Posteado por: Antonio | 4 noviembre 2015

VIAJE A ARAGÓN. Cronista: Rafael Escuer

VIAJE A ARAGÓN

El dios Cronos se desprendía lentamente de las hojas del calendario. La luz diurna iba cediendo su lugar a la noche y esto hizo que deseando quedarme más tiempo en casa tuviese necesidad de ordenar libros y papeles que llevaban mucho tiempo olvidados en estantes y librerías. Y en un rincón, cubierta de polvo y telarañas encontré una gaveta con cerraduras y herrajes oxidados. Picado por la curiosidad la abrí con cuidado. En su interior unos rollos atados con una cinta roja. Los extendí sobre la mesa y leí el encabezamiento:

“Do se cuentan los sentimientos, emociones et alegrías de micer Escuer en la correría que ficieron los Morugos por tierras aragonesas…”

Aquellos legajos no debían permanecer en la amnesia de la historia y deseando que las nuevas generaciones tuviesen conocimiento de ello, y sin quitar ni añadir, ni cambiar ni trastocar el más mínimo detalle, decidí publicarlos y sacarlos a la luz, y he aquí el resultado:

Corriendo el mes de octubre, la octava jornada y siendo la festividad de santa Brígida, el grupo de Los Morugos decidió hacer una marcha por tierras aragonesas. El grupo estaba formado por Cecilio e Isabel, Julio y Mª José, y Rosa en un coche que abría la marcha. El siguiente lo ocupaban Santiago y Dulce, Adolfo y Marisol y cerrando la comitiva el vehículo de Juan Bautista,  con Mª del Carmen, Carmina y Rafael.

Henchidos de gozo ante la nueva aventura que se les avecinaba emprendieron la marcha con las primeras luces del alba. Conforme avanzaban por la carretera el dios Helios fue extendiendo su hermosa cabellera por la bóveda terrestre, al principio rojo bermellón intenso, que fue suavizando hasta tornarse azafranado y acabando en áureo y gualdo. Y todo ello hacía que el alborear fuese de una belleza y ornato ingente.

Sonia, la hija de Julio y de Mª José, preocupada por la seguridad de sus progenitores llamó repetidas veces a su madre interesándose por su bienestar, pero ésta, con su proverbial locuacidad no atendía el teléfono, por lo que la joven acudió al teléfono de Carmina, ésta a su vez a Rosa y Rosa a lenguaraz madre, y como diría nuestro inmortal Cervantes, del palo al rabo, del rabo al cabo, del cabo al palo todos llamaban y comunicaban y así poder establecer enlace entre madre e hija.

Después del cumplido desayuno, a la salida de la califal ciudad de Córdoba se emprendió nuevamente la marcha hacia Villanueva de los Infantes, que dejando de ser villa alcanza la categoría de ciudad. Recorrimos sus calles y plazas, cuajadas de casonas, palacios, conventos y diversos monumentos, rivalizando entre ellos para ver cual se alza con el mérito de ser el más bello.

Admirando la belleza de la Iglesia Mayor, y ante un comentario mío, sufrí un pescozón de Mª José, que lejos de ser Jefa de Apaciguamientos y Concordias, lo es de Discordias y Reyertas, demostrando que no sólo tiene la lengua larga sino también la mano e incluso el brazo.

Abandonamos la quevedesca villa, o más bien ciudad  y fuimos a ver las famosas Lagunas de Ruidera donde el río Guadiana gracias a la formación geomorfológica aparece y desaparece y más bien parece que fuese un niño jugando al escondite con su madre. Lugar bello formado por un conjunto de lagunas que descendiendo en pequeñas cascadas entre unas y otras va salvando el desnivel. Si la vegetación ubérrima, llamaba la atención, más lo fue para Dulce el nadar de unas pequeñas ánades que en el agua estaban. A todos nos vino a la memoria la historia tantas veces contada por la mencionada dama del patito y el tren.

Abandonamos la quevedesca villa, o más bien ciudad, y atravesando Ossa de Montiel nuestro bien ponderado guía erró en el rumbo, pero las huestes morugas fieles a su lema “te seguimos maestro por lo bien que te explicas” dóciles y sumisos seguíamosle fielmente hasta que después de varias vueltas y revueltas, giros y rotaciones, virajes y desvíos dimos con el rumbo exacto.

Nueva parada en S.Clemente admirando su pequeño, pero hermoso y bello casco monumental y como nos llovió hubo necesidad de buscar refugio en un bar hasta que escampó.

A la salida y conforme avanzábamos por la carretera un esplendoroso arco iris desplegó toda su amplia gama de colores que la naturaleza ofrece. La hija de Taumante y Electra, en femenino, puesto que la belleza, femenina es, estaba perfectamente formada por colores claros y bien definidos y ofrecía una vista bella, hermosa y digna de admiración.

Ante tan bello espectáculo nos vinieron a la memoria el Canto XV de la inmortal Ilíada donde el insigne Homero lo describe así:

“Como cae de las nubes la nieve o el helado granizo,

A impulso del Bóreas, nacido en el éter,

Tan rápida y presurosa volaba la ligera Iris

Nuevamente en ruta en el vehículo posterior que cerraba la comitiva y era manejado por Juan Bautista, lo único que se oían eran quejas y lamentaciones por parte del conductor por no poder satisfacer su necesidad de tomar una cerveza, y el monólogo, constante y repetido, era:

-¡Qué ganas tengo de dejar el coche y tomarme una buena cerveza!

A veces el repetido monólogo era cambiado por este otro:

-¡Veréis cuando deje el coche la cerveza que me voy a tomar!

Y con esta repetida música íbamos haciendo kilómetros hasta llegar a Sacedón, donde los pantanos Entrepeñas y Buendía dan nacimiento al controvertido nacimiento del trasvase Tajo-Segura que tantas controversias y disputas acarrea entre manchegos y murcianos.

En lo alto del cerro se destacaba la enhiesta figura de un Cristo  que queriendo emular al de Concorvado de cariocas tierras es de lo más feo y horrendo que en el arte puede existir, máxime cuando te aproximas a él y descubres en su cara una mancha, deformación o defecto que debido a la altura de la estatua no se puede precisar que es.

Nuevamente a los coches y a escuchar la eterna cantinela de Juan y la cerveza. Kilómetros delante nuestra y muchos más a nuestras espaldas, lo cual hacía que el cansancio fuese haciendo mella y comprendiese la necesidad que tenía nuestro postillón se satisfacer sus necesidades de la blonda bebida.

Con estas cuitas alcanzamos la villa de Brihuega, y después de aposentarnos en un buen hotel salimos a descubrir los encantos de la urbe, que lo que más me llamó la atención fue en el parecido que tenía con Guadix, que viendo y admirando sus monumentos, sus rincones y callejas no viésemos, lo mismo que en la granadina ciudad, no viésemos ninguna taberna que nos permitiese satisfacer nuestros deseos. Mas, eso sí, la carencia de establecimientos de comercio y bebercio era sustituida por la gran cantidad de fuentes públicas que hay, de las cuales manaban en grandes caños y surtidores abundante líquido elemento.

Al final del recorrido descubrimos un bar abierto, y haciéndole una señal a mi amigo para invitarle a una bien ganada y merecida cerveza, con un gesto hosco y huraño me la rechazó. Yo pensé: “Dios mío, ¡qué carácter!” pero comprendí que tenía que estar cansado y fatigado por la conducción y ésta  era la causa de su malhumor.

Con estos hechos y coyunturas llegamos al hotel en el cual cenamos y repusimos nuestras gastadas fuerzas, y después de una buena cena nos retiramos cada uno a sus aposentos, dando por finalizada la jornada

Día 9 de octubre

Apenas alboreaba el nuevo día cuando nuevamente se puso la comitiva en marcha, no sin antes dar cuenta de un opíparo desayuno, en el cual Juan, como  caprichoso del kiwi que es,  tuvo que tomar su ansiada fruta. Finada la colación a los coches y en ruta.

Descendiendo hacia el valle del Jalón por innumerables curvas, hoy día suavizadas por la moderna autovía nos adentramos en tierras aragonesas y pasando cerca de Épila, Rosa y Cecilio, por ser naturales y oriundos de dicha villa, sufrieron lo que podríamos denominar un orgasmo geosentimental. La nostalgia  y recuerdos ancestrales acudieron a sus mentes convirtiéndose sus ojos en hontanar y veneros por donde daban lugar y salida a sus emociones.

Por ser ruta y camino de innumerables vehículos que abastecen de mercancías y materias diversas el apetito voraz y desenfrenado de las grandes urbes y ciudades se suscitó el comentario del gasto, a veces inútil, y siempre exagerado, del derroche que supone tanto despilfarro en embalajes y combustibles necesarios para dar satisfacción y gusto y hacer que la economía actual funcione.

A la salida de Zaragoza, nueva colación y en ruta otra vez. Coronamos Monrepos y por divisar desde su cumbre los pueblecitos de Caldearenas y Aquilué, los mismos síntomas que padecieron los epilenses al pasar por su tierra natal, los padeció este humilde cronista, por ser lugares donde se desarrolló parte de su niñez.

La aridez y sequedad del paisaje iba trocándose en fertilidad y exuberancia vegetal. El ocre de las yermas tierras iba dando paso al verdemar y esmeralda de la exuberante vegetación, y todo ello mezclándose con los colores típicos del otoño.

Si bien en el exterior todo era paz y sosiego, calma y bonanza, no podía decirse los mismo de lo que acontecía en el interior del vehículo, donde Juan no paraba de acosarme y fustigarme, zaherir y mortificar, de tal forma y modo que criticaba y negaba todo lo que yo decía, no siendo nada que fuese de su gusto y placer.

Si pedía un pincho de tortilla en cualquier parada que hacíamos hacía mención  a lo que él denominaba gula y glotonería, sino demandaba nada, el motivo de su crítica era mi desgana e inapetencia, de tal forma y manera que nunca acertaba a estar de acuerdo con su pensar y parecer:

Ya lo dice la canción popular:

Si canto me llaman loco,

Si no canto soy cobarde,

Si bebo vino borracho,

Y si no bebo, miserable.

Con lo cual mi papel y función en este viaje no era el de copiloto, que el destino, y el amigo Cecilio, me habían deparado. Si no la de sufridor y paciente de los humores y talante del cochero que me había tocado en suerte

Cascada de Sorrosal. Broto

Todo ello hacia que el viaje fuese animado y entretenido, y con estas cuestiones llegamos a Broto, en el corazón del Pirineo aragonés. Vimos la cascada del Sorrosal, en la cual las altas cumbres van vaciándose y vertiendo en los valles las aguas recogidas en las alturas provenientes de lluvias y deshielos.

Comimos, por supuesto que hombres separados de mujeres,  y nunca he entendido el por qué, y de acuerdo al plan de viaje nos pusimos en contacto con dos conductores-guías de dos robustos y desvencijados vehículos Land-Rover, de los clásicos, de los de toda la vida, y tan de toda la vida, ya que debido a ser fabricados tan duros y macizos no hay quien acabe con ellos. Si a ello añadimos que los conductores, un chico y una chica, eran muy diestros y entendidos en la ruta a seguir, puesto que la hacen todos los días dos o tres veces, expertos conocedores de todos los baches, hoyos, agujeros y roderas del camino, y estaba todo él, plagado de ellos, nos dirigimos hacia las altas cumbres. Los pasajeros sufríamos los rigores de la velocidad y mal estado del camino, y saltábamos y brincábamos como garbanzo en batidora, y tan pronto nos desplazaba la fuerza centrífuga hacia las ventanillas como la ausencia de gravedad hacia el techo del vehículo.

Y con estos vaivenes y traqueteos alcanzamos las altas cumbres de Ordesa, y puede decirse que ante tanta belleza bien vale que paguemos un poco de sufrimiento. Acabada la creación Dios Padre descansó y relajando sus brazos en la obra recién creada sus dedos dejaron imperecedera huella en aquellas tierras formando estos magníficos valles.

El día fastuoso y excelente, de una claridad óptima, nos permitía ver y admirar las cimas y cumbres de esta formación maravillosa, y a poco más de nuestra altura destacábanse las Tres Sorores, el Tajo de Roldán, y multitud de picos y crestas de  esta formación montañosa, y por debajo los valles cubiertos de vegetación, que por ser época otoñal vestían los colores y tonos propios de la estación. Los verdes, en todas sus tonalidades de las coníferas se mezclaban con los ocres, pardos, tostados, amarillos, gualdos, y ambarinos de los sauces y todos ellos con los rojizos y bermejos de los arces.

Un paseo andando de unas dos horas por una pista forestal siguiendo las atentas explicaciones de nuestros dos atentos y simpáticos guías nos permitieron disfrutar de uno de los más maravillosos paisajes que puedan admirarse.

Nuevamente a los Land-Rover, y si la subida fue movida no digamos nada de la bajada, donde por cuestiones meramente físicas la velocidad es mayor. Esta bajada fue amenizada por Julio, que sentado en la parte media del vehículo y con voz muy queda iba contando un chiste o chascarrillo y que Juan, cerca de él, iba traduciendo a los que en la parte posterior estábamos.

Finalizamos la jornada en Senegüés, donde después de cenar nos retiramos cada uno a sus aposentos para descansar y recuperar fuerzas para la jornada siguiente.

Y como más que crónica, veraz y fidedigna, es un vertido de emociones y sensaciones, cómo puedo yo expresar las mías sabiendo que a muy pocos kilómetro, no más de cuatro o cinco, se encuentra la villa de Escuer, que si bien no tengo noticias de ello, es fácil colegir que mis ancestros proceden de ella. Y con tales emociones nos arrojamos en brazos de Morfeo esperando una nueva jornada.

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