Posteado por: Antonio | 4 junio 2015

EXCURSIÓN AL ALGARVE. 31 de Mayo de 2015. El Cronista.

Crónica completa con fotos. Pinchar aquí——>>>>   El Algarve-3

A las siete y media bajé. No había nadie. Se conoce que estuvieron hasta muy tarde todos charlando y participando de esa conversación bizantina – que no vicentina – de si merienda sí o merienda no para el año que viene. Yo intervine en ella pero como no sé hablar sin ofender, mi esposa me acalló pegándome de bromas con la zapatilla en la boca. ¡Qué le vamos a hacer! ¡Soy así de burro! Pero yo estaba callado todo el tiempo y aguantaba las pamplinas de unos y otros (¿Lo ves?: sobra lo de “pamplinas”…). Y como todo llega en esta vida, llegó el último día del Fin de Semana – corto – pasado en el Algarve. ¡Qué pena de lugar y qué pena de días! ¡Con lo bien que lo estaba pasando! Pero en fin, nada es inmutable. Todo tiene principio y fin.

Me paseé por el entorno con mi cámara en ristre haciendo fotos a todo lo que se moviera. Conocí bien el Boavista Record. La luz para hacer fotos era lindísima. Y ni que decir tiene que tiré las basuras que dejaron mis compis, como ayer hice. Media hora después, volví, y estaban durmiendo todavía. Hice mi desayuno y me serví. A las diez estábamos citados, como ayer, en las puertas de la ciudad de vacaciones.

Poco a poco, se levantaron todos y desayunaron y arreglaron la casa y más antes que después, hicimos nuestras maletas y las dejamos en los coches.

En la puerta, lugar de cita, cambiamos nuestros equipajes al coche de Elías porque al ser el que vive más cercano a nosotros, el viaje de vuelta lo haríamos con él. Saqué mi equipaje y el de Felisa y nos dispusimos a pasar el mejor momento de los acaecidos – y habían sido muchos – montándonos en las barcas para mirar A Piedade desde el mar.

Estuvimos puntuales, como se espera de nosotros, en la ocasión. Juan, entre otros, fue a buscar a la chica que nos llevaría a los barcos. La chica traía dos perros (increíble, pero en Portugal tampoco vimos mierdas de perro en las calles, ¿será que vivimos en la cola del mundo?) y nos aposentó en sendas barcas contratadas. En la primera nos sentamos los matrimonios formados por Escuer, Elías, Cecilio y yo además de Raquel y Rosa y en la segunda se montaron el resto, es decir, Adolfo, Santiago, Pepe, Julio y Juan, con sus respectivas, además de Felisa. Y puestos nuestros correspondientes chalecos salvavidas, comenzamos nuestra aventura, saliendo la primera barcaza la nuestra y la segunda la otra, en el intervalo de unos segundos. Nos metimos por las playas de Doña Ana (esa que tanto interés mostró Adolfo, desde que llegó a Lagos) y fuimos viendo desde la barcaza las playas y calitas que desperdigadas nos decían adiós: la de Doña Ana, la de la Patata, la de los estudiantes, la nudista (no sé si me dejo alguna, porque ya sabe el lector que nunca llevo útiles de escribir y todo lo dejo al albur de mi memoria) y de todas decía nuestro guía su significado apelativo. Nos metíamos entre las rocas y el guía nos decía que dijéramos el nombre del parecido de las rocas con algún animal o con algún monumento (el Arco del Triunfo, por ejemplo). Increíble los parecidos e increíble la imaginación que hay que tener para poner esos nombres a esas formaciones marítimas: el elefante, los elefantes, el pájaro…Nos metíamos por los agujeros y escudriñábamos las cuevas marinas. En la costa aparecía, por ejemplo el muro de los esclavos, porque a Lagos le cabe el honor (¿dije el honor?), de ser la primera ciudad europea en que llegaron los esclavos africanos… El agua estaba limpísima y la entrada a las grutas se hacía sin solución de continuidad. ¡Qué bonito y qué interesante estaba resultando el viajecito! Hasta mi esposa, que es de las que tiene pavor y siente mareos nada más subirse a un barco, iba tan entusiasmada, que olvidó sus pesares. A eso le digo yo “sugestión”. Unos pescadores andaban pescando por esas rocas de Dios y su sedal se enredó en una de las presentes.

Y llegó el colofón. Como el día estaba espléndido y el mar en calma, al barquero se le ocurrió que los delfines debían andar por allí sueltos y, sin permiso de nadie, enfiló hacia alta mar. ¡Qué cosa más bonita ver a los delfines saltar junto a nosotros! Las cámaras echaban humo intentando lograr el momento en que apareciera tan simpático pez en la superficie. Yo no logré hacer ni una foto de ninguno. Y eso que mi cámara echaba humo después de tanta belleza visitable.

Volvimos de tan mágico paseo a la hora y unos minutos de haber salido. Nunca una hora fue tan corta. Pero en fin, siempre no vamos a ir en el barco a motor. Nos despedimos del muchacho y sonó una ovación para él, por lo bien que nos había tratado, por lo que habíamos aprendido y lo que habíamos visto y por la escena de los delfines. Impagable. Todo, y sobre todo los delfines, impagable.

Encaminamos nuestros pasos hacia el lugar del café. Mi esposa y yo aceleramos la marcha porque nos estábamos orinando. En lugar de entrar en un sitio grande nos metimos en “Ambiance Café”, un lugar bastante cutrecillo y en el que a duras penas cabíamos. Entramos mi esposa y yo. Mi esposa me cedió el sitio porque sabe que yo soy de los que no aguanto. Dentro me di cuenta que pudo haber entrado también porque era indistintamente para hombres y para mujeres.

Terminada la faena pedimos un café. Allí andaban todos tomando café, té o refresco ligados con un dulce típico de la zona y que ya ayer se había pedido en el bar donde estuvimos en Aljezur. Y Adolfo, limpiando las gafas, rompió uno de los cristales. Menos mal que tenía otras de repuesto en el coche…

Cuando hubimos tomado el café de media mañana vimos que sería bueno acercarnos a Vila Real de Santo Antonio. Para ello, Cecilio y Julio que no habían repostado lo harían en Lagos mientras los demás, caminarían abriendo brecha. Con eso las mujeres hacían la compra en Vila Real mientras nos aguardaban a nosotros y a la comida. Así se hizo.

Cuando Cecilio y Julio repostaron se fueron buscando la autopista saliendo por donde habíamos previsto, o sea la segunda salida o la más al oeste, la que da al Boavista y la carretera de Vila do Bispo. Salimos y el viaje por autopista fue aburrido sin más. ¿Hay alguien que me diga que el viaje por autopista o por autovía pueda ser divertido?

Llegamos y los demás acababan de hacerlo también. Las mujeres nos habían adelantado y las féminas de los dos coches nuestros se bajaron en la calle peatonal para buscar a las otras. Nosotros en tanto fuimos a aparcar al lado mismo del restaurante.

Una vez hecho esto, el aparcamiento, nos dirigimos a tomar la cerveza que nos habíamos ganado. Rica. Con el calor que hacía en el pueblo, ya, ya. Salimos del bar y retraté la plaza central de la ciudad y me fui a hacer fotos al Marqués de Pombal y a la alegoría

del río Guadiana. En tanto, llegó Mª Carmen, la hija de Juan Bautista, que trabaja en Huelva y que nos acompañó comiendo en el sitio reservado el viernes cuando llegamos.

Un montón de cosas habían comprado las mujeres. No se las puede dejar solas. Y de la calle, nos fuimos acercándonos al restaurante “Naval de Guadiana”. ¡Qué calor!

El restaurante estaba concertado a la una y media pero no sé quién se empeñó en que fuese a las dos. Es igual. Pero el hambre comenzaba a hacer su efecto. Y comimos, ¡vaya si comimos! Es de reseñar que las horas portuguesas nada o poco tienen que ver con las españolas. Las dos de allí son las tres de aquí. Yo no sé qué comerían los demás, pero yo me zampé un gazpacho – somos hermanos en ese sentido – que estaba pasable nada más, pero fresco y por eso lo pedí, y una lubina a la brasa. De postre y para variar, me pedí un café. Mi esposa, como es de poco comer, pidió un bacalao a la plancha (ella dijo que el bacalao que comió en Cádiz estaba bastante mejor) y de postre, asesorada por Charo y para compartir con ella, pidió un “molotov”. Yo no sé a los demás pero a mí me supo a gloria la comida.

El servicio dejaba algo más que desear. Era como el de la cafetería de Lagos, para hombres y mujeres. Y estaba mal. Quizás nos acercábamos a España. De todas formas, descubrí a la entrada del restaurante uno para hombres y otro para mujeres que estaban mejor. Al menos el aseo de hombres, que fue el que conocí.

Llegando la hora de irse, a las cinco de la tarde, nos fuimos con viento fresco, Elías esta vez cambiaría de pasajeros y Felisa y nosotros nos vinimos con él. Nos despedimos de la hija de Juan y Carmen Gómez – ¡linda chica! – y los demás, como son más cumplidos que yo se despidieron de todos.

Carretera y monotonía. A llegar a Sevilla, retención, porque unas muchachas habían pinchado. Llegué a casa a las siete y media.

Pero aquí no acaba la historia. A las diez y media, leo en el “wasap” que Santiago y Dulce, Adolfo y Marisol, habían tenido un percance y no habían llegado a casa hasta esa hora en que los llamé.

Lo dicho, “nos había mirado un tuerto”, pero salvo esas cosillas… ¡Qué bien lo pasamos! ¡Como para repetir!

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Responses

  1. Los hay que buscan la forma de meterse con el pobre Rafalito. Unos dicen que se perdió. Pues no –> “BUSCÓ RUTA PROPIA”.

    Otros que si resbaló torpemente, no! Fue simplemente un acto de QUERENCIA, “BESÓ” dulcemente y con cariño el suelo.

    Y para colmo los hay que dicen algo de los delfines. Quizá sea que el sabio señala la luna el necio se fija en el dedo. Vamos para meter el dedo en el ojo!
    Cito:
    “¡Qué cosa más bonita ver a los DELFINES saltar junto a nosotros! intentando lograr el momento en que apareciera tan simpático PEZ en la superficie”. Antes eran “cetáceos”. Pero los tiempos cambian. No seré yo quien venga a enturbiar tu trabajo. No me saques los ojos que pretendo ayudarte.
    No lo firmo para evitar futuras venganzas.


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