Posteado por: Antonio | 13 abril 2016

SENDA DE LOS PRISIONEROS – ARROYO DE LA MIEL.

SENDA DE LOS PRISIONEROS – ARROYO DE LA MIEL. Cronista: Cecilio.

Se anunciaba un día duro, el perfil y la longitud de la ruta así lo presagiaban, pero no obstante fuimos diez de la partida: Juan Bautista, Carmen, Tomás, Rosa, Julio, María José, Raquel, Isabel, Cecilio y ¡Felisa!. Sí, por increíble que parezca ¡Felisa se atrevía con la ruta!

Después de desayunar en La Palmosa, en una de las ventas viejas para evitar el tropel de la venta grande, nos dirigimos a la Barriada del Cobre de Algeciras, entrando por Los Barrios. Allí a las once y diez comenzamos nuestra jornada.

El primer tramo es el carril de entrada hacia el Arroyo de la Miel, por el que pasean los lugareños en busca de la primera cascada, lugar idílico e idóneo para darse un chapuzón. Tomás, neófito en esta ruta, me mira extrañado y se pregunta si el recorrido va a estar amenizado por la chavalería y el “familieo”.  Le tranquilizo y pronto comprueba que tomamos el carril asciende hacia la izquierda y que se dirige a la casa del Huerto del Jazmín.

Al llegar a la semiderruida casa, nos recibe el vocerío de un numeroso grupo de boys scouts, los sobrepasamos y observamos con temor que siguen nuestro camino, pero por fortuna se quedan en un llano realizando juegos. Estamos en el comienzo de la Senda de los Prisioneros, un camino construido por prisioneros de la Guerra Civil, el Batallón  de Trabajadores nº 22, para hacer una línea de defensa del Estrecho ante un posible desembarco Aliado en la II Guerra Mundial.

El carril asciende bruscamente y el paso se hace muy lento, claro que las numerosas paradas se aprovechan para contemplar el maravilloso paisaje que abarca desde la Sierra del Pinar y toda la Serranía de Ronda, hasta el Mediterráneo, con la Bahía de Algeciras a nuestros pies, y las estribaciones del Rif africano con el Yebel Musa en primer término. Un maravilloso panorama en un espectacular día, con un  mar azul intenso que contrasta en la Bahía con el blanco luminoso de las casas de Gibraltar y de Algeciras.

Cuando terminamos de subir el Sendero y llegamos al Monte de Comares, un cartel explicativo nos señala los puntos que podemos divisar desde allí. Han sido más de cuatro kilómetros de subida y alguna lo ha acusado, no precisamente Felisa que parece muy en forma. Llega el momento de reponer fuerzas con el obligado rengue juliano que a todos nos viene muy bien. Una joven pareja nos adelanta, ella viste pantalón corto y los dos van ligeros de equipaje, nos saludan, no preguntan nada y siguen su camino.

Terminado el descanso, un cartel de “fin del sendero”  y unos hitos que parecen señalar el inicio de una vereda que desciende hacia la derecha, nos aconsejan dejar el carril. La memoria que en principio nos falla, pronto acude a confirmarnos que vamos bien, y nos introducimos en el bosque. Al principio abundan las jaras y los brezos, salpicados con algunos madroños, luego los alcornoques y quejigos.

Cruzamos numerosos arroyos cuya presencia nos anuncian sus cantarinas aguas, salvamos algunas zonas de barrizal y nos sumergimos en un precioso alcornocal tapizado de helechos jóvenes.

El ascenso hacia el carril de las Corzas es llevadero al principio y la magia del lugar lo hace todavía más. Cuatro o cinco eucaliptos anuncian la presencia de una casa semiderruida que marca el inicio de una dura cuesta. Tomás se adelanta, le sigue Felisa, Mª José sorprendida exclama:   ¡Mira Felisa que marcha lleva! ¡Mañana me apunto yo a la meditación trascendental!

Este tramo se hace muy duro y el merecido descanso llegados al Puerto de la Higuera viene muy bien. Comemos y reponemos fuerzas, llevamos siete kilómetros y son las tres de la tarde, sin embargo, y aun sabiendo lo que nos queda, no cunde el desánimo sino todo lo contrario, no tenemos prisa, hace un día maravilloso y nos está encantando el recorrido.

Los tres kilómetros del carril de Las Corzas los hacemos a un ritmo muy vivo, encabezados por Tomás que parece haber estado por aquí toda su vida. Solo nos detenemos en el mirador desde el que la Bahía y el Peñón se enmarcan en la V del valle del Arroyo de la Miel en otra más de las postales que podemos admirar hoy.

Abandonamos el carril justo antes de llegar al puerto de la Zarza y nos sumergimos de nuevo en el bosque de alcornoques faldeando por el Cerro de las Esclarecidas. Los brezos y los helechos tapizan el alcornocal, luego atravesamos una zona de jaras y el paisaje se abre permitiéndonos contemplar el recorrido que hemos realizado hasta ahora por el otro lado del valle. Nos asombramos de lo que hemos hecho y solo pensamos en disfrutar lo que falta.

La pronunciada bajada hace que los helechos nos cubran lo que añade más encanto al recorrido. Cruzamos un arroyo y descendemos bruscamente por un terreno que sigue una estrecha vereda que a veces se hace resbaladiza. El paso se ralentiza por el temor a un traspiés o una caída.

Rememoramos algunos lugares a nuestro paso por ellos: el sitio donde los Morugos hemos hecho el rengue otras veces y donde Escuer nos obsequió con tortilla de conejo, la gran piedra que parece un dolmen, el gigantesco quejigo tapizado de helechos y con enormes enredaderas colgantes…

Y es aquí, al pie del enorme quejigo, donde abandonamos la vereda y buscamos el Río de la Miel que baja con abundante caudal.

Cruzarlo es una pequeña odisea  que cada uno salva a su manera o con ayuda de otros. Julio, con su largas piernas, ve fácil hacerlo de piedra en piedra, Isabel que no tiene ganas de quitarse las botas, también  salva el río de piedra en piedra con la ayuda de Cecilio. Los demás se descalzan y pasan al otro lado, bien solos o con la ayuda de Julio,¡ excepto Felisa que cual gamo saltarín salva el arroyo en un santiamén! ¡Y además la jodía se dedica a grabar a los demás mientras se ríe divertida de las penurias que están pasando! ¡Ay la Meditación Trascendental!

De nuevo en marcha seguimos por la vereda de la margen derecha y pronto llegamos a una cascada grande. Un hermoso rincón del que apenas disfrutan las que tienen miedo de asomarse, más aún cuando en este sitio la vereda tiene un punto  un poco peligroso en el que hay que tener cuidado.

El recorrido está jalonado ahora de rododendros,  alisos y adelfas que se entremezclan con el alcornocal y los quejigos. Numerosos rápidos y remansos se suceden y el rielar de las aguas embellece nuestro camino.

Pero son muchas horas andado y las ganas por llegar de nuevo al carril de salida se acrecientan. Cruzar de nuevo el río parece una broma del jefe, pero no, es verdad y con una paciencia digna del Santo Job volvemos a descalzarnos, todos menos Julio que, gallego él, sigue errre que erre con  lo de ir de piedra en piedra. Claro que esta vez un inoportuno resbalón le hace meter los dos pies en el agua.

Salvado este penúltimo escollo, pronto llegamos a la última cascada, un hermoso rincón en el que muchachos jóvenes se dan un buen chapuzón. El hermoso lugar apenas merece algunas miradas y comentarios, tal es el cansancio acumulado. Un poco más allá nos recibe el Molino del Águila, semiderruido pero poderoso y orgulloso de su pasado, tampoco merece mucho aprecio.

El disgregado grupo solo se calma cuando alcanzamos el puente medieval que anuncia el ansiado carril . Aquí si nos reagrupamos y con buen ánimo iniciamos el tramo final que habría de conducirnos a los coches. Eran las ocho de la tarde cuando llegamos a ellos después de casi nueve horas de caminata para los 16,2 km, en un espléndido día del que todos quedamos muy satisfechos.

 

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