Posteado por: escuer | 29 marzo 2016

EL TAJO DEL ABANICO.-Por Pepe Pérez

EL TAJO DEL ABANICO.  19 — 3– 2016.

Cuentan que a los gitanos “no les gustan los buenos principios”, y alguna razón debe tener esta antigua y sabia raza. Me explico.

El día no se presentaba con los mejores augurios. Las estadísticas daban agua casi segura, y en estas circunstancias ante una salida a la sierra hubimos de pertrecharnos de ropa apropiada, de recambio, de chubasquero, paraguas… en previsión de que tuvieran que ser utilizadas.

A las 9h una valiente y menguada tropa moruga estaba en Ifeca. Cecilio con su coche, Isabel, Tomás, Charo y yo mismo, que por falta y mengua de cronista oficial me veo en la grata tarea de contaros sucintamente las vicisitudes de esta grata jornada.

El consabido desayuno en la venta El Cortijo, y, adelantándonos al domingo de Ramos, sendos manojos de… espárragos para Tomás y para Charo. Muy ricos y cogidos por el vendedor mismo en la sierra, negando la posibilidad de que fueran importados de Marruecos.

Nos ponemos en marcha para llegar a Ronda, para bordearla y aparcar en la barriada de san Francisco, al sur de la ciudad.

Dudas al elegir la indumentaria, porque el tiempo no está demasiado seguro así que comenzamos la marcha abandonando la placita en la que me llama la atención una placa en la fachada de la casa en la que nació el famoso torero Pedro Romero. Avanzamos por una calle que nos ha de llevar hacia un carril de cemento en dirección al Tajo del Abanico, paraje elegido por Cecilio intentando evitar las brumas y el mal tiempo de lugares con más altura. Aun así, no nos libramos de una fina llovizna que durante unos minutos nos hace utilizar los chubasqueros. Por fortuna dura poco y en adelante el día estuvo magnífico, haciendo muy agradable la marcha y el disfrute de todos.

El camino es cómodo y cuesta abajo en un buen trecho, el paisaje verde y arbolado de encinas, quejigos, acebuches y el abundante matorral de la zona. Saludamos a una pareja de extranjeros con la que habríamos de encontrarnos varias veces a lo largo del día y somos adelantados por dos jóvenes más interesadas en hacer la ruta que recrearse en el paisaje.

A nuestra izquierda se levantan imponentes farallones de arenisca que nos parecen artificiales en un primer momento, de tan horizontales y bien colocadas las planas placas que lo forman. Evidentemente son plegamientos que no dejamos de admirar.

El carril se transforma en vereda, pero es cómoda y sin muchas pendientes, lo que nos permite admirar el paisaje a la vez que Cecilio hace fotos y más fotos, alguna de las cuales manda a Morugos y Palocortos con la sana intención de que disfruten también del panorama y del soleado día que tenemos.

Tras dejar atrás una pequeña era empedrada utilizada en la actualidad para observaciones astronómicas, y subiendo por una vereda delicadamente empedrada para salvar un trecho complicado, alcanzamos un cortado excavado por el río que por supuesto no siempre lleva el casi inexistente caudal de ahora. Enfrente, una roca de grandes dimensiones esculpida por el viento y el agua, semeja un gran abanico, de ahí el nombre del Tajo. El Tajo desde lo alto impone. El río que ahora se muestran tan humilde, con apenas algunos charquillos que dan fe de su existencia, ha sido capaz de excavar un cauce sinuoso entre tremendos farallones, cuyas rocas simulan edificios, murallas, animales, afiladas quillas de grandes buques… y con oquedades que en ocasiones sirven de cobijo a buitreras y nidos de esquivas rapaces.

Atravesamos el cauce del río por una cómoda senda recientemente limpiada de maleza y que nos lleva a una gruta natural formada en un farallón. Unos cuantos senderistas descansan tomando un refrigerio para seguir camino en dirección a Alpandeire. Paramos unos minutos y continuamos poco más de un km. para dar cuenta del consabido rengue. No estaba Julio, pero el jefe proveyó del vinito que, en esas ocasiones, junto a los frutos secos y algún que otro aditamento, reconforta y alegra el ánimo.

Emprendemos el camino del regreso con la idea de repetir y acaso ampliar el circuito en otra ocasión acompañados de los morugos que esta vez no han podido acompañarnos.

Coincidimos nuevamente con la pareja de extranjeros y un pastor con su rebaño de ovejas compone la nota bucólica de la tarde en el sendero. Continuamos, desechando la idea de desviarnos a Lourdes, una mansión visitada en otras ocasiones, pero con el acceso cortado según le informaron a Cecilio previamente.

Aprovechando un claro soleado, nos acomodamos para dar cuenta del bocadillo. La hora y la caminata ya lo demandaban. A continuación, nos desviamos hacia la izquierda para tener una mejor panorámica de Ronda y su famoso Tajo. Una esbelta torre de planta rectangular y cuatro pisos de altura permite a través de los huecos de sus ventanas una inmejorable perspectiva de Ronda y su entorno.

Retrocedemos hacia la ciudad. Isabel y Cecilio por el camino correspondiente. Más aguerridos, Tomás Charo y yo atajamos por un campo de habas seguido de otro de trigo. Bien es verdad que lo hicimos con cuidado para no hacer daño a las plantas, pero nuestras botas acumularon un barro pegajoso que en casa fue laborioso retirar.

Parecía pronto para volver a Jerez, así que decidimos tomar una merecida cerveza y dar un paseo por Ronda, atestada de turistas como siempre y como siempre también admirando sus calles, sus jardines, el Tajo, la plaza de toros, sus iglesias y en definitiva, su conjunto, antes de volver a casa en busca de la ducha y el descanso.

Pepe

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