Posteado por: Antonio | 18 enero 2016

EXCURSIÓN AL TÚNEL O CUEVA DE COARGAZAL. Cronista: Rafael Caro

EXCURSIÓN AL TÚNEL O CUEVA DE COARGAZAL

Picar —– > COARGAZAL

 Llevábamos un tiempo sin salir (un mes, desde que estuvimos en San Bartolomé) y a Cecilio se le ocurrió llevarnos a ese lugar enseñado por Bryan (¡Gracias, inglés del “Palo Corto” por estas excursiones que nos ofreces indirectamente!) y que verdaderamente nos gustó mucho a todos, a los catorce que formábamos aquel día.

Tomamos asientos en los coches y partimos desde nuestro lugar habitual de reunión hasta la venta de El Bosque, también habitual. Íbamos en tres coches conducidos por Julio, con Cecilio, su esposa, Rosalía y Rosa; Tomás, a quien acompañaba, su mujer, Lino y Charo y Raquel, con mi compañía, la de mi cónyuge, Juan y Mari Carmen. Catorce, si mis cuentas salen. El grupo se va rejuveneciendo. Si no totalmente, sí en cuanto a personas nuevas. Esta vez tocaba a Rosalía, Lino y Charo. ¿Quién habló de enmohecerse? Lino y Charo, como nuevos en estas lides “moruguiles”, erraron el sitio en que lo esperábamos y estaban en la puerta de Ifeca aguardando a que un alma caritativa en forma de Tomás se acercara por ellos. Estaban aguardando en la “puerta” de Ifeca, como le habían dicho, pero no en el lateral, como solemos. Corregido el error, nos pusimos en andas.

La venta, abarrotada como siempre. ¿Quién se acuerda ya de aquellas calendas del 96 del siglo pasado en que comenzamos Cecilio, Isabel, Casti y yo a andar por la sierra? Afortunadamente, nadie y cada día con más gente adicta a esta bendita profesión de senderista. Solo nos queda la amistad con Eloy, el de le Venta Julián…

Hacía frío y nos pertrechamos bien en el Boyar. Y comenzamos la ascensión al Puerto de las Presillas. Por la noche había helado y en los regatos hallamos el agua congelada. No hacía frío, en absoluto, pero tal vez la noche había sido heladora. Y subimos al puerto.

Bajaban en el momento que  nosotros subíamos unos chavales corriendo, a los que saludamos dándoles los buenos días. ¡Qué forma de correr bajando el Puerto! Unos andarines fueron atendidos por mí que iban al Salto del Cabrero y se habían encontrado con la cancela cerrada. Estos propietarios, temerosos de que sus cortijos sufran desaguisados por los nuevos senderistas, cierran sus propiedades y van poniendo cercas al campo cada vez más. Con su pan se lo coman.

Subimos y una vez llegados arriba, giramos hacia la derecha buscando el túnel. Los chavales hallados en la cancela del Salto del Cabrero, que habían visto nuestra decisión y a nuestro Jefe, que iba seguro poniéndose al frente de los catorce, nos siguieron, y a las preguntas de Cecilio de adonde iban y viendo que eran neófitos en la lides serranas, porque el calzado de una de ellas, los delataba, hizo que volvieran al punto donde nos habían alcanzado, indicándoles el camino hacia el Dornajo. Nos abandonaron, siguiendo la ruta que Cecilio les había dado.

Nosotros continuamos buscando el deseado túnel y bajando un trecho (todo lo que se baja, se sube a la vuelta). Entramos en un sitio idílico donde pacían unas vacas y desde donde se divisaba un paisaje enorme: la llanura, los embalses, los pueblos de la campiña…

Atravesamos un murete y pasamos un laberinto entre piedras y yerbas. Mi incontinencia acabó saldada bajo una encina centenaria y llena de musgo, con sus raíces convertidas en piedras. Allá había una filigrana en la caliza que a alguien le dio por llamar de “techo gótico”. Efectivamente parecía una capilla del neogótico gaudiano. Y por allí, como a mi esposa le sonaba difícil lo de Horgazal, rebautizó el sitio donde íbamos con el nombre de “holgazán”, que a ella le sonaba mejor y más bonito.

Pasamos por muros y bosques de melojo, preciosos, y encontramos en nuestro caminar a una gente que venía de vuelta del túnel (¿a qué hora irían?). A una de las componentes del grupo saludó efusiva Raquel. Seguramente se trataba de otra letrada.

El lugar al que íbamos está escondido. Yo no sé si volvería con éxito a él o me perdería en el intento. Unos hitos marcaban el camino, pero aunque estaban puestos con profusión, no creo que llegara. Eso solo lo hace el Jefe. La Jauleta es conocida la sierra por la que andábamos, ¿pero y la puerta o el paso o el túnel aparecían o no? Tres caminantes nos preguntaron llegando a ella. Ya estábamos allá. Cecilio gritó cuando la vio y su grito nos animó a todos… Impresionante. No tengo palabras para describir el capricho que la naturaleza ha hecho allí. Una oquedad tremenda se mostraba orgullosa a nuestros pies. ¡Qué barbaridad! Nos hicimos fotos y uno de los tres jóvenes inmortalizó el momento.

El túnel (me resisto a dar tan pomposo nombre) o la puerta dejaba ver un panorama inmenso de llanuras, de campiña, ante una caída espectacular que Bryan ha bajado y que nosotros nos resistíamos a ella.

Como ya iba siendo la hora de comer, abandonamos la puerta y encima del dintel hicimos nuestra labor. Qué grande resultaba todo y qué pequeños nosotros ante tal maravilla de la naturaleza caprichosa.

Terminados que hubimos de comer, continuamos con nuestra labor de caminantes irredentos. Donde habían subido los tres jóvenes hallados en el camino de encuentro y que nos habían hecho las fotos, unos metros más, nos llevaría a terminar la excursión bajando a una especie de pequeña meseta en la que Lino y su esposa Charo “tomarían”  el bautizo con agua purísima que Tomás encontró en un charco para “bautizarlos” como morugos. Y mi mujer se quedó abajo. No subió a terminar  porque se quejaba de un pie y ante la tesitura de continuar bajando y volviendo y hacer unos metros más, prefirió no castigar su pie para hallarlo en forma ante el camino que se le avecinaba.

Y acabado todo, retornamos. El mayor de los tres hombres que vimos en la “puerta”, había hecho una foto a un alacrán enorme que había descubierto bajo una roca, avisándonos que por nada del mundo se nos ocurriera levantar una piedra. También pidió al Jefe consejo del camino de vuelta, que este, amablemente, se lo dijo. Y por el laberinto anterior, Juan Bautista me hizo ver la techumbre “gótica” que en el camino de ida no pude lograr ver.

Sin más tardanza ni cosa digna de destacar, reanudamos nuestro camino de vuelta por el conocido puerto de las Presillas, que en vez de subirlo, lo bajamos con mucho cuidado, para una vez limpios los palos y los pies, volver a los coches en el puerto del Boyar, donde lo habíamos dejado por la mañana. El día había sido de lujo.

Nuestro caminar, comentando las vicisitudes del día, terminaría como empezó en la Venta Julián, ante unas cervezas (quien las pidiera porque otros pidieron refrescos y café) y un paquete de chucherías que nuestro amigo Eloy nos trajo.

Llegamos de vuelta a casa a las siete y media de la tarde, después de haber pasado un día magnífico.

 

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: