Posteado por: Antonio | 17 noviembre 2015

BORDEANDO ALBARRACÍN. RÍO DE EL BOSQUE. El Cronista. 17-11-15

ALBARRACIN

BORDEANDO ALBARRACÍN. RÍO DE EL BOSQUE

 Otra excursión para hacerla de lo más bonito (¿cuál ha sido fea?) que hemos realizado y que consistió en bordear el Albarracín para llegar bajando a Benamahoma y aterrizar en El Bosque siguiendo el curso del río Majaceite desde su nacimiento en esa localidad.

Comenzamos nuestra andadura 12 morugos, “bien pertrechados”  (como diría mi amigo Escuer) y como uno de los coches había que dejarlo en El Bosque, salimos los cuatro posibles y previstos. En el de Cecilio y, acompañando a este, iban los de siempre, es decir, Isabel, María José y Julio. Pepe y Charo llevaban el suyo. A Tomás le acompañaban, Mari Luz y Rosa y a este que escribe, su esposa Casti y Felisa.

Llegamos a la Venta Julián y al estar atestada, quisimos desayunar en la terraza. Cuando estábamos acomodados y sentados en ella, Isabel, muerta de frío, buscó dentro unas mesas y las encontró. Pasamos al salón y desayunamos, como siempre, sin novedad y sin cosa digna de reseñar. Allá encontramos a Pedro, del “Palo Corto”, y después de los saludos de rigor e interesándonos por su ruta del día (iban al Pantano de los Hurones), les dijimos adiós y les deseamos buen día (que seguro, lo tendrían porque el día era magnífico para andar y para todo).

Dejamos el coche de Pepe y pusimos en marcha los otros tres, acomodándose en el mío, Pepe y Charo y Felisa se subió con Rosa en el de Tomás. Así fuimos los tres coches, con cuatro ocupantes cada uno. Subimos a la falda del Albarracín y siguiendo la pista usada por los parapentistas, más antes que después, comenzamos a andar desde muy alto. Eran las once y cuarto de la mañana.

A poco, de comenzar y dejando la pista, nos metimos por una vereda a nuestra derecha que nos llevaría hasta una dolina en la que se descansaría. Yo me dejé olvidada la cámara de fotos en el coche y volví a por ella. Una pareja joven nos acompañaba cuando trocamos la pista por la vereda.

Los madroños sembraban nuestro camino y dimos paso a los jóvenes, que llevaban un paso más rápido que el nuestro. ¡Ay, la juventud! Ya estamos mayores, pero disfrutamos aún con nuestras caminatas iniciadas allá por el lejano 1996. ¡Cuánto ha llovido desde entonces! Pero el campo permanece inmutable. Esa mañana del 2015, la tierra estaba congelada después de pasar una noche de escarcha.

Después de comer unos madroños que estaban por el suelo y de coger setas para nuestro amigo Tomás, que junto a Charo discutían por el nombre de las mismas, desmontamos en una dolina, preciosa y me quité el jersey. Ya no me lo pondría hasta la tarde al volver a tomar el coche.

Desde la dolina, algunos se sentaron y otros nos acercamos a ver una gruta que por allí estaba y que ya Cecilio, en nuestra primera caminata por esos mismos sitios,  no la encontró. No obstante, como el muchacho, es “maño”, a la segunda vez o la tercera (que ese punto no lo tengo muy claro), en que fue, la halló. La cueva es bonita, sin más. Dentro se hallaba la parejita que le habíamos dejado pasar, con una linterna, y según decían ellos, había unas cuerdas para continuar bajando. Nosotros nos quedamos en la primera sala.

Volvimos, diciendo a los de abajo, los que se habían quedado, la mitad de los que íbamos, que siguieran por la vereda, que nosotros nos uniríamos a ellos, como así sucedió. El camino lo habíamos hecho el año pasado pero en sentido inverso. Llegamos a la zona boscosa. ¡Qué bonita estaba! Al decir de Mari Luz, era una preciosidad. El bosque estaba para chillarle. Si bonito estaba cuando lo vi por primera vez, más bonito estaba al verlo de segunda. No me cansaré nunca de piropearle.

 

Hicimos fotos a Benamahoma al pie del peñón enorme del Torreón y a la vista de Zafalgar y la sierra del Pilar. Qué maravillosa foto. En el camino y a la altura de la pequeña laguna que por allí andaba, nos hicimos la foto para el recuerdo. Continuamos nuestra bajada y allí en lontananza se veía la vaguada hacia la que nos dirigíamos ahora. Llegamos y fotografiamos una encina enorme, con una copa amplísima, al inicio de la ladera. Unos árboles mudaban las hojas como preludio del otoño, que nos ha caído en suerte. ¡Qué clima, Señor! A mediados de noviembre y en manga de camisa, de manga corta…

Continuamos bajando y en un pedregal, a la vista de una casa ruinosa y con unos “boyscouts”, haciendo sus cosas, sentados como corresponde, hicimos nuestro “rengue juliano”, perceptivo. Llevábamos andando más de dos horas y ya tocaba.

Hecho nuestro descanso y nuestra empinada bajada, continuamos marcha hacia Benamahoma. Dejamos atrás la pedrera, las dos casas ruinosas y ante una bajada y con unas charlas animadas dimos con la carretera y continuando por otra senda, llegamos a la presentida Benamahoma.

¡El pueblo está bonito y sin una cagada de perros! ¡Bien por los pueblos blancos!

Bajando más accedimos a la Venta del inicio o final, según se mire, del río. Allí nos sentamos y pidiendo unas cañas nos comimos nuestros bocadillos y aligeramos el peso de nuestras mochilas. Eran las dos y pico.

Terminados de comer, enfilamos el río Majaceite o El Bosque, que también se le llama. El camino estaba resbaladizo por las lluvias de días pasados y por la noche de relente que habíamos tenido, amén de lo hollado que estaba por las miles de pisadas de los miles de visitantes que tiene esa ruta. Con dos o tres resbalones de más, acabamos nuestro caminar. Por el camino y en una parada, nos adelantamos los cuatro conductores de coches, dejando a Julio guardando a las mujeres. Este Julio está para todo. Nos aprovechamos de su bondad y lo mismo lo dejamos a cargo de las mujeres que se encarga él, ”motu propio”, de acompañar al necesitado en aquel momento. ¡No cambies nunca, Don Julio!

Llegamos al coche de Pepe los conductores, (Julio y las mujeres se habían quedado en el río) y montándonos en él, accedimos a los nuestros que esperaban, desde la mañana, allá, en la pista de los parapentes.

Y como era de esperar, cogimos unas piñas para Tomás. Mari Luz se puede mostrar orgullosa de tener un marido como el que tiene.

Saliendo con los coches de cada cual, yo, conduciendo el mío, tropecé en el camino con un hurón. Quise preguntar a Julio, que experto en estos conocimientos me diría qué bicho era pero en la venta se me olvidó preguntar y ya vine por el camino de vuelta, dando vueltas a la cosa, que si una gineta, que si un hurón…

Llegamos a la Venta Julián cuando las mujeres y Julio, ya estaban aposentados en este. Tomamos el refrigerio vespertino y marchamos a las seis menos cuarto. Ya del fin de semana, solo quedaba Lebrija. En otra ocasión hablaremos de ella.

 

 

 

 

 

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