Posteado por: Antonio | 15 octubre 2015

EXCURSIÓN DE PARAUTA A IGUALEJA. El Cronista

EXCURSIÓN DE PARAUTA A IGUALEJA

IGUALEJA-PARAUTA (picar)

 Comenzó la temporada. Nada de particular. Bueno, sí. Una baja importante, al menos para mí, porque mi mujer no vino a los castañares de Igualeja puesto que no se hallaba bien de los pies. ¿Qué le pasaba? No lo sé. Porque si le dolieran las plantas, yo diría una cosa pero el dolor se le pasa al tobillo y más tarde al empeine. Y de un solo pie. Me despista. Y no quiere ir al “hechicero de la tribu” (o sea al médico) porque ya dice ha visto bastantes. Se empeñó en limpiar el piso entero a fondo y tras cuatro horas y media, dejó las habitaciones de los niños por limpiar. Todo en perfecto estado de revista.

Poco antes de las nueve en punto, ya me esperaban en Ifeca, Cecilio, Isabel, Julio y Mª José. Llegué yo y devolví el lápiz del ordenador a Cecilio. Sin más se presentaron Santiago, Dulce, Adolfo y Mª Sol. A las nueve en punto salimos  los dos coches.

Hicimos la parada preceptiva en el Arenal a desayunar. En tanto Santiago (¡cuánto sabe este hombre de estas cosas!) arregló el “tomton” de Cecilio que andaba un poco errado. No tenía nada, solo que le daba a la teclita equivocada. ¡Vivir para ver!

Llegamos a Parauta y tras cambiarnos el calzado, empezamos a andar con dirección a Igualeja a las once y media de la mañana. Esta excursión la habíamos hecho allá por las calendas del 2009, o sea, seis años antes, saliendo de Igualeja a Parauta y como la vez anterior, tal vez siguiendo un rito, en la misma época, comenzando el otoño, por ser el mes de la castaña.

Comenzamos con una suave bajada y una bajada enorme hasta llevarnos al arroyo de los “Granaos”. Yo decía que todo lo que se baja se sube, y así iba a ser. El camino se ha acondicionado y está encementado hasta llegar al arroyo, que siempre lleva agua, aunque el verano había sido duro y los días otoñales, estaban contagiados por los días veraniegos.

Cogíamos castañas del suelo para que nadie nos pudiera llamar la atención. Alguna vez, pocas, tocábamos el castaño con nuestro bastón para arrancar del erizo, pisoteándolo, tan buen fruto.

Y subiendo, subiendo, perdimos ruta y sendero y un hombre que había por allí, cogiendo castañas, preguntamos por la vía perdida. Nos puso en camino. El hombre, aparentemente solo, tenía por compañeras a unas pocas mozas que en silencio, ejercían el duro oficio de coger castañas y pelarlas o apartarlas del erizo, con sus guantes. Brava subida del arroyuelo. Perdidos de nuevo, preguntamos a otro hombre por el camino a Igualeja. El hombre nos contestó amablemente. Los hombres, siempre estaban acompañados de una cuadrilla de mujeres, excepto el último al que preguntamos por la dirección del pueblo, que estaba acompañado por el que podría ser su hijo. Este pegó la hebra con nosotros y decía, que más gozaba él, arreglado castañas que no a orillas del mar. Se había desayunado unos chorizos a la llama y quedaba como nuevo para empezar su faena. ¡No sabía nada!

Continuamos nuestro caminar bajando otro buen trecho (después se convertiría en subida), dejando al lado a unos mastines y llegando al pueblo de Igualeja por la calle Tetonas (bonito nombre). Cuando nos sentamos en un bar a tomar unas cervezas (las mujeres y los hombres aparte) eran las dos pasadas. Habíamos tardado en hacer los seis kilómetros, algo más de dos horas. No está mal dado que tenemos ya cierta edad y por el camino habíamos venido cogiendo castañas.

Del bar, nos fuimos al nacimiento del Genal. Idílico sitio. El agua del Genal,

recién nacido, está cristalina y han habilitado un parque con unos asientos y unos árboles. Allí comimos, sentados, a la sombra de unos árboles y con un suelo de césped, acordándonos de mi esposa y de su afamada tortilla. Cecilio y Dulce, expertos en “wasap”, se lo dijeron de diverso modo.

Y después de la comida, a volver a Parauta. Dos repechones enormes de subida nos esperaban. Uno nada más salir, por la calle Tetonas (me encanta este nombre), y hasta llegar a los mastines. Otro (y este sí que era duro), dejando el arroyo de los “Granaos” y con el camino encementado pagado con dinero de la Comunidad Europea. Al salir de Igualeja, observé como se pudren las tunas del pueblo, comidas por un hongo blanco, que hacen como si estuvieran blanqueadas. Jamás los vi. Y me preocuparon bastante.

La última subida, fuerte, la hicimos rodeados de castaños, encinas, quejigos y un par de alcornoques. Isabel se afanaba en coger las hojas de las encinas con alguna bellota, que se caía por no ser el tiempo o porque aún no ha llovido. Antes, cuando era parvulista, se encargaba de coger los frutos del campo para enseñarlos a los párvulos, ahora se encarga de cogerlos para sus nietos. ¡Qué mujer!

Y como el que no sabe la cosa, cobijados por el monte Mola (Armola dice el plano de Cecilio) y los Riscos de Cartajima, llegamos a los coches que nos aguardaban desde la mañana. El olor penetrante a chimenea, me hizo reflexionar, que aunque hacía calor, los “catetos” de la población urbana, no dejan pasar la oportunidad de encender porque “para eso van a la sierra”.

Después de tomarnos la cerveza en la Venta del cruce a Cartajima, y pagando cada cual lo suyo, llegamos a Jerez a las siete y media de la tarde. ¿Y las agujetas por ser la primera quien me las quita?

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