Posteado por: Antonio | 25 octubre 2015

CAMPING GRAZALEMA: IDA Y VUELTA. El Cronista

CAMPING GRAZALEMA: IDA Y VUELTA


GRAZALEMA-24-10-15       <—– (Picar)

Salimos ese día, 24 de Octubre, día antiguo de san Rafael, tres coches con destino a la sierra: el de Julio, con este, María José, Cecilio e Isabel; el de Juan Bautista, con el dicho, Mari Carmen, Felisa y Raquel y el de Rafael Escuer, con el mencionado, Carmina, Casti y yo. Salimos con la lección bien aprendida de adonde íbamos y lo que había de hacerse. Nada al azar. Doce en total.

Llegamos como corresponde a la casa de Eloy, Venta Julián, donde desayunaríamos, como siempre, opíparamente y a las once comenzamos a andar. Es obvio decir que nos cambiamos de calzado, cogimos los arreos y empezamos. Ya no me siento tan joven como antaño y me cuesta un triunfo cambiarme de zapatos. ¡Qué vamos a hacer, voy envejeciendo y lo noto!

Iniciamos la andadura y siguiendo el arroyo del Fresnillo subimos a la presa que este hace y que surte de agua a Grazalema. Pasamos por una vieja calería. Don Julio, dio un resbalón nada más empezar, del que solo me di cuenta yo, por ser el último. Nada de importancia. Nos sirvió su  traspiés para hablar de una de sus muchas experiencias en la sierra y fue la de una mujer que tuvo el mismo accidente en semejante sitio, que dio un resbalón y hubo de inmovilizarla “in situ”. Ganamos altura y charlando llegamos a la presa. Una pareja nos adelantó. Eran más jóvenes. Llegamos a nuestro destino y subiendo una escalera, nos acercamos a él. El día se puso “esaborío” y nosotros nos hicimos una foto para memoria del grupo.

En semejante lugar, yendo yo a hacer, lo que ya habían hecho algunas mujeres, apareció otra pareja. ¡También es  casualidad, oyes! A esa otra pareja la volveríamos a ver en el merendero del Puerto del Boyar.

Subimos al pico Asamblea. Poco antes comenzó a llover y los impermeables y la ropa de agua hicieron su aparición como por arte de magia. En el circo del risco, con Grazalema a nuestros pies, hicimos varias fotos. La lluvia, nuestra acompañante en ese lugar, se tornó inoportuna. ¿Qué se le va a hacer? “A mal tiempo, buena cara” y eso es lo que hicimos en la bajada y durante todo el día. Sin tropiezo alguno (¡y son veces las salidas del grupo a la sierra!), continuamos nuestro caminar, que el buen humor del que hace gala esta gente es proverbial.

Bajamos del cerro, como iba relatando, y atravesando una dolina, nos dimos de bruces con la carretera por uno de los puentes que salva el río Guadalete en sus inicios. Ya algunos comenzamos a pedir a voces que se parara y aligerar a Julio de peso. Nada. No fui atendido y con muy buena lógica se dijo que tomaríamos el rengue en el Boyar.

Nuestro caminar, se hacía un poco ligero para nuestra edad y por el camino al Boyar, Rafael Escuer se volvió. A voces de Isabel, Carmina respondió y quiso volverse pero fue disuadida por todos. El camino de subida, suave, al Puerto del Boyar lo hice casi en solitario. El sitio es magnífico y tropecé con otra vieja calería. Hay muchas calerías, porque son muchas las piedras calizas del entorno y así era la segunda que encontraba. Ya no existen caleras, ni neveros, ni pozos… El progreso y los tiempos han cambiado los usos de todo.

Con la vuelta de Rafael – solo – al camping y el buen humor que caracteriza al grupo llegamos al merendero existente en el Puerto del Boyar. Siete kilómetros nos separaban del inicio de la jornada. ¿Siete kilómetros? Julio nos sacó del error porque su podómetro marcaba cuatro y pico. Cecilio cayó en la cuenta: lo que había contado eran los pasos dados y eran 7000, confundido con los kilómetros. Nos reímos un rato, con las salidas del “Jefe”. Su podómetro marcaba unos metros más o menos (que de esto no me acuerdo) que el del bendito Don Julio.

En el merendero, dimos cuenta de algunas de nuestras viandas. Rafael se había llegado al camping y había cogido el coche y salido a nuestro encuentro en el puerto. La pareja, que hallamos en la presa, comía plácidamente en el merendero y nos explicó su plan del día. El Jefe, amablemente, les indicó que subieran al puerto de las Presillas, porque se veían nuevos en esto del caminar por la sierra y así nos lo habían hecho saber.

Comimos un “tente en pie” y aligeramos del vino a don Julio. Algunos como tenían hambre, se zamparon la comida. Otros, como es mi caso, fuimos más comedidos. Y descansados que hubimos, seguimos nuestro caminar del día subiendo al Puerto de las Presillas. Rafal Escuer se volvió con su coche al camping y se alimentaría en Grazalema. Los demás continuamos nuestro plan subiendo a las Presillas y bajando al camping rodeando el Peñón Grande, que ampara Grazalema.

Iniciando la subida hallé a los padres de Javier Gómez. Gran alegría me produjo encontrar en semejante sitio a la pareja e interesándome por su hijo, antiguo alumno mío, iniciamos nuestra subida al puerto. Era el penúltimo hito de nuestro caminar del día: salida del camping, visita a la presa, subida al monte Asamblea, bajada, subida al puerto del Boyar, subida al Puerto de las Presillas y bajada, dejando a nuestra izquierda el Peñón Grande y llegada de nuevo al camping. Cronometrado se hacía.

Se hizo la subida cómoda, lenta, y lo que Cecilio había vaticinado en más de media hora se convirtió en media hora. El grupo, aunque va para viejo, aún guarda en sus piernas lo que siempre le caracterizó. O sea, que no somos viejos todavía. ¡Qué ilusión!

Iniciamos nuestra bajada. La bajada es preciosa y las piedras del camino se notaban. A unas más que a otros, esa es la verdad. Y bajando y bajando, a la vista de los Llanos del Endrinal, nos sentamos en un pilón y lo que es abrevadero de ganado lo convertimos, en un momento, comedor de humanos. Comimos y Feli sacó unos dulces, riquísimos, que fueron celebrados por todos. La tortilla de mi mujer también. Y los higos. Y las “tetillas de monja”. Y el chocolate negro de Cecilio. Y…

Después de comer, reanudamos nuestro caminar. Y lo que Carmen y Juan Bautista, hallaron (el camino real), no valió para nada. Lo nuestro es caminar por las rocas como cabras. ¡Míe usté…! Al final dimos con el camino y a unos metros de subida, se continuó con una bajada en la que vimos a unos cazadores que iban hacia arriba. No nos lo cruzamos porque ellos llevaban otra ruta.

Y continuando nuestra bajada (enorme bajada), llegamos al camping donde nos aguardaba Escuer. Eran las cuatro y media pasadas y habíamos empleado en hacer un recorrido de más de diez kilómetros desde las once en que salimos. Día feliz. Ni c aluroso ni frío y salvo unas gotas que cayeron en la subida a la Asamblea se había mantenido sin llover. En fin, ¿qué desear más? ¡Ah, s!: Tener un alma nueva que me ayude a cambiar de zapatos para siempre, jamás, y no echar de menos el calzador de mis zapatos de baloncesto… ¿Qué pedir a un día más que eso para ser feliz? Pues aún  hubo más…

En el camping de Benamahoma y ante una gran cantidad de coches aparcados, Carmina vio el de su hija Ana y su esposo. Paramos y buscamos en un paraje lleno de flores amarillas a sus nietos Darío y Adán. Los vimos, acompañados de unos amigos de los padres y unos amiguitos de los niños. El encuentro con los nietos fue feliz. Habíamos sido testigos de la alegría de nuestros amigos Rafael y Carmina y tras el saludo a Álvaro y Ana y el saludo a los pequeños, continuamos nuestra marcha a El Bosque, a la Venta Julián. En ella esperaban nuestros amigos “Morugos” celebrando el día.

Nos sentamos. Y allí, refrescamos unas cervezas y comimos, primero unas tapas, obsequio del gran Eloy y luego unas tapas pedidas por Juan Bautista, que despertaban a un muerto y que nos sirvió de merienda-cena. Pero ahí no acabó la cosa, sino que oyendo la música y viendo bailar a unos de la “tercera edad” (más o menos como nosotros), en el comedor de la Venta Julián, saqué a bailar a María José. Inmediatamente fuimos seguidos por toda la “troupe” y quedando en la mesa Feli y mi esposa y algún que otro camarada moruguil (sería Julio, que es muy formal), todos los demás bailamos y nos reímos un rato. ¡Un día sin desperdicio!

Llegamos a Jerez sobre las ocho, después de haber pasado un día  juntos, felices, contentos, y a esperar al domingo que continuaremos en casa de Elías. Pero ese es otro cantar.

Ah, y cambiamos la hora. A las tres serán las dos.

¡Qué día, Señor, qué día!

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