Posteado por: Antonio | 3 junio 2015

EL ALGARVE. Primer día.29 de Mayo de 2015. EL CRONISTA.

CRONICA ORIGINAL CON FOTOS . PICAR ENCIMA —>>>>->             El Algarve

Total gastos……………………………………. 190 Euros

 Incluye: Comidas, cervezas, entradas, paseo en barca, gasóleo…Y compra de un mantel en Vila Real.

 

 El Viaje

Cómo surgió:

Habíamos estado juntando todo el año con el dinero de las partidas para ir al Algarve portugués. Primero fue una cena pero después a alguien se le ocurrió que con el dinero recaudado podíamos ir a una parte a pasar un fin de semana y a Carmina, que ya conocía el paño, pusimos en el compromiso de ir todos a Lagos, a unas casas en las que ella había estado alguna vez.  Con ayuda de Raquel se hizo la faena. Pongo en antecedentes a los lectores, para que vean cómo surgió todo, de manera espontánea, el ir al Algarve y el sitio, aunque fuera conocido por toda la panda, o por la mayoría, nos pareció bien para la fecha indicada. Y ahora narraré el viaje o al menos mi viaje, porque el don de la ubicuidad aún no lo tengo conseguido.

Hechos los repartos de coche y de casas a nosotros, a mi esposa y a mí, nos tocó ir con Cecilio, subiría también a Felisa para que nos acompañara.

Hechos los repartos de coche y de casas a nosotros, a mi esposa y a mí, nos tocó ir con Cecilio, subiría también a Felisa para que nos acompañara.abíamos estado juntando todo el año con el dinero de las partidas para ir al Algarve portugués. Primero fue una cena pero después a alguien se le ocurrió que con el dinero recaudado podíamos ir a una parte a pasar un fin de semana y a Carmina, que ya conocía el paño, pusimos en el compromiso de ir todos a Lagos, a unas casas en las que ella había estado alguna vez.  Con ayuda de Raquel se hizo la faena. Pongo en antecedentes a los lectores, para que vean cómo surgió todo, de manera espontánea, el ir al Algarve y el sitio, aunque fuera conocido por toda la panda, o por la mayoría, nos pareció bien para la fecha indicada. Y ahora narraré el viaje o al menos mi viaje, porque el don de la ubicuidad aún no lo tengo conseguido.

El viaje en sí:

A las ocho menos veinte habíamos quedado en casa, Cinco minutos más tarde, recogeríamos a Feli, que nos esperaría, en la parada del autobús, como hace siempre,  para a las ocho salir desde Ifeca. Todo controlado, como a la panda moruguil le gusta.

Pero he aquí que Cecilio, bien sea porque el sueño no le rindió bien porque le dio la realísima gana se adelantó y a mi casa llegó a las siete y media. Felisa esperaba también en el lugar que se la había citado, y unos minutos antes que el resto de la sesión, llegamos a la consabida parada y lugar de encuentro y salida. Pero esperamos poco, porque ya todos sabemos que si una virtud tiene (y tiene muchas) esta panda, la puntualidad es encomiable. Así pues hubimos de esperar muy poco para que todos estuvieran prestos a salir.

Nos reunimos en Ifeca los coches que iríamos al viaje y que sería en número de cuatro, con  los conductores atados a su volante y que serían los que a continuación nombro, poniendo en primer lugar al conductor: Coche primero, y señuelo, formado por Juan Bautista, su esposa Carmen Gómez, Rafael Escuer y su esposa Carmina. Coche segundo (o tercero, en ocasiones), Santiago y su esposa Dulce, Adolfo y su esposa, Marisol. Coche tercero, Julio y cónyuge Mª José, Pepe con su esposa Charo y la “Molinerica”, Rosa. En el cuarto, los ya citados Cecilio e Isabel, Felisa, mi esposa Casti y yo. Después, al anochecer casi, se nos uniría Elías con su esposa Carmen Casanova y Raquel.  Veintiuno si mis cálculos no fallan, y cinco coches.

Salimos los cuatro coches (ya dije que Elías se incorporó más tarde) con buenas ganas y buen ambiente a las ocho desde el lugar citado. Juan, como responsable que era y Jefe de Grupo, porque al haber estado tanto en tierras lusas se las sabía mejor    que todos los demás, nos repartió un plan de viaje a los copilotos donde nos decía las playas a visitar, los sitios a comer y los kilómetros a recorrer. Un plan bien hecho, sí señor.

Y salimos a las ocho para llegar a desayunar entre Pilas y Carrión, en el lugar conocido por mí en un viaje anterior, a las 9:30. “La pequeña Alhambra” se llama el lugar y se está maravillosamente. Nada más llegar, Sonia, hija de Julio y María José, nos puso un mensaje por teléfonos deseándonos un buen fin de semana y diciéndonos, “que cuando ella tuviera nuestra edad le gustaría tener una pandilla como la nuestra”. Esta Sonia, tan detallista como su padre, tiene la virtud de emocionarme.

Hecho todo (desayunados y desaguados) seguimos nuestro viaje a Portugal, llegando al país vecino a las once de la mañana. No cambié mi reloj de hora sino que las horas referentes las pongo según España. (Quien esté interesado, solo tiene que restar una hora).

En la frontera había una cantidad inusitada de policías portugueses, tanto a la salida como a la entrada. Buscaban drogas, o al menos eso intuí, porque tratándose de perros oliendo los equipajes y los coches allí parados e investigados, me daba en la narizota que sería así.  ¿Y qué hacíamos nosotros allí?…. ¡Pues esperar a Juan Bautista que había llenado su depósito en Ayamonte! Hice mis necesidades menores  mientras esperaba (lo siento, Carmina, allí no había cuarto de baño y no pude lavarme las manos…. ¡Y aunque lo hubiera habido, mía qué leches!)

Puestos de acuerdo los chóferes, cuando Juan se incorporó, nos largamos hasta Vila Real de Santo Antonio para en el restaurante “Naval do Guadiana”, en la misma orilla del río que le da nombre, reservar mesa y hora para el domingo a la vuelta. El restaurante era un viejo conocido de Adolfo, que se pega, de vez en cuando, una escapadita por esas tierras a darse un homenaje.

Realizada la faena, volvimos grupas a la autopista buscando la iglesita de San Lorenzo en Almancil, en la salida número 13, en dirección contraria a Loule. Dejando la autopista, perdimos rumbo y sendero. Cecilio me lo iba narrando: “Esta gente va perdida”. “Colócate en cabeza y que te sigan a ti” – dije yo. ¡Ay, si llegó a pensar en lo que más tarde me pasaría a mí!… Pero no adelantemos acontecimientos y sigamos el relato.

Llegamos y paramos en la Iglesia de San Lorenzo. Es una pasada la pequeña iglesia. Está toda forrada en su interior de azulejo azul, el típico portugués y un altar muy barroco la preside. Consta de ocho paneles con la vida del santo que da nombre a la ermita y las pechinas, las lunetas y la cúpula son todas de azulejo. No se ve de mampostería ni un solo rincón. Tan sólo el altar, de madera forrada en oro, da un respiro a la vista. El barroco triunfa en él. Preciosa la capillita y lindo el lugar. Me gustó bastante (aunque no lo parezca). A la salida, el reloj daba las doce, hora local, y el carillón tocaba aquello del “13 de mayo la Virgen María, etc.” La Virgen de Fátima es una cosa muy seria en Portugal.

Salimos pitando de allí para comer en Albufeira a la que llegamos a las 2 menos 10 (insisto en que todos los tiempos los daré en hora española) y dimos unas vueltas de más. En cabeza iba Cecilio y los demás le seguían. Él había puesto su “tontón” en la calle “25 de Abril” de Albufeira. Pero calles con esa nominación en Portugal son todas y nos colocó en la “25 de Abril” de otro lugar… Solución: a tomar viento el “tontón” y a buscar Albufeira y sus playas y sus calles, por el método antiguo. Bajando por una cuesta dimos con un aparcamiento disuasorio. Estaba vacío totalmente, pero más abajo, a la sombra de unos árboles, dejamos los coches y nos dimos a conocer el pueblo que ya antes lo habíamos hecho con los coches.

Una vez aparcados, anduvimos un rato y nos sentamos en un lugar junto a la playa, en el que se estaba mejor que bien, para refrescar una cerveza y unos refrescos. Salimos de allí y nos fuimos a conocer el pueblo y sus playas. Muy bonita la ciudad…

Cuando nos hartamos de dar vueltas y la ciudad estaba más que vista, decidimos volver… ¡Y ahí ocurrió todo!

Juan Bautista e Isabel iban en cabeza en animada charla y yo, como siempre, para llegar antes que ellos, me fui por una calleja a la derecha por la que creía que habíamos venido, porque se parecen todas, pero ya, ya… Esa no tenía pintas de haberla pasado nosotros. Entre otras cosas porque tenía escalones y la que habíamos traído no los tenía. De cualquier forma, y aún a sabiendas de que por allí no habíamos venido, yo, en mi tozudez me dije, que sería simple, volvería a mano izquierda y ya estaba. Pero a mano izquierda no daba ninguna calle. Bajé y bajé y me fui hacia la derecha. ¡Qué tontería! Yo, que pensaba dar un golpe llegando antes que ellos, no llegaría antes que ellos, sino mucho después. Bueno, una bagatela. Pregunté a uno que me lo explicó muy bien porque sabía español. “Tome usted, por la izquierda y después a la derecha. Doble usted de nuevo a la izquierda y aparecerá el parquin”. Sí, sí… ¡Pero cubierto! Volví sobre mis pasos y cuando me di cuenta estaba… ¡Estaba en la playa, de nuevo! Subí por una escalera mecánica y en una calle que había por la zona, en un bar pregunté a otra chica, pero era inglesa y no nos entendimos. Un señor alemán que vi, me sirvió para practicar su idioma, pero nada más, porque el tipo estaba de vacaciones allí. Pregunté a otro señor, brasileño, que no tenía ni remotísima idea. Menos que yo, que ya es decir. Comencé a preocuparme. La gente estaría preocupada por mi tardanza y me bloqueé. A una señora pregunté por una iglesia. La señora me mandó a una iglesia, que estaba lejos, pero que no era esa. Y a unas chicas, de las cuales una sabía un rudimentario español, también pregunté y me dio detalles. Había de ir a la carretera por la que habíamos entrado. Comencé a subir la cuesta y a mitad de camino me volví y la abandoné, porque esa no me llevaba a ninguna parte. Bajé y di de nuevo con el aparcamiento cubierto. Una calle recién asfaltada y con árboles creía yo que sería la que dimos en llegar, pero eso me confundió del todo. No había dudas: me había perdido como un niño. ¡Y eso de que yo presumo de mi sentido de la orientación y de mi mundología! Volví a subir y a bajar las cuestas de la ciudad. ¡Maldita sea! ¡Nunca he visto tantas cuestas! Y a la derecha me marcaba “Centro de ciudad”…Pero era una tontera seguirlo porque me colaría en otra ciudad y ya no estaban mis piernas para alegrías… ¡Ni para penas, tampoco! Pero vamos a ver: si yo tomo la carretera principal, el parquin me lo indicarán, ¿no? Pues no. Seguí andando en todo el contorno y a buscar un taxi o hacer auto-stop se dijo. Pero los taxis iban llenos y nadie me hacía caso en mi auto-stop y además… ¿qué iba a decir yo? ¿Que me llevaran adónde? ¿Que estaba perdido? ¿Qué?… El reloj iba marchando en su impasible caminar y yo harto de andar, de subir y de bajar. ¡Ya está! Aunque no me guste hacerlo, tengo que volver al centro de la ciudad y tomar por sitios ya conocidos. Volver adonde nos habíamos separado. Subí una tremenda cuesta que me alejaba del centro. No importaba, por ahí, aunque me cuesten dos o tres horas… Pero la gente estará muy preocupada con mi tardanza y sabe Dios lo que pensarán. Mejor preguntaré a otro hombre por el camino del Centro y este me indicará. Me dijo: “Baje usted la rotonda y en la segunda rotonda gire a la derecha. Por allí se va al centro mejor que por aquí porque este es bien lejos”. En portugués. Menos mal que nos entendemos que si llega a ser en noruego o en finés… Todos estarán preocupados por mi tardanza, pero mi esposa más que ninguno. ¡Maldita sea la hora en que abandoné el grupo por dar una lección! ¡Seguro que mi esposa estará muy nerviosa y que los otros andarán buscándome! Bajé  siguiendo la señal de aquel buen samaritano y en la siguiente rotonda a unos metros de la carretera principal… ¡Oh, gracias sean dadas al Altísimo! Apareció la señal de aparcamiento y se me iluminó todo. Al principio no lo creí porque había visto un montón de señales como esa, pero cuando vi y reconocí el parquin todas las luces se me encendieron… ¡Al fin! La boca seca, con ganas de beber y no de comer. Había pasado las cerca de dos horas más largas de mi vida y dije nada más llegar: “No decidme nada. No me riñáis ni me digáis nada. Sólo quiero beber agua.” Mi mujer me dijo que todos habían estado buscándome por ahí y que Juan Bautista, Mari Carmen Gómez, Carmina…, todos sin excepción, me habían buscado por todos los sitios y que Juan había llegado hasta dar parte de mi desaparición a la policía… ¡Qué vergüenza! Un niño de casi 70 años… ¡Todo lo que me dijeran me estaba bien empleado! ¡Por imbécil! Sin embargo la gente no me dijo nada y respetó mi postura y mis sentimientos. No me perderé nunca más. Después la anécdota dio mucho juego, pero el tiempo que me perdí y la angustia que pasaron por mí, no tiene precio.

Carmina se subió al coche con nosotros (quiero decir con Cecilio) porque era la única que sabía dónde estaba el “Boavista Record” y llegando a Lagos nos metimos por la salida-entrada este y fui anotando todos los hitos que pude para pasárselos a Elías y que él no tuviera pérdida alguna. Con una – la mía – ya habíamos tenido bastante en la jornada. El camino del este, estaba nada más que regular, pero en fin, seguíamos a las órdenes del “tontón” de Juan Bautista y aquí paz y después gloria. Quiero decir, que no iba a rechistar y yo, menos que nadie. Atravesamos Lagos y  antes de que cante un gallo, nos colocamos en las puertas de la ciudad de vacaciones. Preciosa, pero ya la describiré porque Cecilio quería seguir por otra entrada al centro vacacional y ahora se trataba de descubrir para Elías una entrada nueva al emporio de vacaciones.

Tras muchas discusiones, Cecilio y yo, tomando el coche del primero, fuimos a buscar la autopista para aclarar a Elías por dónde habría de entrar y no era ni más ni menos que la salida a Lagos por la segunda entrada y tomar la carretera de la Vila do Bispo, después de dejar atrás dos rotondas. La cosa estaba más clara que clara. Dimos nuestra vueltecita y saliendo por la primera entrada de Lagos-Odiaxere y volviendo a entrar en la autopista salimos de nuevo a Lagos. Ya estaba más que claro para comunicárselo a Elías.

Llegamos y nos esperaban para dar nuestros carnés. Así lo hicimos y fuimos a tomar posesión de nuestros aposentos.

El Boavista Record es un sitio magnífico, como lugar de vacaciones, con campos de golf, pistas de tenis, piscinas, sauna, chalés de ricos y casas para alquilar, también de ricos pero que nosotros por alquilar tres casas en temporada baja nos respetaron el precio. ¡Qué lujo de casas! En una casa se quedaron  tres parejas, en otra cuatro parejas y en otra dos parejas y las tres “niñas”. En esta última me quedé yo. Las niñas durmieron abajo y en los dormitorios de arriba dormimos Cecilio e Isabel y Casti y yo. En cada habitación teníamos un cuarto de baño. La cocina con todos sus enseres (desde el lavavajillas hasta la cafetera, pasando por el frigorífico y el micro-ondas) y un enorme salón que lo convertimos en comedor de los 21 que allá nos reunimos. Genial. Con todos los enseres que puedas imaginarte.

Sólo llegar a ellas y hacer el reparto de habitaciones, Juan Bautista se fue a una de las piscinas que la teníamos enfrente de casa. Inmediatamente le seguimos Cecilio y yo para bañarnos. Rosa, mi esposa y no recuerdo quién más hicieron acto de presencia pero al final, los tres nos quedamos solos para bañarnos. La ducha – de principio y de final – estaba fría como un demonio pero el agua de la piscina estaba calentita. O quizás era el contraste del agua fría de la ducha y el agua de la piscina. Sea como fuere, salimos nuevos de allí. ¡Qué gloria!

Arreglados, frescos y citados nos fuimos los de los cuatro coches a Punta Piedade, que la vez anterior me lo había perdido pese a la insistencia de Cecilio para que no dejara de visitarla. Lo que ocurre es que no se puede abarcar todo de una vez y la vez anterior – el año pasado, sin ir más lejos – cuando llegamos a Lagos era por la tarde y en tanto visitamos la ciudad, que yo creía y lo mantengo, prioritaria, se nos hizo tarde y ya no fuimos a la Punta Piedade, a pesar de todo. Para otra vez – y he aquí el caso – la visitaría. Pero he de decir, en honor a la verdad, que Cecilio llevaba razón. ¡Qué cosa más bonita! O todos les aconsejaré que la vean, que merece la pena visitarla.

El malvado de Cecilio a cada escalón que bajaba por la eterna escalera o cuando por allá iba, me lo reprochaba… ¿Y yo qué te dije a ti? – me repetía una y otra vez. Imaginaos unos farallones y unas cuevas horadadas por el oleaje. Las mareas y el tiempo han hecho de ellas unas formaciones caprichosas. Y bajé y bajé, acompañado de Santiago. Fui el cachondeo de la gente, diciendo si me había perdido y aconsejando en broma a mi mujer que no me dejara suelto, que me perdería por allí. Bajamos a un lugar, casi a pie de mar, donde un chico, bajo una sombrilla, hacía su trabajo que no era otro que el de alistar gente para dar un paseo entre las rocas, en barcas. Debía ser precioso. Con él entablamos conversación y nos dijo que este año habían subido las olas tres metros largos y que lo normal eran los dos metros… Cuando uno lo piensa… ¡Y había que subir! Ya dice un dicho que “todo lo que se baja, se sube” y a pesar de tomarlo con calma, terminamos molidos de subir. Pero había más y anduvimos por el pretil de los acantilados. ¡Cosa más bonita! Está claro, que aconsejaré a todo el que se acerque al Algarve que se dé un paseo por allá. Lo mismo que me aconsejó el Cecilico a mí y que yo desoí. Menos mal que he vuelto pronto que si no…

Nos tomamos una cerveza en un bar de allá y echamos las cuentas para recoger a Elías que estaba próximo a llegar con Carmen y Raquel. Al principio iba a ir yo, acompañando a Cecilio, pero después no sé lo que pasó que fueron Adolfo, Santiago y sus féminas. Los demás volvimos a Lagos.

Los tres coches, el de Cecilio, el de Julio y el de Juan, dieron unas vueltecitas de más para finalizar aparcando en el castillo. De allí, nos apeamos y atado por mi esposa, en plan de cachondeo, bajamos a la ciudad.

En la plaza Camoens – el poeta nacional –  mientras un hombre cantaba y tocaba su guitarra, las mujeres se fueron a ver tiendas y los hombres, al menos Escuer y yo (no sé si otro), anduvimos por una licorería  de por aquellos andurriales.

Nos sentamos a la orilla de la Plaza Gil Eanes y a los pies de un monumento muy feo –feísimo – parecido a un ninot y no recuerdo a qué rey está dedicado, me senté mientras los demás andaban de compras o mirando a las que compraban y allí sentado esperamos a Elías, Carmen y Raquel. Una vieja puta apareció por allí mostrando además de sus nalgas ajadas una moneda de cinco céntimos. La puta roñosa daba vueltas alrededor y se hizo ver de todos.

Llegaron Elías, su esposa Carmen y Raquel. Le dimos las novedades y departimos con ellos. Naturalmente se les contó la anécdota del día que no era ni más ni menos que mi pérdida en Albufeira. Compramos unas pizzas y nos fuimos más antes que después a cenar a casa. El día había cundido mucho y andábamos cansadillos quien más y quien menos.

Subimos la cuesta del castillo y tomamos los coches de nuevo para esta vez irnos a recoger a Boavista. Elías y Adolfo lo harían desde otro aparcamiento.

Preparamos la casa – mi casa en el salón – para comer los 21 miembros que formábamos la partida. Comimos con gran contento y contábamos las cosas ocurridas en el día, imponiéndose como tema principal la Punta Piedade y su belleza y mi pérdida. Dulce no cenó porque se sentía mal.

Y colorín colorado, con cerveza y aderezos de comer este cuento se ha acabado (en su primer día, claro está).

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Responses

  1. INCREIBLE. ESTAMOS EN LA ERA DE INTERNET, DE LOS MÓVILES Y ALGUNO SE MUEVE SIN DICHO APARATO.
    ¿DE QUÉ CORTIJO HA SALIDO???
    ¿¿¿ALGUIEN QUE SE PIERDE EN ALBUFEIRA, DOMINANDO VARIOS IDIOMAS, TRAS HABER ATRAVESADO EUROPA DESDE ALEMANIA A TREBUJENA???
    JODER, SI ALGUNO HACE JEREZ-TREBUJENA POR SANLÚCAR SE ESCANDALIZAN!
    ESTA GENTE NO TIENE ARREGLO. MORUGOS TENIAN QUE SER.
    PERO, EN FIN, ¿DÓNDE VA UNO A ESTAR PEOR QUE CON ELLOS???
    EN EL FONDO LOS QUIERO…
    LOS QUIERO LEJOS! Y SE FUERON….. A PORTUGAL. AL PIE DE LA LETRA.
    El Juglar.


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