Posteado por: Antonio | 26 junio 2015

SUBIDA AL ALJIBE POR LA SAUCEDA. RUTA DEL POLEO. Sábado 13 de Junio-15

SUBIDA AL ALJIBE POR LA SAUCEDA. RUTA DEL POLEO.
Hoy sábado 13 de Junio, festividad de San Antonio, nos damos cita en ifeca seis componentes de los morugos: Charo, Pepe, María José, Julio, Isabel y Cecilio.
Se presenta un día fresquito y por eso aprovechamos para poner fin a la temporada senderista con una preciosa excursión a la Sierra: subir al Aljibe desde la Sauceda, subida que no realizamos por este lado desde hace doce años.
Después de desayunar en la Venta Durán de San José del Valle, llegamos a La Sauceda a las diez y media. Nos cambiamos de calzado y, pertrechados con bastones y mochilas, iniciamos la ruta por uno de los bosques más bellos de la provincia. Grandes quejigos jalonan el sendero que atraviesa torrentes por los que discurren algunos veneros de agua cantarina, que trata de abrirse paso entre piedras y grandes rocas aterciopeladas de musgo. Algún puentecillo de madera y el arroyo Pasadallana, que atraviesa La Sauceda bajando desde el Aljibe, a nuestra derecha.
Unos veinte minutos después de haber salido, llegamos a las primeras casas del remozado poblado. Aparecen cerradas pero muy reformadas y en buen estado a la espera de ocupantes. Cruzamos el puente de madera y accedemos a la plaza, hacemos algunas fotos a los restos de la ermita y tomamos la vereda que nos lleva por el canuto hacia la cumbre.
Ahora el bosque de alcornoques aparece tapizado de helechos. La luz se cuela entre los retorcidos troncos y ramas y una sinfonía de luces y sombras inunda el maravilloso bosque. El arroyo aparece ahora cubierto de rododendros ya sin flores y multitud de plantas, entre las que llaman la atención de Charo el rusco y sobre todo el poleo – pregunta si pasaremos por allí a la vuelta -, a lo que contesto que sí que hoy no “inventaremos” ninguna ruta alternativa (lo que en lenguaje del grupo Palo Corto llamamos hacer “un Pepe Pérez”, por la desconfianza que inspiramos al bueno de Pepe cuando salimos e inventamos una ruta nueva de regreso).
Pasamos al pie de una gran roca coronada de alcornoques que hunden sus raíces en ella, luego un bello rincón que suele aparecer en las fotos de los grupos senderistas con una bonita cascada – hoy sin un solo hilillo de agua -, y la senda se empina de repente. La cuesta es importante, pero las paradas para admirar el hermoso entorno que nos rodea la hacen más llevadera. Enormes quejigos y alcornoques cobijan un mar de helechos y no podemos evitar la comparación con la subida al Aljibe desde el aula del Picacho; ésta nos parece mucho más hermosa.
Una hora y cuarto después de comenzar nuestra ruta llegamos al carril de la Sauceda, junto a un depósito de agua de cemento donde hacemos una breve parada. Luego seguimos el carril durante unos cuatrocientos metros y aparece un cartel que nos indica el sendero para subir al Aljibe. Lo tomamos e iniciamos otra dura ascensión que se ve dulcificada de nuevo por la belleza de la ruta y por la singularidad de algunos ejemplares de quejigos. En uno de ellos se inmortaliza Pepe, metiéndose entre sus oquedades y revistiéndose con tan natural y compacto tejido.
Las galerías se hacen densas y la bien marcada senda no deja de mostrarnos oscuros rincones en los que la luz penetra con dificultad. El suelo alfombrado de viejas hojas caídas con un color marrón parduzco, pone el contrapunto al verdor que nos rodea.
El cansancio comienza a hacer mella y las dos horas y media que llevamos caminando nos invitan a una parada para reponer fuerzas. Así lo hacemos, el consabido rengue juliano (esta vez sin frutos secos por un imperdonable olvido del ecónomo), con el rico vinito y ricas viandas, nos viene de maravilla.
Desde el lugar en el que estamos ya se ve el Peñón de Buitre y a lo lejos Casares, el bosque empieza a clarear y la cuesta se dirige de forma más directa hacia la cima. Un grupo de senderista baja y trata de gastarnos una broma diciéndonos que nos quedan cinco kilómetros. Charo se lo cree y cuesta trabajo convencerla de que en media hora va a llegar al pico. Le parece una broma pesada y si el grupo no se hubiera alejado ya seguro que les echa la bronca.
En efecto en muy poco tiempo llegamos a la zona descampada desde la que vemos Gibraltar y todas las Sierras de Grazalema, Ronda y Sierra Bermeja. Luego unos cientos de metros más y alcanzamos el punto geodésico desde el que “vemos” toda la provincia, con el Pantano de Barbate y Alcalá de los Gazules a nuestros pies. Más lejos toda la Campiña y los pantanos de Guadalcacín y Bornos.
Desde la cima felicitamos a Antonio – a la vez que le dábamos envidia – y tomamos unas fotos. Permanecemos allí poco tiempo porque el aire venía bastante fresquito, nos encaminamos hacia las rocas que guardan la Pilita de la Reina. Sólo Julio y yo nos asomamos a ver esta tumba antropomorfa, que estaba medio llena de agua por la lluvia del día anterior.
Eran las dos de la tarde cuando iniciamos el regreso, ahora el andar se hace más ligero. Charo sigue viendo cada vez más poleo, lo reconoce al vuelo. La bajada se hace más acusada y el paso se ralentiza. En poco tiempo hemos llegado de nuevo a un punto en el que la vereda se bifurca y nos ofrece dos opciones: o bien bajar una pronunciada cuesta hasta el cartel anunciador de la vereda en el carril de la Sauceda, o seguir la vereda en dirección al carril de forma más horizontal alejándonos de ese punto.
Optamos por la segunda y por llegarnos a la Laguna del Moral, es decir hacer “un Pepe Pérez”. Seguimos la vereda y un poco más allá hacemos la segunda parada para comer, son las tres y calculo que todavía nos quedan más de dos horas por esta ruta – media o tres cuartos más que por la otra-.
Después de comer retomamos la senda y en poco tiempo desembocamos en el carril. Ascendemos por él un tramo y coronamos el puerto. Desde él vemos los coches allá lejos, muy muy abajo. Ahora el paso es muy vivo, pero el carril no hace más que alejarse en dirección opuesta a la que debiera, eso sí vamos cuesta abajo.
Cuando por fin el carril gira bruscamente y toma la dirección adecuada, nos sentimos aliviados. No tardamos en llegar a la Laguna del Moral. Hay allí una familia disfrutando del lugar. Tiene poco agua, su tamaño es muy pequeño, pero la belleza del lugar es indiscutible.
Retomamos el carril y nos dirigimos hacia la casa del guarda de la Sauceda, todavía nos falta un buen trecho. Las vacas y los toros nos miran con recelo, nosotros también a ellas, están bastante agrupadas y cuando las pasamos nos sentimos aliviados.
Llegados a la casa del guarda un ternerito se pone justo en el paso de la valla, encajonado en el paso, con su vigilante madre al lado. Buscamos otra opción, atravesamos una angarilla y luego nos topamos con otra con candado. Pepe aguza el ingenio y la levanta lo justo para que pasemos, agachados, sentados, a gatas, como Dios le da a entender a cada uno. Nos reímos pensando en que si nos vieran nuestros hijos dirían que “estos vejestorios están locos”. En fin que eran las cinco y cuarto cuando pudimos dar por concluida la marcha. Seis horas y tres cuartos y 16 km, en una hermosa ruta que estos “abueletes” han disfrutado una vez más.
En Venta Galiz unas reparadoras cervezas y refrescos ponen fin a una intensa y preciosa jornada.

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