Posteado por: Antonio | 16 marzo 2015

CAMPOBUCHE O GUADARES. El Cronista. 15-3-15

CAMPOBUCHE O GUADARES

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            Preciosa excursión la que hicimos el domingo 15 de Marzo. Magnífica. Y digo yo: ¿Qué excursión no ha resultado preciosa? Cualquier salida a la sierra es una experiencia a magnificar. Esta vez, y sin que sirva de precedente, fue un domingo el escogido para que once hiciéramos la salida desde casa. Subidos en tres coches, salimos de nuestro lugar acostumbrado, Raquel, Rosa, Felisa, Julio, María José, Cecilio, Isabel, Casti, Pepe, Charo y yo mismo, para desayunar, como siempre en el sitio de siempre. Y como siempre, el sitio atestado. Faltó Carmina, recién operada de piedra, y para acompañarla se quedó también en tierra Escuer, su esposo. También otros faltaron, pero ya es frecuente su falta. (Los subrayados fuimos los que portamos coches esta vez).

Desayunados que hubimos, nos llegamos en coche hasta el puerto de los Alamillos, lugar que en el cruce existe una venta  que ya nos es conocida por otras ocasiones. ¿Y de qué cruce hablo? Del existente entre la carretera de Ubrique, que pasa por Benaocaz y Villaluenga (el pueblo más bonito de la sierra, para mi gusto) y desemboca en los Arenosos y Grazalema. Mi tío Antonio bautizó a los Amarillos, el coche de línea que hacía esta ruta, como “el fantasma”, porque decía que salía de Jerez de noche y entraba en Ubrique de noche. Cosas de los tiempos, cuando un coche de línea paraba en todos los campos y ventas y pueblos y su velocidad media era de 20 km/hora.

Como iba diciendo, tomamos por el camino de la izquierda, desde esta citada venta y por el camino de la derecha vimos una cantidad de personas nada habitual. Del Inserso – dijimos – pero su paso no era precisamente de viejitos.

Aparcamos a la orilla del río Campobuche, en una explanada con hierba que por allí había y cambiamos de zapatos y nos pertrechamos dispuestos a pasar un gran día. Día que se presentaba luminoso, espléndido. Y comenzamos a caminar siguiendo la ruta marcada por el río Campobuche, hacia la izquierda y siempre sin abandonar su cauce. Lo cruzamos y nos fuimos a la margen izquierda del río (o derecha, según para quien lo mire) y la ingente riada de gente que habíamos visto antes, mientras veníamos hacia acá, nos adelantó (o permitimos que nos adelantaran). Se trataba de una excursión, venida desde Marchena y formada por 110 personas de todas las edades pero abundando los jóvenes. ¡Me encanta ver en la sierra tal cantidad de gente! Gente que va a tener un contacto directo con la naturaleza y que no son domingueros en el amplio sentido de la palabra. A nuestro paso, tranquilo y reposado, se unió el paso de ellos, alegre y alborotador  y el Jefe paró para darles paso (perdón por la redundancia). Paramos, nos hicimos una foto y continuamos nuestra marcha, para que no nos confundiéramos con el citado grupo. En ese intervalo pudimos comprobar de qué sitio procedían, por cuántos estaba formado,  en qué habían venido y hacia dónde iban… Toda clase de información porque este que escribe es muy cotilla y se quiere enterar de todo.

Saltado el grupo, continuamos nuestro caminar. ¡Qué sitio más bonito! Entre el bosque (que no era galería) y el río, seguimos andando, siempre guiados por el Jefe, que no nos lo merecemos. Unos caminantes, que creímos rezagados del grupo, se habían parado a tomar un tentempié o la orilla de una presa. Nosotros nos hicimos una foto del grupo a la orilla de otra, para que quedara constancia de nuestra marcha por esos lugares y así entre broma y broma, accedimos a un lugar, a orillas de un arroyo, a tomar nuestro ya acostumbrado “rengue juliano”. Y seguimos caminando tras el rengue. ¡Qué lugar tan extraordinario! Por donde quiera que lo mirabas no tenía desperdicio. Felisa, tan desacostumbrada ella, iba pletórica y le daba una nota mayor a diez al Jefe. Seguíamos andando y después de vencer una cadena (ya habíamos dejado atrás dos cancelas), accedimos a la vía que nos llevaría a la presa frustrada de Montejaque. Unas flores de plástico (tan naturales parecían que hasta Pepe quiso ir y fue a por ellas) marcaban un lugar. Posiblemente se trataba de un enterramiento de cenizas de alguien que había muerto. También yo quiero que entierren mis cenizas en un chaparro al lado de la carretera y al pie del “Torreón”. Al Jefe le tengo encargado mi enterramiento y después, que tire el cacharro que llevó mis cenizas, por ahí. Pero, ¿para qué hablar de cosas tristes en excursión tan alegre?

Como vimos que no llegaríamos a la presa, aunque ya faltaba muy poco porque teníamos a tiro de piedra el monte Tavizna, a cuyos pies se halla esta, optamos por volver. Unas nubes amenazadoras se cernían a la altura de Grazalema. Yo me separé algo del grupo para fotografiar unas barbacoas y una fuente que había en el lugar y un cartel indicativo de esta fuente y de la función que cumplía y cumple por estas zonas. Mi esposa, fiel como siempre, hizo que el grupo se parara un poco en su caminar a esperarme.

Desanduvimos lo andado anteriormente y en una de las presas, junto al río, comimos. Mi esposa y Pepe, que son más lentos en el comer, dicen no estar dispuestos a comer como los pavos. Que a ellos siempre los cogemos con la boca llena y que no habían terminado aún, cuando ya los demás estábamos en los postres. Decires.

Y al terminar de comer, Rosa se puso en cabeza y nos llevó hasta el río, perdiendo el camino. ¡Ay, qué Rosita! Nos reímos con ella y con sus disparates.

Retomamos la vereda, vadeamos el río varias veces y por fin aparecieron los coches en la llanura tras haber andado unos 14 ó 15 kilómetros. Se trataba de llegar a Jerez pronto para asistir al concierto de música celta que nuestro buen amigo Bryan y su grupo ofrecían. Pero previamente, teníamos que pasar por la Venta Julián en El Bosque.

Tomamos la carretera a Grazalema y en esta, se nos quedó el coche de Raquel porque iba a repostar en la gasolinera del inicio al pueblo. Se trataba de hacer menos kilómetros de los hechos, cogiendo por el Puerto del Boyar y Benamahoma en dirección a El Bosque. Al paso por el “Descansadero” pudimos observar la cantidad de gente que los domingos usan del campo. ¡Ahí es nada! Y por una pura curva llegamos a la Venta Julián. En ella pedimos las cervezas y los refrescos de rigor. Eloy, tan simpático como siempre, nos hizo partícipes del cambio que piensa dar a la Venta y nos invitó a todos a la cerveza que habíamos solicitado. Gran muchacho este Eloy.

Y llevando yo a Felisa y Pepe y Charo montándose con Raquel, para no perder tiempo, dimos por acabado el día, llegando a Jerez sobre las seis.

¡Qué magnífico día echamos fuera! ¡Aunque fuera domingo!

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