Posteado por: Antonio | 4 junio 2015

EXCURSIÓN AL ALGARVE. 2º DIA. 30 de mayo de 2015. El Cronista.

CRÓNICA ORIGINAL CON FOTOS (pinchar aquí)  —>>> El Algarve-2

 Me levanté, como suelo, muy de mañana. A las siete y cuarto (una hora menos en Canarias y… ¡en Portugal!) me puse a pasear. Cecilio esta vez me tomó la vez y salió antes que yo lo hiciera. Isabel andaba trasteando en la cocina y en la casa vecina también se veía movimiento. Isabel preparaba el desayuno de todos, de las tres niñas y de los matrimonios Lorente y Caro. Yo llevé la basura a los contenedores, separando, como buen ciudadano, los vidrios, los cartones y los restos orgánicos. La cafetera la puse en andas y… ¡horror! El café que nos debía servir, se salió todo porque faltaba el filtro de colación. ¡Que no cunda el pánico! En la casa vecina, Carmina me ayudó y me dio el filtro porque ellos tenían. Más tarde, hice café en su cafetera y me serví de él. Y tras el desayuno, habíamos quedado a las nueve (hora portuguesa) para salir a conocer las playas de la zona vicentina. ¡Qué pasada de playas!

Subidos en los coches, esta vez Rosa se vino con nosotros y Felisa y Raquel, acompañaron a Elías y Carmen. Ya estábamos los 21 repartidos en los cinco coches. ¡A rodar se ha dicho!

Nuestro destino era Aljezur y para ello tomamos una carretera llena de curvas y con piso malo. Sería la tónica del día. Las autopistas se perdieron y conforme íbamos al norte y luego barriendo hacia el sur abandonamos las buenas carreteras para meternos en unas que no las quiere ni su padre. Por la carretera, los impacientes de siempre (que también en Portugal los hay. Y muchos) nos adelantaban. ¿Adónde va la gente con esa prisa? Pasamos Aljezur buscando la costa para después tomar un cafelito y subir a su castillo. Llegamos a la playa de Amoreira. Me quedé con la boca abierta. Nunca vi playa tan bonita, aunque a decir verdad, no sabría decirlo con exactitud pues todas las playas que visitamos ese día eran a cual más bonita y si una me lo parecía, llegaba otra y se colaba en su lugar. No tengo más remedio que decir, que Juan Bautista nos enseñó lo mejor de lo mejor en playas. Que se apunte un diez. ¿Un diez? ¡No! Mejor un 20, porque lo visto por mí, por nosotros, no tiene nombre.

Hicimos bien no llevando bañador (hubo quien lo propuso) porque el agua debía estar más que fría. Fiel reflejo de lo que digo es la foto de Dulce en la playa de Amoreira.

De la playa nos fuimos a Aljezur. Por el camino nuestra conversación versó en que si ya los padres nos conocíamos qué tal quedaría si se conocieran nuestro hijos con sus descendientes. Aunque sabemos que es muy difícil, otras cosas se han hecho. Habrá que plantearlo al grupo.

Llegamos a Aljezur y dejados nuestros coches en un aparcamiento bajo la sombra de unos árboles, optamos unos por subir al castillo de la villa y otros por tomar un café que a esa hora de la mañana  sentaría muy bien.

Yo opté por subir al viejo castillo. Y cuando digo yo, me refiero a un montón de gente: el matrimonio Escuer, el matrimonio Martínez Rayas, los Ramos, los Lorente, los Caro… ¿Se me queda alguien? Pues que me perdone pero lo tengo todo en la memoria y esa suele fallar.

Los demás quedaron sentados a orilla de la ribera, en un bar muy pequeño y gracioso al lado mismo del Mercado de Abastos.

En cuanto llegamos (el cachondeo con mi pérdida de ayer continuaba) y tomamos nuestro cafelito, dimos por terminada la visita al pueblo y seguimos nuestra marcha. Esta vez en dirección a la playa de Monte Clérigo. ¿Qué dije de las playas? ¿Que eran a cuál más bonita? No… ¡Qué va! La playa de Monte Clérigo nos hizo exclamar que desde allí se veía Nueva York. ¡Qué barbaridad! ¡Qué cosa más bonita! Tan bonita como la pareja que pongo a continuación…

El mar estaba tumultuoso, bravío…No me cansaré nunca de decir que estaba bello, con una belleza salvaje e indómita. Poca gente había bañándose. Y la poca gente que había, andaba tomando el sol o practicando el “surffing”, con sus tablas y sus velas… Sólo María José practicó “otro deporte”, como fue el de perderse la noche antes, buscando el baño y queriendo entrar en la habitación de Adolfo y Marisol, que tenían cerrado con llave. ¡Qué risa cuando me lo contaron! Yo, ayer, me había perdido en Albufeira pero la “Jefa de Discordias” se había perdido en su casa. Si es que no pué sé

(El protagonista del escrito, que si no, no sale nunca)

Vista la playa, nos fuimos buscando otra. Esta vez le tocaba el turno a la Arrifana. Al paso buscando esta playa, nos llamó la atención una casa que perdida su verticalidad, estaba construida con las ventanas hacia abajo. No le pude hacer una foto porque íbamos los cinco coches. A la vuelta se la haría, ¿pero pasaríamos de vuelta por allí? ¿Qui lo sa? Y llegando a la Arrifana di un batacazo fenomenal. Parecía como si me hubiera mirado un tuerto. Ayer con mi pérdida y hoy con mi caída. El pantalón vaquero no sufrió desperfecto alguno pero mi rodilla izquierda, sí. Gracias a que llevamos en el grupo a dos enfermeras, que me curaron. Rosa, a requerimientos de Carmina, me puso un apósito, mejor dicho, dos, porque eran cortos para mi herida. ¡Un resbalón tontísimo!

Como volvimos por el mismo camino (al menos hasta llegar a un cruce) pude hacer la foto de la casa que me llamó la atención. Cecilio, a instancias mías, dijo que yo me estaba orinando y tuvo que parar. Colaba porque todos están acostumbrados a mis paradas para el efecto. Y burla burlando llegamos a Carrapateira. Paramos en el restaurante “do Cabrita” y nos dispusimos a comer. ¿Pero quién pone de acuerdo a 21 y sabiendo cómo se las gasta cada cual? Mejor, uno o dos y lo que estos decidan, así se hará. Tomamos una cerveza para antes de comer y Escuer preguntó que si había inconveniente en pedir arroz. Todo el mundo dijo que sí. Pero más tarde se empezó a poner pegas. Y como la discusión iba tornando a oscuras se pidieron cinco “cataplanas”, que consisten en una caldereta de peces, mariscos y arroz, de todo tipo. Mi esposa dijo que lo de la “cataplana” era un timo porque el año anterior la tomamos en Faro, y nos estafaron porque tenía una capa de mariscos (pocos) y arroz (mucho), servidos en una sartén cerrada. Bueno: ¿Quién sabe cómo sería la de aquí? Como quiera que la comida necesita su tiempo, nos fuimos a visitar la playa de Bordeira.

Pedazo de playa. Se me acaban los adjetivos para ella. Al principio caminamos porque la suponíamos cerca pero después, viendo que Cecilio y Juan Bautista venían en coche, nos subimos en ellos para ir a visitarla.

Unos paseos de madera llevaban a unos miradores, también construidos en madera. Soplaba el viento. Dios sabe lo que hará en el Cabo San Vicente. Cuando la costa Vicentina está así, ¿cómo estará el cabo que da nombre a la costa?

Volvimos a comer y la mesa para 21 personas estaba puesta. Comeríamos “cataplana”, 21 personas. Miento. Dulce, como se encontraba mal desde la noche anterior, comió otra cosa. No sé de qué se trataba, pero era otra cosa. Vinos, cervezas, panes con su correspondientes mantequilla y paté de sardinas y queso, con sardinas (¡riquísimas!) y el buen humor reinante hicieron corta la espera larga. Por fin llegaron las “cataplanas” y comimos opíparamente. Pescado de todo tipo, almejas y gambones y abajo, un arroz hecho de muy buen hacer. Oreja y rabo para el cocinero. De postre, el que quiso café, tomó café y el que quiso otra cosa, también. No se escatimaron gastos y al final, “chupitos”. El Restaurante do Cabrita en Carrapateira quedará en nuestro recuerdo por la amabilidad del servicio y por su abundante comida.

Mejor que bien nos sentimos allí. Al menos, yo, que soy el que está escribiendo esto.

Terminada la comida nos fuimos a la playa Do Amado. ¿Para qué seguir definiéndola? Todas las playas que vimos ese día fueron espléndidas.

Cecilio en su osadía se puso al filo de lo que ninguno queríamos llegar. Unos por vértigo, otros, para no tentar a la suerte.

Y pusimos rumbo a Vila do Bispo. Llegamos a la tal villa e inmediatamente tomamos carretera a la playa de Castelejo. Juan me decía que esta sería el colofón de todo el día porque es una playa demasiado. Es una playa formada por unas rocas a su izquierda tipo castillo (a la derecha según se baja a ella) y un promontorio espectacular en la parte contraria, quedando un arenal en el centro. ¿Bonita? ¡Preciosa! Y algo guarda Juan en su recuerdo porque fue a la playa a la que bajamos. No sé si alguna más, porque estaba como niño que estrena zapatos, pero esa en especial. ¿Qué tendrá esa jodida playa para mi amigo Juan Bautista?

Y de Vila do Bispo nos fuimos a lo que sería el cabo San Vicente. Visitamos la Fortaleza de Sagres y en lontananza aparecía en todo su esplendor el Cabo. Está la fortaleza más metida en el mar que el propio Cabo y desde ella se aprecia lo que es él. Julio, ecónomo de verdad, pagó las entradas y dijo que había 21 mayores de 65 años para que le fuera más ventajosa la entrada. Lo siento por las niñas (sobre todo) porque pasaron por ser “jubiletas”. Pero, ¿con esta panda de Morugos, adónde ir?

Visitamos la Fortaleza y observé como un pescador estaba en un sitio inverosímil puesto. (“Y luego dicen que el pescado es caro”-  pintó Sorolla). En las baterías no existen cañones y tan sólo un año ha pasado para que lo hayan quitado. ¡Dios!. Pero si el enemigo era España, ¿qué más daba? Con esto de la globalización no sé adónde vamos a llegar. Continuamos nuestro paseo y unas veces con viento y otras al resguardo de él, dimos con un laberinto recién puesto allí y que según su cartela se oye rugir el mar. Para el que tenga mejores oídos que el que esto escribe.

Dimos por acabada la visita y como se hacía tarde, nos dividimos los coches. Unos iríamos al hotel en el coche de Cecilio (Isabel, Casti, Felisa y el que esto escribe), otros fueron con Elías (Carmen y Raquel), y los otros tres fueron a comprar a un supermercado. La cosa era que como los habitantes del coche de Elías no habían visto la Piedade, Cecilio se encargaría de enseñársela. Los demás (los cuatro restantes) fuimos a la casa a preparar la cena. Yo, con mi pijama puesto, me senté y en la terraza  pasé unos momentos felices y relajados.

En tanto, llegaron del supermercado los demás y con la Isabelita de capitana, arreglamos las mesas para cenar como la noche anterior habíamos hecho. Dimos tiempo a los que fueron a la Piedade y se comenzó a comer a las diez y media de la noche. (Yo había llegado a las 8 y cuarto).

Y la cena fue, como la noche anterior, espléndida. Pero esta vez con votaciones incluidas para que el año venidero se haga meriendas en vez de cenas para jugar a las cartas y así llenar las arcas escuálidas de nuestro peculio.

Me acosté, alrededor de las doce, y me dieron una serenata cantándome “Clavelitos”. Menuda tabarra aguanté estoicamente.

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