Posteado por: escuer | 30 enero 2016

SEGUND JORNADA.- FEZ

Cuando el rubicundo Apolo aún no había  extendido sus cabellos sobre la faz de la tierra, al decir cervantino, o “no habían puesto todavía las calles” al decir de donna Rosa, ya los almuecines lanzaban al aire los versículos del Corán llamando a los fieles a la oración. Los minaretes de las mezquitas de Fez poniéndose de acuerdo a las 5:45 de la madrugada comenzaron a recitar a través de la moderna megafonía los “ayah” de las suras coránicas. Y si a estas salmodias añadimos el ruido que perpetraba la tubería del inodoro tenemos un cuadro bastante aproximado de la realidad sonora y acústica

Comenzó una nueva jornada. Mosen Pepe inquirió en la recepción si había posibilidad de cambiar de habitación dado el persistente olor a tabaco que había dejado el anterior  huésped del aposento. Amablemente le contestaron que se intentaría solucionar.

Asimismo micer Escuer fue interpelado por dómine Cecilio sobre que le había hecho o dicho a donna Isabel dado que llegó a sus aposentos muerta de risa y esta situación le duró bastante rato. Parece ser que las risa e hilaridad que madonna llevaba almacenada y recogida dentro de sí durante meses había eclosionado y salido “fuese” de su interior.

Después de la colación matutina, y a la hora prevista, el fiel Mustafá estaba esperándonos en la puerta del hotel acompañado por Abdul. Este nuevo guía, sujeto curioso y pintoresco donde los haya, era de unos 60 años de edad, vestido a la tradicional forma morisca y fervoroso creyente musulmán. Esto último se deducía por la señal que en la frente tiene todo buen muslín, pues su religión les hace orar cinco veces al día y apoyados sobre cinco partes de su cuerpo, las dos extremidades superiores, las inferiores y la frente, este apoyo con la faz en tierra hace que se les marque una señal característica. Mostrábase muy tolerante con las tres religiones monoteístas, ya que sostenía que si todos éramos hijos del mismo Dios todos éramos hermanos. Repudiaba los que habían prostituido el Islám, ya que siendo una religión de paz la habían convertido en odio, sangre y muerte. Este era el simpático personaje que nos iba a dirigir por ese dédalo, embrollo y atolladero urbanístico que es la medina de Fez.

Nos mostró primeramente la fachada del Palacio Real, no pudiendo visitar su interior pues a pesar de las promesas reales de cederlo al pueblo todavía no se había dado el caso.

Nuevamente en el vehículo nos dirigió hacia un altozano que coronado por un adarve dominaba toda la ciudad, la cual se ofrecía a nuestra vista de forma panorámica y general. Y a nuestros pies, la medina. La más grande de Marruecos. Más de 600 hectareas y más de 90 kilómetros de calles, callejas, callejones, callejuelas, plazas, plazuelas, plazoletas, rincones, recodos y recovecos. Algunos tan estrechos que teníamos necesidad de pasar de lado, y las calles más anchas apenas cabían dos o tres personas al mismo tiempo. Este cronista era la tercera vez que visitaba la medina, y apreció que permanecía tal cual como la primera vez que la vio hace 25 años, anclada en el paso del tiempo parecía estar sumergida en el medioveo, o en los cuentos de las Mil y Una Noche. Tan solo una cosa se veía que mutaba a gran velocidad y era el cambio de la artesanía típica marroquí por productos importados del lejano oriente.

Comenzamos a recorrer y admirar todo aquel barullo, tanto de gente como de callejones, y como viésemos que siempre nos seguía una persona, el guía disipó nuestros temores diciéndonos que pertenecía a la policía turística y cuya misión consistía en velar por nuestra seguridad y que no nos perdiésemos. Y efectivamente, todo el día realizó la misión que en otras ocasiones tiene encomendada el ausente mosen Julio. En numerosas coyunturas  entablamos conversación con él, mostrándose afable y solícito.

No tiene nada que decir que si aquello pertenece a otro mundo para las damas aquello era el paraíso. Quien conoce a las madonas donna Charo, donna Carmina y donna Rosa sobre todo sabrán a que me refiero. Tan solo donna Raquel y donna Isabel se mantenían más comedidas en las tasaciones comerciales que el ambiente les ofrecía. Había que ver el goce y disfrute de las tres damas restantes con los diferentes regateos y chalaneos que los seguidores de Mercurio en la medina poblaban.  Toda su ilusión era conseguir un puf, o asiento típico marroquí, de unas determinadas dimensiones y platos de cerámica.

Y pasaban las horas y nosotros viendo el deambular de los fesíes, sus conversaciones en animada algarabía, su afán por vendernos sus productos, nuestros estómagos reclamaban ya el correspondiente sustento. Abdul nos llevó a un restaurante que por fuera no mostraba el esplendor y magnificencia de su interior. Bellamente decoradas sus paredes con azulejos típicos y arabescos, las columnas del patio con unos soberbios capiteles soportaban los aposentos superiores con celosías bellamente decoradas. El ambiente era de ensueño. La comida muy bien servida. Apetitosa y abundante, aunque no con la exageración del día anterior. Y además regada con cerveza. Ya se sabe la dificultad que entraña conseguir esta bebida en los países árabes.

Puestos nuevamente en el bullicio mercantil las tres dóminas netamente consumidoras, y tras muchos regateos adquirieron los famosos platos, que por su tamaño eran bastante pesados, y allá fueron a cargárselos a micer Escuer, conocido, según palabras de donna María José, como “una máquina de placer”, ya que no protesta por nada y da satisfacción por todo.

Apolo en su carro celestial abandonaba el zenit para dirigirse hacia el ocaso, motivo por el cual el guía nos encaminó hacia donde Mustafá había estacionado su carruaje donde se iban a despedir el policía y el guía, ya que ahí acaban su labor. Abdul, antes de la separación nos dedicó unas palabras de agradecimiento por nuestro comportamiento a lo largo de la jornada, y sobre todo mención especial hizo a las dos dóminas que no llevaban pareja, donna Raquel a la que le dedicó un beso muy efusivo y a donna Rosa que la despidió con tres besos, también muy efusivos, además de solicitarle su tarjeta con el número de teléfono.

Faltaba por conocer el barrio judío, y hacia él dirigimos nuestros pasos. Asimismo lleno de tiendas y tenderetes, aunque no tan extenso como la medina. Donna Carmina seguía con su afán de conseguir el puf o asiento moruno y uno que la oyó la tomó del brazo diciéndole que él sabía un sitio donde se podía adquirir a un buen precio. Los demás lo seguimos, pero al ver que la cuestión se demoraba en demasía queríamos volvernos, pero el indígena porfiaba y perseveraba en su afán de mostrarnos el lugar donde se podía adquirir el asiento. Pero la cosa tomó mal cariz cuando nos sacó del barrio y queriéndonos llevar por unas escaleras, que no sabíamos donde podían conducirmos nos negamos rotundamente a seguirlo.

Fuimos paseando lentamente y enfilamos la avenida principal, la cual ya conocíamos, y por ser lugar donde abundaban los cafés decidimos sentarnos en la terraza y aprovechar para las necesidades mingitorias. Acudieron las damas juntas, eso ya se sabe, y al poco rato vinieron muertas de risa ya que los únicos urinarios que poseía el local eran de los de tipo masculino y estar de pie. Nos encaminamos a otro local y este sí que poseía excusado adaptados a las féminas, y parecer ser que en muy buen estado, muy limpios y aseados.

Más hete aquí que cuando estábamos a punto de retirarnos al hotel, y muy cerca del mismo vimos una tienda en la cual se exhibían y vendían platos iguales a los que las dóminas habían adquirido por 250 dírhams  se podían adquirir por 75 dirhams. ¡Y encima los habíamos porteado durante toda la jornada!. ¡Esto dice mucho del espíritu mercantil de algunas personas!

Recogidos en el hotel y al subir a nuestros aposentos, apreciamos que el equipaje de mosen Pepe y donna Charo estaba en el pasillo. Bajando éstos a cuestionar el motivo, el recepcionista deshacíase en disculpas, como asimismo el director del establecimiento. La causa era que como les iban a cambiar de habitación, bien la limpiadora, bien el siguiente huésped, no se supo quien, desalojó el aposento y colocó la valija en el pasillo donde permaneció todo el día.

Mosen Pepe solo quería saber el motivo y quién lo había hecho, pero a pesar de sus constantes negativas el director, y para resarcirles del malestar causado les ubicó en la suite principal del establecimiento con la firme oposición de mosen Pepe que no deseaba tal aposento sino simplemente conocer quién había realizado tal cosa. Siendo la suite nupcial, lo que pasase aquella noche permanece oculto en los secretos de la Historia.

Y sin más sucesos que contar y referir y después de la cena nos retiramos a nuestros aposentos a disfrutar de un merecido descanso, que ya se sabe que la vida del turista es muy dura.

 

 

 

 

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