Posteado por: escuer | 12 febrero 2016

EL MOGOTE Y LOS NACIMIENTOS.- Por José P. Bohoyo

     2- 1- 16.

     He de entonar un sentido “mea culpa” porque no puedo comenzar esta reseña con el consabido “a las nueve en punto hora moruga en Ifeca…”  Una inoportuna llamada al móvil fue la causa de que este cronista accidental y Charo, su mujer, llegaran con cinco imperdonables minutos de retraso. Allá nos aguardaban Cecilio e Isabel, Juan y Mª Carmen, Lino y Charo, Rosa, Tomás y Mª Luz.

      Por suerte el día se presentaba radiante y sin darle más importancia el grupo ocupó los coches y nos pusimos en marcha hasta llegar al Restaurante El Cortijo (o Parapente en versión Palo-Corto) en el término de Algodonales.

     No es necesario incidir demasiado en la sana alegría, la variedad en las consumiciones, el buen humor de todos y el echar de menos a quienes no pudieron acompañarnos.

     Retrocedimos para enfilar la carretera de La Muela y sufrir tanto su estrechez como sus numerosas curvas.  En cualquier caso, un poco más tarde tras dejar atrás el pueblo de la Muela, tomamos el carril que sube al Mogote durante unos 3 Km hasta llegar a la 2ª área de descanso, donde se quedaron los coches.

     Botas, bastones, mochilas, y sobre las 11´15 h iniciamos la marcha por una senda que se abría a la izquierda, bien marcada y razonablemente acondicionada.

     Comenzamos el ascenso dejando atrás añosas encinas de inclinados troncos. Una de ellas fue bautizada como “la encina indolente”, por su arriesgada postura. La foto del grupo se hizo imprescindible. Continuamos atravesando numerosas pedreras con cuidado para no resbalar en los peligrosos cantos rodados y disfrutando del verde paisaje que se iba agrandando a la vez que íbamos alcanzando mayor altura.

     Continuamos la ascensión al Mogote en el sentido de las agujas del reloj, con alguna que otra parada geográfica intentando identificar los parajes y cimas que iban surgiendo con las distintas perspectivas que se nos ofrecían al ir ganando altura. Es cierto que para las fechas en las que estamos y a pesar de la falta de lluvias, toda la montaña está magnífica, lujuriante en sus múltiples tonalidades de verde, roto a veces con el blanco ceniciento de los roquedos y los escarpados cortados en los que tienen seguro refugio las numerosas formaciones de buitres que en esta soleada mañana planean majestuosamente sobre nosotros aprovechando las corrientes térmicas que les permiten trazar repetidos círculos sin aletear apenas. Echamos de menos a Julio y su proverbial cariño por todo ser vivo, que detecta antes que nadie.

    La trocha se empina cada vez más. Encontramos dos parejas que han equivocado la ruta. Cecilio se encarga de indicárselo y algo más adelante volveremos a encontrarnos con ellos. Llegamos a un desvío a la izquierda que conduce a un mirador. Mientras el grupo continúa, me quedo unos minutos esperando a Lino que se aligera de ropa de abrigo, que ya con la subida de la temperatura y la caminata, se hace excesiva. Desde el mirador nos meten prisa. Una simpática pareja de extranjeros está esperando a que lleguemos para hacer unas fotos al grupo completo. Posamos ante una valla de madera que protege del peligro del cortado que tenemos detrás. Ha merecido la pena el desvío. Las vistas que se dominan son para no perdérselas.

   Se va haciendo la hora del rengue. Hoy no diremos rengue Juliano por la falta de Julio. Obligaciones familiares le han impedido acompañarnos. Cecilio señala para un poco más adelante la parada y la hacemos en un claro limpio de maleza acondicionado para que puedan dar la vuelta los coches que lleguen por un carril que allí se inicia. Un pequeño grupo de excursionistas, llega poco después.

     Salen a relucir las viandas y el buen apetito que rápidamente aligeran de peso las mochilas y confortan el estómago. Intercambio de delicadezas por parte de todos, y nuevamente en marcha por el carril que tiene una suave bajada hasta encontrarse con otro que tomamos a la izquierda y que nos ha de llevar a nuestro destino tras una respetable subida.

     Una meseta totalmente limpia de maleza, unas instalaciones contraincendios con equipos y antenas protegidos con una valla, rampas de lanzamiento de parapentes, instalaciones con mesas, bancos y cobertizos para uso de los aficionados al parapente…  y una vista panorámica que hace olvidar el esfuerzo de la subida. Los pueblos puntean de blanco del paisaje, y sentados en una especie de bancal al que se accede por unas rústicas escalerillas de piedra, parece que estemos en un anfiteatro contemplando el pueblo de Algodonales que se extiende bajo nosotros.

     Vamos un poco pasados de hora, así que el Gran Jefe decide que comiencen la bajada los conductores para regresar al encuentro de los que nos quedamos, y los demás lo hagamos con más tranquilidad. Así se hace, y Cecilio, Juan Bta. y Tomás emprenden el regreso en busca de los coches y los restantes lo hacemos más tranquilos, aprovechando la facilidad de la bajada para charlar de lo divino y lo humano.

    Lino y yo nos adelantamos ligeramente a las mujeres, y como es el primer día que coincidimos, tenemos ocasión de intercambiar sobre nuestras respectivas vida y milagros. Al pasar por un determinado lugar, le comento a Lino el episodio de una anterior subida nocturna del grupo al Mogote: llevábamos ya buen trecho caminando y decidimos parar en unas piedras al lado del camino para tomar el rengue. Había un par de coches de la Guardia Civil que nos habían adelantado anteriormente y una especie de lona enrollada en el suelo. Uno de los agentes nos comentó que la lona cubría el cadáver de un parapentista que se había estrellado contra el suelo. La impresión nos quitó instantáneamente el apetito, y, muy afectados, continuamos la marcha comentando la tragedia.

     Poco después, los coches nos recogieron, cambiamos las botas por un calzado más ligero para descanso de los pies y ya con el deber cumplido nos dirigimos al mismo Restaurante del desayuno donde a la manera del Palo-Corto repusimos fuerzas ante unas agradables raciones de revueltos de espárragos con ajetes y caldereta regadas con unas frescas jarras de cerveza.

     Comentarios agradables e incluso jocosos como siempre pasa en estas ocasiones, y vuelta a casa donde la ducha y la ropa cómoda nos esperan… y hasta la próxima marcha Moruga.

                                                                                                                                               Pepe

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