Posteado por: Antonio | 22 diciembre 2015

SAN BARTOLOMÉ. Rafael Caro.

 

Documento original   picar aquí —>  SAN_BARTOLO 

SIERRA DE SAN BARTOLOMÉ

 Una excursión de categoría. Sí señor.

Hacía tiempo que el Jefe nos quería llevar a ese rincón de nuestra provincia pero por hache o por be no hallaba el momento adecuado. Al fin lo halló tras el concierto del viernes en El Cuervo y en vísperas de elecciones y berza en Trebujena. Día señalado  que mi esposa vino a perderse por un lamentable accidente sufrido con una butaca en el teatro de El Cuervo mientras saludaba a su primo.

Salimos desde Ifeca minutos antes de las  nueve, Cecilio, Charo, Isabel y Pepe en el coche de este último y Rosa, Tomás y yo en el coche de Rosa. Siete en total si no falla el contar. Decía que todo está lejos desde Jerez y hacer un montón de kilómetros para ir a una excusión cualquiera desanima  al más pintado, pero ¿qué se le va a hacer? Si no fuera por ese inconveniente…

Desayunamos en la Barca de Vejer. Como siempre, bien. Al salir de la Venta nos llamó la atención que de un tronco de palmera salieran cinco o seis troncos como hijuelos (Betijuelo se llamaba el lugar donde dejamos los coches aparcados y desde él salimos andando) y fue comentado por todos. Igual que fuera comentado lo de los aparcamientos que para un coche era demasiado espacio mientras que para dos escaseaba. En fin, el que los puso sabrá por qué los hizo así.

Corrían los coches y antes que nada, después de pasar Tahibilla y Facinas y a la altura de esta última, giramos para Bolonia. Como Cecilio había estado en el lugar hacía tiempo ya, erró el camino y nos colamos a la altura de Bolonia para después volver y tomar una carreta en pésimo estado, con casas hechas de piedra, que llamaron mi atención. Segundas viviendas (y primeras) hechas a conciencia para un buen pasar. Tomamos la carreterucha y aparcamos los coches en  un paraje al lado de un sendero con dos cartelones que decían en uno, “El Tesoro” y en otro “Betijuelo”. Y la montaña del Betis, era por donde había que andar.

Abandonamos los coches a las once y fuimos andando casi un kilómetro, volviendo sobre nuestros pasos, hasta encontrar con la ruta a seguir. Primera foto del grupo (aunque yo había hecho antes a la sierra de San Bartolomé, una verdadera sierra enclavada en la del Betis, y a una vista al mar, que estaba como una balsa a la altura de Tarifa: la playa de los Lances, sin una vela de “windsurfing”).

Cecilio nos explicó el plan del día y regresaríamos a los coches sobre las cuatro de la tarde. Tomamos por nuestro carril bajo un cartelón que ponía: “San Bartolomé. Zona de Escalada”. Dejamos atrás un caserío, cuyo perro, ladrador él, estaba dentro de una caseta hecha “ad hoc” y una mujer, campesina ella, acompañada de otro perro, iba hacia otra casa a alimentar su ganado (creo yo). Allí tomamos contacto con una perrita negra, muy limpia y cuidada, que nos acompañaría todo el camino y que atendía, según collar puesto en su cuello, al nombre de “Tina” (lo siento, cuñada, pero era así).

Una flor silvestre llamó la atención de los componentes. Se trataba de una cala, según nos dijo Charo, enorme, y a su lado había un arbusto con unos brotes redondos, cuyo nombre no me pudieron decir ni Charo ni Pepe, expertos ambos en conocer las plantas de la sierra.

 

El Jefe equivocó el camino y dijo que lo esperásemos. Poco tiempo después apareció y diciendo que le siguiésemos, así lo hicimos. Unos montañeros expertos y jóvenes iban a practicar escalada. Paramos, nos hicimos fotos y seguimos. Pronto descubrimos una enorme roca de arenisca y a un montón de jóvenes escalando la cima. Los que habíamos visto antes y otros que estaban allí. Digo yo: ¿para qué les sirve el casco? Caso de caída sería mortal de necesidad y ni casco ni nada. En fin, envidia cochina que me corroe al verlos tan jóvenes y hacer lo que ellos hacen. Nosotros a lo nuestro, que es andar y mucho es. En la roca descubrimos unos agujeros redondos hechos por ¿el hombre? ¿Por la naturaleza? Tomás  me dijo que a santo de qué los iba a hacer el hombre. La naturaleza los había hecho y la erosión se había encargado de formarlos. Subiendo y subiendo, paramos un momento (la perrita nos acompañaba). Tomás sacó unas mandarinas (¡con huesos!) y me dio una para calmar la sed. La perra se acercó a Rosa y, mimosa, la acompañó un rato. Será porque notaría que era la que la mimaba de los siete que íbamos por allí.

Después de descansar un rato, seguimos subiendo y al final….¡Tatachan! Sorpresa y mayúscula. ¡Qué regalo para los sentidos! El Jefe tenía razón cuando me dijo que me callara y poder dar la sorpresa a todos. El día estaba luminoso para poder apreciar la belleza que se extendía a nuestros pies: toda la costa de Bolonia, de Tarifa, la Sierra de la Plata, Casas Viejas y a nuestra espalda la sierra de Fates y las tierras calmas de los llanos de Tarifa. Se veía por el acantilado todo. Miles de fotos nos hicimos desde el lugar y la sombra de unos tortuosos pinos (el levante que los hace así), la usamos para quedar constancia de nuestra llegada allá. Preciosa excursión y precioso sitio. Son 440 metros nada más, pero, ¡cuánto se ve desde la cumbre de san Bartolo! Impresionante e impresionados quedamos todos. Una pareja con dos o tres perros hizo aparición por el lugar y “Tina” tuvo la intención de abandonarnos pero al final quedó con nosotros. “¡Estaría de Dios!” – dice Rosa.

Como ya estábamos pidiéndolo, nos sentamos a una sombra y nos pusimos a comer. La parejita y sus perros nos pidió asesoramiento que el Jefe, solícito, les ofreció, por donde tirarían ellos. Los vimos volver y dijeron que por allí no se podía andar porque ponía “Coto de Caza”. En fin, ellos sabrán. El caso es que volvieron por sus pasos y nunca más sabremos de sus correrías por la sierra.

 

Acabada la com ida y cresteando (es una forma de hablar porque allí no había cresta alguna) seguimos nuestro camino por donde Cecilio había mandado a la parejita. Nos encontramos con la dificultad máxima de todo el recorrido: un pedregal cerraba nuestro paso y a la derecha ponía en efecto “Coto de Caza”. Cruzamos el pedregal, apareciendo un par de zapatos producto de un miembro de una patera, según el decir de alguno. No lo sé, pero podría ser. Cruzadas las enormes piedras, ya todo fue llanear y bajar. Hice una foto del hito que denotaba la máxima altura y el camino se hizo fácil de andar. La perra corría y se volvía para vernos y estar con nosotros. Dimos con una cueva en el terreno y continuamos bajando. Cecilio advirtió de que la facilidad y haber comido, podrían ser motivos para tropezar con una piedra suelta y caernos. Vimos un agujero en la roca y hacia él nos dirigimos para hacer fotos. ¡Qué excursión más bonita!

Bajando seguíamos (y Rosa y Charo hablando de “su” cocina y “sus” recetas), cuando Cecilio, puesto de acuerdo con nosotros, decidió subir. Eran unos doscientos metros o así. Estuvimos en un lugar donde se cruzaría el estrecho, como así lo indicaba un cartel, para hacer el túnel que uniría Marruecos y España. Unos jóvenes andaban allí comiendo y acompañados de sus perros. “Tina” se quiso quedar con ellos y luego se arrepintió. Yo fotografié un enorme cartel donde se verificaba lo que desde el mirador se veía. ¡Grandioso el lugar!

Bajamos de allá y seguimos nuestra continua bajada buscando los coches. Eran las tres y media más o menos. Y Tomás, haciendo de las suyas, se retrató bajo una cabeza de vaca hecha calavera. Nos reímos cuando se le cayó encima.

Y pasando por los buzones del “Betijuelo” nos acercamos a los coches. La perrita que nos acompañó todo el día corría y corría hasta que Pepe, montándola en el coche, la llevó hasta su casa o alrededores.

¿Final de fiesta? ¡No! De allí iríamos a Vejer a terminar el día.

Tomamos carretera y volvimos por donde habíamos venido. Al llegar a Vejer subimos al bello pueblo por la subida delantera, más cercana a Tarifa. Tomás hablaba de sus pasadas subidas en bicicleta.

En un mirador paramos a hacer fotos del pueblo. Bajamos buscando aparcamiento. En una bolsa de parking dejamos el coche de Rosa y el de Pepe, subiendo un poco. Y de allí, fuimos visitando el pueblo. Yo, ni me acordaba de él porque hacía mucho tiempo que no lo visitaba. Y subir y subir. Como no lo habíamos hecho en todo el día…

 

Llegamos al mercado y la merecida cerveza nos la tomamos allí. ¡Qué bien nos supo!

Fuimos buscando la Casa del Mayorazgo y visitamos su torreta y sus patios. Un hombre freía rosquitos y dos muchachas se esmeraban en ayudarle. El olor era mortal. Total que compramos rosquitos para probarlos. Allá me encontré con una mujer que no sabría decir quién es pero la madre de algún alumno será. La muchacha se llevó un alegrón cuando me vio.

Y de allí nos metimos en las casas ”de las meninas” (no se llaman así, pero para entendernos, bien está). Están casi en la plaza donde entramos en el hotel “El Califa”, en donde desaguamos, y seguimos visitando sus calles, la iglesia (por fuera) y el patio del castillo, donde un mayor jugaba con unos niños. Cuando estuvimos hartos de subir calles (qué manía tenían nuestros antepasados de poner las calles empinadas) echamos a rodar a Jerez, sin más tardanza.

Día espléndido. Llegué a casa alrededor de las seis y media.

Bonita jornada y bonito sitio. Jefe, apúntate un diez o un veinte: lo que quieras.

 

 

 

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