, dos casas situadas a la derecha del camino nos aguardaban. Me metí en una de ellas, la que estaba abierta, y un mobiliario pobre me aguardaba. En sus paredes una pintada, que aludía a Salvador Dalí. Un ciclista, llamado Víctor, nos preguntó por un camino, al que nosotros acertamos a decirle. Al poco tiempo apareció un grupo de jóvenes ciclistas preguntándonos por él y les dimos las mismas explicaciones. Otra fuente, con un agua riquísima nos deparó el camino. Y digo “agua riquísima”, porque debía estarlo, ya que a la vuelta probamos la del pilón y no sabía más que a agua. Las cosas.

El camino se hacía monótono y de una continua subida. Yo iba acompañado de Cecilio y a veces, solo, cuando él se paraba a esperar a las tres féminas o hacer una foto.

Llegó la hora del rengue. Pero esta vez nos estaba Julio, con su oloroso y sus cacahuetes. Se sentaron al borde del camino y comieron una naranja y un chocolate y bebieron agua de las cantimploras. Y hablo en tercera persona porque yo seguí adelante y no paré sino al llegar a una cancela y asesorado por Cecilio de que en ella debía aguardar. Y menos mal que lo hice porque cuando me dieron alcance, tomaron por el camino y yo estaba   sentado a la sombra en el comienzo de otro. O sea, que de seguir yo, hubiese tirado por otra ruta que nada tenía que ver con la que llevábamos.

Me incorporé al grupo y ya no me separé de ellos hasta la caseta del guardabosque y el pico que señala la cota de Montecoche. No recordaba ni la caseta ni el refugio que en ella estaba. Y mucho menos de que en su cima estuviera el punto geodésico.

OLYMPUS DIGITAL CAMERADesde allí se veían (o adivinaban porque la neblina no nos permitía verlos con claridad) Castellar Viejo, un poco del pantano, Gaucín, Casares y por el otro lado, Algeciras, Charco Redondo, Los Barrios… Habíamos llegado y era cuestión de comer, pero a la una, ¿quién es el guapo que se pone a hacerlo? Optamos por bajar y en la bajada, sobre las dos, comeríamos.

Bajamos y cerca de las dos, sentados en un desaguadero, dimos cuenta de los manjares que solemos llevar a la sierra. Dícese tortilla, jamón, melva, etc., acompañados de su pan y su naranja de postre, amén del chocolate negro que lleva el Cecilico. Vimos un momento antes a la pareja y al perro que nos habían salido en la mañana, comiendo también, sentados cómodamente en un rincón del bosque.

Y levantados manteles, es una forma de hablar, continuamos nuestra bajada, cómoda y permanente, por esa senda o camino.

Entre chácharas, vimos de nuevo la fuente, con su enorme pilón, y bebimos agua de ella. Un joven en su coche se surtía del agua buenísima de la fuente y otra pareja andaba sentada a la espalada de la casa que por la mañana había visitado, tomando el sol de febrero.

Y viendo otro naranjo y un camino empedrado en que nos decía que estábamos pasando por una zona repoblada de nuevas encinas, alcornoques y otras especies autóctonas, llegamos al coche, después de haber estado el día entero por allí. Eran las cuatro de la tarde, escasamente.

De allí nos fuimos a tomar la merienda en Las Palmosas, llegando a Jerez, tras haber pasado un día, otro más, feliz, tranquilo y relajado. El miércoles (D. m.), iremos a El Puerto andando, como otras veces. Pero ese es otro cantar.

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Responses

  1. Los hay que envidia pasan pero…. ajo y agua. Es lo que hay.


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