Posteado por: escuer | 21 marzo 2016

OJO DEL MORO-TAVIZNA. Por Cecilio Lorente

 

 

Benaocaz, Ojo del Moro, Azanalmara, Tavizna.

 

Esta crónica del sábado 12 de marzo de 2016,no debería estar escrita por mí, y bien que lo siento, pero la baja forma de los cronistas oficiales nos obligan a Pepe Pérez y a mí a prodigarnos en estos menesteres más de lo que desearíamos, esperamos y deseamos que sea una situación pasajera.

De partida, sin embargo, contábamos con Rafael Escuer nuestro insigne vate, así como también con Carmina, Charo y Lino, Charo y Pepe, Tomás, Rosa, Rosalía, Raquel, Julio, Isabel y Cecilio que, puntuales como siempre, partimos de ifeca hacia El Bosque donde el afamado ventero Eloy nos atendió tan cordialmente como acostumbra.

Repuestos los ánimos y las fuerzas, comenzamos nuestra ruta en Benaocaz hacia las once y cuarto, con un excelente y luminoso día. Tomamos el sendero del Ojo del Moro y cruzamos el pequeño puente de piedra que cruza el Arroyo Pajaruco con sus cantarinas aguas.

Pasada una restaurada calera, tomamos la empinada vereda que asciende hacia el Ojo del Moro, a cuyo pie llegamos rápidamente. En este punto son obligadas las fotos hacia La Silla o Benaocaz, así como trepar hasta la parte superior del pétreo arco, cosa que hicimos Raquel, Tomás y yo mismo.

entraña más riesgo. Rafael y Carmina deciden en este punto regresar por donde hemos venido y volverse a Benaocaz, no parecen estar en la mejor forma para afrontar lo que queda de jornada, que todavía es mucho y cambian sus planes. Nos decimos adiós y reemprendemos la marcha en dirección al Hondón.

La bajada está bien marcada, pero la vereda presenta un firme muy irregular con abundancia de pequeñas lajas que hacen lento el camino.  Hacemos el rengue juliano al abrigo  de unas llamativas formaciones rocosas con delicados equilibrios. Continuamos la bajada y poco a poco vamos perdiendo altura hasta llegar a una casa derruida que marca el inicio de un extenso y verde prado que nos dejará al pie del Nacimiento del Hondón.

Las panorámicas hacia la Silla o hacia el Salto del Cabrero se hacen ahora más diáfanas y a nuestra espalda queda ahora la abrupta bajada que hemos realizado.

Cruzar el arroyo del Nacimiento por un largo tronco, que hace las veces de puente, pone a prueba la gallardía de la tropa porque se mueve y no resulta excesivamente ancho como para pasar sin poner la debida atención. Alguno prefiere vadear el arroyo por donde puede.

Luego el carril asciende una dura cuesta, allí acude un  pequeño y lanudo borrico, que no es recibido con mucho entusiasmo por las damas que recuerdan las últimas experiencias de Carmen y María José con los tan alabados jumentos.

Una vez descendemos al Hondón, donde se unen los arroyos del Nacimiento y el Pajaruco, seguimos el carril que va por la margen izquierda de éste último, hasta  llegar a una angarilla y desviarnos a nuestra izquierda para iniciar una dura y larga subida, al final de la cual veremos Aznalmara.

Se adelantan Lino y Tomás, los demás nos la tomamos con calma. Además la panorámica se abre cada vez más y resulta espectacular por lo que es obligado hacer varias “paradas geográficas” para identificar y admirar todo lo que podemos contemplar: Torreón, San Cristóbal, puerto del Boyar, Sierra del Endrinal, Benaocaz a lo lejos, La Silla, Bornos (muy a lo lejos), Albarracín y a nuestros pies ¡el castillo de Aznalmara!. ¡Una pasada de panorámica!

Lino y Tomás se unen a nosotros y descendemos hacia la loma del Castillo a cuyo pie decidimos sacar las viadas. Mientras el grueso del grupo realiza estos menesteres, Charo, Lino, Tomás y yo subimos a la fortaleza. El ascenso y la bajada son complicados pero las ganas de los que no lo conocen son muchas, así que dicho y hecho. En algo más de media hora estamos de vuelta, con la satisfacción de no dejar nada pendiente y la belleza del lugar impresa en nuestras retinas.

De nuevo en marcha, debemos salvar un tramo dificultoso por la pendiente de bajada y el peligro de un mal resbalón. Luego un par de dudas sobre qué vereda seguir que se solucionan con prontitud y bajamos hacia el arroyo Tavizna rodeando el castillo por su izquierda.

De nuevo cambia el paisaje, ahora se cierra en un estrecho canuto al que descendemos entre quejigos, que dejan paso con rapidez a los árboles y matorrales de ribera. En su tramo final la vereda se abre paso entre los durillos, adelfas y toda clase de arbustos que nos dificultan la marcha, amén de una inoportuna, y supongo que ilegal, valla que nos separa del lecho del río. Un encantador lugar que pone punto y final a esta bella ruta.

Llegados al puentecillo de Tavizna en los Huertezuelos, los chóferes van a buscar los coches a Benaocaz mientras los demás seguimos el carril hasta salir a la venta que hay junto a la carretera de El Bosque a Ubrique, donde nos recogen.

La consabida parada en la Venta Julián y fin de una hermosa jornada de la que no me correspondía a mí dejar constancia.

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