Posteado por: Antonio | 2 junio 2016

VIAJE A NERJA Y AXARQUIA. Rafael Caro.

EL VIAJE.  PRIMER DIA.

  • Total  gastos……………………………………………. 130 Euros

    Incluyen cervezas, comidas, alojamiento, gasóleo, peajes, museos, etc.

    El Viaje. 1º Día

    Las siete y cuarto de la mañana. Tras el aseo mañanero, Antonio Torres nos esperaba en el coche. El fin de semana del 27 al 29 de mayo de 2016, nos íbamos de excursión a Nerja. Para eso habíamos estado juntando dinero en los encuentros de los viernes y logramos más de 1000 € en total.

     La pandilla Moruga hacía su correspondiente salida. A las siete y cuarto, como decía, nos unimos mi esposa Casti, y yo, al coche de Antonio Torres, con Marina de conductora y Marina hija. Cecilio nos pasó buscando a Felisa, acompañado de su esposa Isabel, Santiago y Dulce. En total, 10 de la panda, nos pusimos en camino hacia el Cortijo, cerca de Algodonales, a desayunar. Allí, y antes de iniciar el desayuno, se nos unirían, Julio, María José, Rafael, Carmina y Rosa, que habían llegado en el coche del primero, y Juan Bautista, Carmen, Pepe y Charo, llegados desde Jerez, en el coche de Juan. Diecinueve en total si las cuentas no fallan.

    En el Cortijo, lugar elegido para desayunar, nos acordaríamos de Adolfo y Marisol y Raquel, faltando los dos primeros por causas mayores, de enfermedad de él, y por la recentísima de muerte de la madre (q.e.p.d.) de Raquel.

    El desayuno se hizo, como siempre, reinando el buen humor que distingue a esta

    pandilla moruguera y con las ganas de diversión después de desayunar, pusimos rumbo a Antequera. La rotura de un vaso y el consiguiente manchón de café de Santiago provocaron la hilaridad de los miembros, siempre prestos a reír de su mismísima sombra.

    Sigamos el fidelísimo relato. Del Cortijo, y tras el desayuno, nos pondríamos rumbo a Antequera. El pláning con las horas se estaba cumpliendo a rajatabla y como en él se decía que la llegada al aparcamiento de los dólmenes estaba prevista a las 10:45, a esa hora llegamos. Esperando al guía, busqué lo que están pensando mis lectores y lo encontré y saliendo de él, observé a una mujer metidita en carnes que me saludó. A renglón seguido me daría la sorpresa de ser nuestra guía. Tras los saludos de rigor, nos introdujo en los dólmenes.

    Previamente, nos llevó a una sala de proyecciones donde vimos la construcción del dolmen de Menga y nos habló del inminente nombramiento de éste como patrimonio de la humanidad.

    Acabada la proyección, fuimos andando hacia el lugar en que se habían localizado dos dólmenes, pasando antes por un reloj solar y por un orientador en el suelo, con los cuatro puntos cardinales. La inmensa mayoría de los dólmenes hallados se encuentran mirando al Este, pero el de Menga tiene la dirección puesta en el Peñón de los Enamorados. Quién sabe por qué.

    Entramos en él. Impresionante. Las paredes, formadas por gruesas piedras de arenisca, la techumbre, formada por losas enormes del mismo material y sujetas por unos pilares fuertes, accedían a un pozo profundo, que en el final del dolmen se hallaba.

  • En total más de 27 metros de tumba. En dos palabras y como diría Jesulín, el filósofo de Ubrique: ¡Im-presionante!

    De allí y después de hacernos la clásica fotito con las manos formando un dolmen, nos dirigimos al de Romeral, bastante menor que el de Menga, pero también igual que este, serviría de enterramiento.

    Visitado el lugar, nos fuimos a Antequera. Aparcamos los coches en un sitio hecho ad-hoc para ello y pusimos rumbo al museo-convento de las Descalzas.

    Estuvimos apreciando su portada, barroca, con ladrillos vistos pero no entramos al museo. La guía nos estuvo hablando del convento y de paso nos habló de los múltiples conventos de la localidad: 31 ni uno más ni uno menos. Y es que Antequera me asombró y me embrujó.

    Es de esos poblachones andaluces que los tienes tan a mano que no los visitas nunca. Del lugar nos fuimos hacia arriba, buscando la Alcazaba. Como algunos daban muestras de cansancio para subir tan empinada cuesta, nos dirigimos al museo de la localidad. No sabe uno qué decir que le gustara más, si el continente o el contenido. En el palacio de Nájera se encuentra el museo arqueológico de la ciudad.

    También el museo se halla dedicado a la pintura de dos importantes hijos de la localidad y al arte sacro de la misma. Al menos esas dos salas visitamos junto a los recuerdos romanos que en él pudimos ver. A mi pregunta de que de Roma hubiésemos pasado al arte sacro sin ver a los árabes por ningún sitio, la guía fue explícita en su respuesta. El arte árabe lo vería representado en la alcazaba.

    Después de las tumbas romanas, los vasos y las estelas, me gustó el Efebo de Antequera (escultura romana, de bronce vaciado) y el San Francisco de Asís de Pedro de Mena, pasando por las pinturas de José Mª Fernández y Cristóbal Toral. Del primero solo sé decir, que me sentí impresionado de su vida y de su obra. Ahí es nada que la mujer, muerta de tuberculosis, y los cuatro hijos y la madre fueran perdidos por este hombre en escaso poco tiempo. ¡Qué dureza de vida tuvo que soportar! Lo de Toral es otra cosa.

    Cristóbal Toral nació en Torre Alhaquime (Cádiz) y recién nacido casi, se vino a Antequera. Es un autodidacta y hubiese sido campesino, como su padre. Las maletas en su obra, algo querrán decir. Me gustaron sus obras, “las Meninas”, el emigrante muerto y una mujer donde se aprecia la perspectiva que tenía – y tiene – el pintor.

    Decir que el museo me gustó es decir poco. Sobre todo porque sus pisos los subí y los bajé por ascensor. Cosa que no todos pueden decir lo mismo. Los lisiados, ya se sabe…

    Salimos del museo y pusimos rumbo a la iglesia-parroquia de San Sebastián. De la plaza, de la iglesia y del arco que nos circundaba no voy a decir nada por no ser prolijo. Solo decir que es magnífica la iglesia y los alrededores. La plazuela, en su tiempo, fue coso de corridas de toro y vivienda de la gente de abolengo. Hoy es una plaza más, cobijada por la airosa torre de San Sebastián.

    De allí, como estábamos pidiendo una cerveza más de uno, por ser hora avanzada en el horario, volvimos a la plaza del Coso y sentados, frente al museo, dieron cuenta de una cerveza. Y digo “dieron” porque yo, junto a Cecilio e Isabel, Juan y Julio, puse a prueba mi rodilla y subí a la Iglesia de Santa María la Mayor, junto a la alcazaba.

    Ahí es nada. No me quejé y la rodilla parece que se va fortaleciendo.

    Cuando volvimos, la gente había tomado el refrigerio junto con la guía, quien, en animada charla, nos explicó el sentido de la frase “Salga el sol por Antequera”, la fuente que por allí había, don Fernando de Antequera y todo cuanto se le solicitó.

    Efectivamente era una mujer muy versada o quizás, como lo tiene tan trillado, se explayó narrándolo. De cualquier forma, resultó muy amena. A mí, al menos, me lo pareció.

  • Le pagamos despidiéndonos de ella y a buscar los coches porque el tiempo se nos echaba encima. Los cinco que habíamos estado en Santa María la Mayor no

    tomaríamos la cerveza. Ocasión habría.

    Al recoger los coches, como eran las dos de la tarde, coincidimos con la salida de las clases y nuestro paso por un colegio se nos hizo premioso. Más, cuando fuimos a recoger los autos, porque había montado un cirio de mil demonios. En fin como todo tiene su fin, montamos en coche y pusimos rumbo a la “Yedra”, que era como se llamaba la Venta-Restaurante contratada para comer.

    Al llegar a ella, vimos que esperaban a un grupo de 51, y a nosotros nos daban por ahí. Fui a tomar una cerveza, mientras esperaba acontecimientos. Juan Bautista, todo preocupado, preguntó por un tal Mario que era quien había cogido la razón por teléfono. Se arregló la confusión. No se trataba de un grupo de 51 sino de 21 y efectivamente, por allí llegaron Elías y Carmen a comer que se unían al grupo. Ya éramos 21, los “Morugos” desplazados y que completaban a los 19, que habíamos salido desde Jerez.

    Comimos mejor que bien y ya todos satisfechos celebrábamos la salida del ventero y éramos felices, como se esperaba de grupo tan bien avenido. Lástima de los tres que se habían quedado en casa. Volvimos a añorarlos.

    Terminada la comida, nos pusimos en marcha para Nerja. Esta vez, mi esposa, Felisa y yo, cambiamos de coche, para no abandonar en lo sucesivo a Cecilio e Isabel.

    ¿Qué por qué lo hicimos? Aun me lo pregunto, pero en fin: lo cierto es que cambiamos y ya nos subiríamos con Elías y Carmen hasta pasada Manilva en la vuelta. Al trío Torres, los dejamos solos, mientras Elías llevaba a Santiago y Dulce.

    El camino a los chalés, se nos hizo monótono. Sería que por haber comido y por ser la hora de la siesta no teníamos ganas de cháchara.

    Llegamos a la Urbanización “El Capistrano”. Previamente, Cecilio se perdió y dimos una vuelta por el Oasis Capistrano, pero viendo que no era allí, enderezamos el rumbo y nos fuimos a “Capistrano Village”. Tampoco vimos la recepción y dimos una vuelta por allá. ¡Dita sea! ¿Pero dónde demonios queda eso? Preguntamos a alguien y nos aclaró que estábamos allí. A un paso de la recepción. Abandonamos el coche y fuimos andando a recepción. ¡Los demás no habían llegado aún! Y eso que por mirar a Elías, habíamos perdido “ruta y sendero”, y cuando creíamos que éramos los últimos en llegar, habíamos llegado los primeros.

    En recepción nos tomaron reseña. Mi esposa, como en ella es natural, se había dejado su carnet en casa. Menos mal que yo llevo acompañándome un carnet de la Junta de Andalucía de ella, que si no…

    Poco a poco, como a cuentagotas, fueron llegando. Allí estábamos todos y unos antes y otros después, nos fueron tomando la filiación. ¿Por qué se tardaba tanto en entrar en las casas? Allí, junto a la recepción, había una tienda de ropaje veraniego, y fuimos pasando para comprarnos algo. Yo me compré un sombrero porque, según decía mi esposa, iba a quemarme la calva. ¿Qué pasaba que Juan estaba tan serio?

    En tanto fui conociendo el restaurante y el café con las piscinas. Tomé un café. Pero, ¿qué pasaba con las habitaciones? Juan y Cecilio se ocuparon de todo y nos explicaron los problemas que habían tenido que solventar. Para el peculio particular queda y todo medio se arregló. Cogimos los bártulos y nos encaminamos a nuestras respectivas habitaciones.

    Tras horas de discusión se había medio arreglado todo y yo encaminé mis pasos a un Mercadona que por allí había para comprar un cepillo y dentífrico que me olvidé en casa. Estaba solucionado y en vista de que continuaba el pláning nos acercamos a Maro con sus acantilados y sus calas. Todos, no… Los Torres prefirieron quedarse e ir al Mercadona a comprar lo que se necesitaba para la cena.

  • Disfrutamos en los acantilados y un referente, la Torre del Pino, la obviamos porque todo era de tal belleza que las gozábamos todos. Nos colamos en la provincia de Granada y Almuñécar la teníamos a nuestro alcance en la punta de Rostro Gordo. Yo me acordé de Melilla y del campamento del mismo nombre de la Legión. Eran otros tiempos. ¡Pero qué caramba! Apreciar tanta belleza…

    De regreso, un corzo me miraba desafiante. Dije a la gente que callara un minuto, pero ¡qué puñetas iban a callarse! Habían ido allí a disfrutar del paisaje, y a fe, que disfrutaron. Se hacía de noche y la pareja de corzos huyó en cuanto nos sintió.

    Era hora de volver a casa.

    A alguien se le ocurrió la idea de visitar el Balcón de Europa.

    Tras la visita a los acantilados de Maro y después de hacer tropecientas fotos, regresamos al hogar de Cecilio y mío. Allí montamos nuestro particular comedor, porque era, al parecer, la casa mejor acondicionada para ello. Marina se trajo los bártulos adquiridos en Mercadona y juntando dos mesas y sentados como Dios nos daba a entender, dimos cuenta de las opíparas viandas, que exageradamente se habían traído de las correspondientes casas jerezanas de cada cual.

    Y así, riéndonos y comiendo de todas las viandas habidas y por haber, alrededor de las once, dimos por terminado el primer día.

    2º Día

    Después de mi correspondiente aseo diario vino mi paseo matinal. No era aún las siete y media. Me paseé por la zona y observé que “Capistrano Village

    era un sitio de privilegio. Un silencio conventual inundaba el contorno y unos hermosos gatos aparecían por doquier. ¿Dije gatos? Pues sí. En todo el viaje no vimos perro alguno pero gatos, vimos un montón. Sobre todo, al día siguiente en Frigiliana. ¡Y sus muestras! (Dícese de las cagadas de gato, que no de perros, porque estos están en Jerez, en la proporción de 1 perro por 5 personas, según nos cuenta la prensa). Como esta crónica no va a hablar de gatos ni de perros, sigamos con el hilo.

    Decía que visité el callado Capistrano y me asombraba de lo cuidado, limpio y florecido que estaba todo. De allí me fui a Nerja y visité lo visitable. Lo que me dio tiempo, porque volví a la Vía Romana, villa Noelia, que nos había caído en suerte.

    Ya los amigos Cecilio e Isabel y mi esposa Casti, se hallaban enredados con el desayuno.

    Desayuné y nos fuimos los cuatro a buscar a la gente, que ya esperaba a las dos “niñas”.

    Cecilio, amablemente, fue a por ellas. Eran las nueve y cuarto cuando salimos rumbo a visitar pueblecillos de la Axarquía malagueña.

    La Axarquía de ser la zona deprimida de Málaga y me atrevería a decir de España, se ha convertido en vuelta de unos años, por mor de los ricos vecinos del norte y centro de Europa, que la habitan, en una región si no rica, sí bastante próspera. Es un inmenso caserío que hay edificado anárquicamente el que hay en sus tierras y en sus sierras.

     Pasamos por Algarrobo y por la carretera que nos lleva a Cómpeta, fuimos buscando Sayalonga. Precioso pueblo, donde hicimos la primera parada.

    Aparcamos en Sayalonga, nada más iniciarse el pueblo, en un parking disuasorio que hay a la entrada del mismo, junto a un parque infantil. Subimos y nos llamó la atención una parra vieja que había traspasado una edificación. No sabemos si la casa fue hecha en función de la parra o viceversa. El caso es que resultó curioso ver como ésta atravesaba dos suelos de terraza, estando plantada en el suelo y albergando la azotea dando sombra a la misma. Después de inmortalizar el tronco de vid, subimos al centro.

    ¿Dije subir? ¡Joder, con los pueblos que visitamos! Todos estaban construidos siguiendo la ladera y subíamos y bajábamos que era un contento vernos.

    Accedimos a la placita, donde estaba el ayuntamiento y vimos unos mosaicos que en los pueblos malagueños son testigos de su historia y que en Frigiliana me harté de fotografiar. Como era muy temprano aún, no entramos a bar alguno.

    De la plaza, nos encajamos al Cementerio. Cuando menos, curioso. Curioso por la construcción en sí y por la limpieza y cuidado en todo. Sobre todo en sus jardines.

    Y de allí, fotografiando cada rincón florido, nos acercamos a una iglesita, que debía ser preciosa pero que estaba cerrada. Pasamos por un estrecho callejón de 57 cm.

    de ancho en la parte más estrecha. A instancias de una señora, muy amable, nos indicó un lugar, inducidos por ella, con unas vistas preciosas al valle. El “mirador de Moreras”

    se llamaba porque había plantadas moras blancas y con sus hojas alimentaban los gusanos de seda que en otro tiempo fue fuente de ingresos del lugar.

    ¿Dije fuente? Pues nos quedó por ver la Fuente del Cid, que según cuenta la leyenda, el Cid en una de sus batallas, bebió de ella.

    Y hechas nuestras necesidades primarias, subimos a los coches para visitar el segundo pueblo del día: Árchez.

    Parecía un nacimiento. Todos los pueblecitos juntos daba esa sensación:

    Corumbela, Cómpeta, Canillas de Albaida, Árchez… Tan ensimismados íbamos en el paisaje que se nos pasó la carretera y en lugar de tirar por la de abajo, nos fuimos hacia arriba. Era natural que nos perdiéramos. ¡Una bagatela! En el primer cruce que vimos dimos vueltas a la grupa. Sólo Elías nos siguió. Hubimos de esperar a los demás, y cuando de nuevo nos juntamos, volvimos a Árchez. (¡Isabelita, termina en “z” y no en “s”!)

    Dimos con la plazuela del pueblo. Allí, en un bar, tomamos el refresco mañanero

    y cambiamos al “canario de agua”. Cuando lo hubimos hecho, visitamos el campanario o viejo alminar que junto a la iglesita con artesonado mudéjar, que nada nos decía, y con niños de comunión porque al día siguiente se celebraba el Corpus, dando una vuelta por sus calles, nos fuimos hacia otras metas.

    Salares. ¡Qué pueblo más bonito! Aún guardo en mis retinas la preciosidad de pueblo con que nos encontramos. El ayuntamiento, era feo, impersonal, pero el pueblo era precioso. Primero aparcamos junto al río pero una vez que vinieron todos, nos fuimos a aparcar a una avenida existente al entrar al pueblito.

    Iniciamos nuestro caminar y subimos (¡qué raro!) hacia un lugar indeterminado, guiados por las cerámicas que veíamos en las esquinas. Un alminar, igual que el que habíamos visto en Árchez, nos acolchaba. Y digo bien, porque estaba envuelto en una funda verde de arpillera o así. Estaba en reconstrucción.

    Cualquier rincón era bonito, miraras hacia donde mirases: flores, paredes encaladas, escalones floridos… Ni un perro, ni un niño. Una mujer se afanaba en su casa barriendo o yo no sé qué. Al entrar las mujeres para hacerle una foto al patio, la mujer, dejó escapar un acento de extranjera, que ya, ya…Había venido a Salares buscando tranquilidad… ¡Y bien que la había encontrado! La casa-torreón la vimos por un lado y por otro. ¡Que preciosidad de pueblo!

    • El Vía Crucis de cerámica adornaba todavía más si cabe, las estrechas callejas de la población llena de macetas, tiestos y latas con flores. Y aún quedaba, para mi gusto, lo mejor: el puente árabe o al menos medieval. ¡Qué pasada de puente! Allí sentado, esperé a que los otros llegaran, preguntando a un viejo y a tres mujeres que habían sentados por allá, llegaron todos, cuando ya me iba. ¿Pero, y Rafael? ¡Ya está! Sentado

      en el bar Los Arcos tomaba una cerveza. Naturalmente, que yo lo acompañé, y cuando pensábamos que vendrían por una calle y les veríamos, se habían metido por otra y habían llegado a los coches por otro lugar. ¡Bronca segura de mi esposa! Una más. Y van…

      Tomamos los coches y nos fuimos unos kilómetros más allá: a Sedella.

      El paisaje seguía siendo muy bonito, y cualquier rincón merecía una foto. Las estribaciones de las sierras de Tejeda, Alhama y Almijara, nos contemplaban. Las viñas y los olivos, sembrados en las laderas y cultivados Dios sabe cómo llamaban nuestra atención y allá al fondo, con sus paredes reblanquidas el gran coloso de la Sierra de Tejeda: la Maroma. Aún me parece mentira que el año del Señor de 2005, el 5 de Mayo, hubiéramos subido para no ver nada, porque la niebla nos lo impedía, mi esposa,

      Cecilio, Isabel y yo. ¡Qué machada! Para nosotros queda. Pero viendo la Maroma tantas veces a los cuatro nos parecía mentira que lo hubiéramos coronado. Hace de eso, 11 años. Hoy ya no sirvo ni para hacer escobas.

      Llegamos a Sedella (“Sé de ella”, según cuentan que Isabel la Católica dijo cuando le hablaron de la victoria de su marido en una batalla frente a los moros), y lo primero que hicimos fue aparcar los coches a la sombra. Comenzaba a hacer calor.

      Yo iba a subir al pueblo, que estaba en obras, por un camino. Carmina me seguía y mi mujer me abroncó porque no iba con los demás. Cambié de ruta y subí con los demás unas rudas rampas. Algunos, no sé quiénes, se quedaron en tierra, temiendo a la subida. Mi rodilla respondía de maravilla. Subimos a la plaza y delante de la iglesia nos hicimos una foto (y van…) para bajar por el camino que yo iba a subir y que mi esposa no me dejó. En fin…

      Bien porque el pueblo no daba para más bien porque ya los estómagos no estaban para seguir, optamos por no continuar y seguir hasta Canillas de Aceituno y tomar la variante al Camping de Viñuelas, lugar elegido para comer aquel mediodía.

      Llegamos al comedor del camping y nos lo encontramos atestado. Las comuniones, un bautizo y los que había por allí diseminados, sumados a los 21 Morugos jerezanos, dejaban chico el salón que por otra parte, era enorme. ¿Cómo sería posible que dieran de comer a tanta gente? Pues no sólo dieron de comer sino que no hubo impedimento alguno y cada cual pidió lo que le apeteció y fue el servicio mejor que bien. Estuvo bien cobrado, pero no se puede pedir más.

      A los postres, el cielo se oscureció y unos nubarrones de tormenta se asentaban sobre la Maroma y Zafarraya. Sin duda nos caería encima. En Jerez, según las hijas de Julio, había diluviado. Mi hija, en Lebrija, decía que estaba por llover. Laura, la hija de Cecilio, en Zahora, decía más o menos. O sea, el parte meteorológico. Pues allí iba a caer la tormenta, ¡ea!

      Nos desanimó Vélez-Málaga. Todos cuantos íbamos a la excursión la conocíamos y la visita a Vélez la cambiaríamos por una visita a Nerja. A cualquiera que se le dijese que habíamos parado en Nerja y no la visitamos es casi pecado. El día anterior porque llegamos cansados y el reparto de las casas se hizo premioso. Por la noche íbamos a visitar el Balcón de Europa, y cuando viajábamos hacia él, una llamada telefónica, nos quitó la intención y fuimos a casa a cenar y dormir. Antonio Torres y Marina, madre e hija, fueron las armas blandidas por los que dudaban. Realmente estaba

      bien que no lo visitáramos en aquel momento, ahítos de ver tanta belleza como habíamos visto en el atardecer de Maro. Además, era de noche y no podríamos ver nada del Balcón. Total, que a petición popular, se cambió la normativa de ver Vélez y en su lugar ir a Nerja.

      Los coches echaban chispas, cuando llegamos a Nerja. Las cinco más o menos serían, la hora prevista de llegada a Vélez. Bueno, ¿y qué pasa si no se cumple el pláning? Pues no se cumple y en paz. El caso es pasarlo bien y lo estábamos pasando mejor que bien. A hacer puñetas Vélez-Málaga.

      Aparcamos donde Dios nos dio a entender y bajados de los coches fuimos buscando el Balcón de Europa. No lo hallamos y comenzó a chispear. El mar estaba embravecido. Cuando vi que se decepcionaban algunos, corrí a buscar el dichoso Balcón. Por la calle me llovió, pero yo, inasequible, continué buscando el Balcón de Europa. Anduve por una avenida, desemboqué en una calleja comercial y girando a mi derecha di con una gran plaza donde se encontraba el ansiado Balcón y la Iglesia del Salvador.

      Una vez encontrado, volví donde me esperaban. Llovía a ratos. Encontré a mi esposa, triste donde las hubiera, y me acerqué al bar donde me esperaban y esperaban que escampara. Yo les dije que había encontrado el Balcón de Europa…

      Fuimos donde estaba situado y ya había cesado de llover. Mi esposa perdió un ganchillo de pelo o algo por el estilo. Yo busqué para ganar su perdón pero nada.

      Paseamos por el balcón y vimos la escultura de Alfonso XII y sendos cañones. Las risas y las bromas, las chanzas continuas fue la tónica general de la visita al Balcón de Europa, nombre puesto por este rey cuando visitó Nerja.

      Hartos de pasear, a instancias de algunas, el grupo se rompió en dos: los que se quedaban a pasear por el pueblo, para luego ir a misa y los que decidimos volver a casa.

      Cada uno eligió el camino. Yo opté por el segundo.

      Nada más llegar a casa, me puse el pijama. Estaba harto de ropa y de zapatos y sentado frente al televisor parecía que estuviera en casa. La Final de la Copa de Europa la vería en la tele junto a Elías, Rafael, Santiago y Pepe mientras mi esposa, Carmina y Dulce jugaban a las cartas.

      El primer tiempo vi completo, porque llegaron los que se habían quedado visitando la ciudad y con su alboroto y poniendo la mesa para cenar, sacando dos mesas de las terrazas, no hubo manera de seguir viendo el Madrid-Atlético. Y además para qué, si era mejor vivir con los amigos que ver un partido de futbol.

      La cena fue opípara, como la cena anterior, y ya dispuestos a todo, Julio sacó su fuente y vasos de barro y comenzó a hacer su consabida queimada. Pero, ¡horror!

      Ninguno de los que estábamos allí era fumador o fumadora, por tanto no teníamos mechero ni cerillas. Elías, hombre industrioso, encendió como pudo un papel valiéndose no sé de qué. Pero el papel, se apagaba. También es mala suerte que el aguardiente llevado no prendiera.

      Ya algunos llorábamos porque la queimada no iba a celebrarse, pero la tozudez de Elías y el arte de Julito para estas cosas, hizo que apareciera un mechero nadie sabe de dónde y se celebró la queimada. ¡Vaya si se celebró! “Mouchos, coruxas, sapos e bruxas. Demos, trasgos…” Y el Madrid ganó la 11ª Copa de Europa en los penaltis.

      Nos fuimos a dormir porque el fin de semana había sido intenso y lo que quedaba aún más.

      3º Día y regreso

      Me levanté más tarde de lo habitual. En ese día, desayunaría con más tiempo y como no había prisa alguna, el paseo lo hice más largo, para dar

      tiempo a que los demás se levantaran y poder estar mejor. ¡Oh, cuánta delicia! No me explico bien, pero yo sé que así fue. Hermosos gatos me miraban.

      • Una vez desayunados, metimos las maletas en el coche de Elías. Las de Santiago, en el de Cecilio y devolvimos las llaves de la propiedad. Eran pasadas las diez, y Feli, mi esposa, Isabel, yo y Cecilio, pusimos rumbo a Frigiliana, en el coche de este último. Los demás lo hicieron con quienes vinieron y volverían, menos en el caso de Santiago y Dulce que volverían, pasado Manilva, con Cecilio, y Feli y nosotros dos que iríamos acompañando a Elías y Carmen.

        Como decía anteriormente, pusimos rumbo a Frigiliana. Está distanciado de Nerja unos kilómetros y antes de que nos diéramos cuenta, ya estábamos allí. Buscamos aparcamiento pero ya se sabe que al ser cinco coches es difícil hacerlo. Nos fuimos más allá de lo que preveíamos y por fin aparcamos.

        Subimos al pueblo por una plaza florida de cuyo nombre no me acuerdo.

        Antonio Torres como viera una escalera para subir al pueblo, temiéndole, dijo que él buscaba un taxi y nos esperaría donde le dijésemos. Los demás, obviamos la escalera y subimos por unas rampas cómodas. Ganábamos altura. Las plantas tenían puesto sus nombres en mojones de material y una cartela con la leyenda de cada cuál (granado enano, aloe vera, naranjo…). Accedimos a una calle con escalones. Unos azulejos con motivos taurinos – cuatro en total – nos daba la bienvenida y comienzo de fotografía.

        Seguramente, sería la unión con la escalera de la calle anterior. El caso fue que dimos, con el ayuntamiento del pueblo, que estaba en una calle y con la Iglesia de San Antonio, sita en una plazuela que debía ser el centro de la villa. Entramos en la iglesia y salimos de allí, precipitadamente, por dos razones: la primera porque iban unos niños preparados de comunión para acompañar al Corpus, cuya celebración en la procesión sería inminente y la segunda fue que atufaba el olor tan intenso que le habían dado al incienso  que profusamente se usaba. Agobiante, oye.

        Nos sentamos algunos en unos bancos mientras otros se asomaban a la iglesia y otros se entretenían en leer la cartela del exterior donde se narraba la historia de la villa y de su relación con la iglesita. Se estaba bien en los bancos de la plazoleta.

        Entramos en el barrio morisco. ¡Qué barrio tan bonito! Tras la iglesia de San Antonio callejeamos por allá. Subimos por escaleras, cada rincón más bonito que el anterior y a todo esto exornado con los altares hechos exprofeso por ser el día del Corpus y según oí decir a unas vecinas que andaban con sus cuidados de altares, la salida de la procesión sería inminente. ¡Qué ajetreo!

        En el barrio morisco me adelanté, buscando el adarve, anunciado por azulejos – como ya había visto en otros pueblos, sobre todo en Sayalonga – y me encontré con un mirador precioso. Antonio Torres se nos unió y a la pregunta de cómo había llegado fui respondido que andando despacio y que el taxi no lo había cogido.

        Estábamos de nuevo al completo. De allí, al Restaurante “el Mirador”, cerrado, pero que pudimos gozar sentados a unas mesas cuya tapa era de azulejo también. ¡Qué vistas! El mar y la sierra formando un todo. ¡Precioso pueblo, al que por mucho que vaya, siempre me gustará!

        Le sobran, por decir algo, las cacas de gato que profusamente encontramos en nuestro largo visitar. Perros, no vi ninguno, pero gatos, ¡un ciento!

        Recorrimos todo – o casi todo, porque todo no se puede decir nunca – y comenzamos a bajar. Las mujeres quedaron prendadas en una casa de tonterías y yo no hacía más que darle gusto a la máquina de fotos. Pero para fotos, las que hicieron Cecilio, Rosa y Marina. Si yo hice 214, serán nada comparadas con las que hicieron esos nombrados.

        Bajamos como dije y nos fuimos a una cafetería donde poder dar paso a los gaznates que ya estaban sedientos y a las ganas irrefrenables de orinar. Estuvimos sentados en tres mesas y Julio, siempre buen ecónomo, nos cobró a cada cual diez euros por cabeza. Era la tercera vez que lo hacía: 25 €, cobrados nada más iniciarse el viaje.

        La misma cantidad en el camping de Viñuelas y esa cantidad de Frigiliana para después devolver a cada cuál 8,50 €, en Manilva. ¡Qué Julio! No tiene nombre lo suyo, tan amable.

        Como ya Frigiliana lo teníamos pateado y archivisitado (yo era la tercera vez que lo visitaba, y como yo, imagino que muchos) nos fuimos a ver las Cuevas de Nerja.

        Buscar un aparcamiento fue todo un poema porque estaba el parking atestado.

        Lo logramos, al fin, y fuimos a conocer el entorno y saber la hora, que concertada previamente por Juan Bautista, a ella nos atuvimos.

        A las cuevas de Nerja, que en un principio Pepe, Charo, Casti y yo habíamos  desistido de ir, los dos primeros fueron casi obligados por la ausencia de Adolfo y Marisol. Y a mí, que no iba a asistir tampoco, acompañando a mi esposa, Carmina me dejó su lugar porque dijo no tener la rodilla en condiciones para subir y bajar tantos

        escalones. Total, que las únicas que se quedaron fuera fueron Carmina y Casti.

        Para hacer tiempo, Rafael Escuer y yo, nos metimos en el restaurante a refrescar sendas cervezas. Dicen que las “penas con pan son menos”. Yo digo que con cerveza. Y poco tuvimos que esperar, porque se formó la cola de la una menos cuarto, para ver el vídeo, puesto en la ocasión antes de entrar a la cueva. En la sala nos dieron unos auriculares para que nos acompañaran en la proyección del video y en la cueva. ¡Mala

        suerte la mía! Porque ni oí el vídeo, porque a no sé quién le dejé el mío, ni me enteré de la cueva porque el auricular estaba estropeado. Y si ya era la 5ª vez que entraba a la cueva de Nerja, ¿para qué quería auriculares ni nada?

        La cueva de Nerja está como siempre. No ha variado para nada. Eso sí: la gente acude a ella con gran fervor, y no precisamente de cristianos. Quiero decir que al ser domingo, estaba la cueva de bote en bote. Por lo demás, una sala y otra, con estalactitas y estalagmitas. Un techo, endiabladamente alto y unos paseos, hechos con tarimas, dan muestra de que los cinco muchachos del Frente de Juventudes, descubridores de la célebre cueva allá por el lejano 1959, perviven en el tiempo.

        Salí, salimos, de la cueva y me fui directo al bar a tomar otra cerveza. En el autoservicio del bar comeríamos, pagando cada cual lo suyo. Santiago, Dulce, Carmina Casti y yo abrimos la comitiva. Carmina se encargó de decir a la gente que estaban ocupadas las mesas de nuestro lado y las fueron llenando conforme iban llegando. O se quedó corta o no la entendieron porque algunos comensales de los nuestros se pusieron en otra mesa. La comida no fue como la de los días anteriores, sobre todo el de ayer, pero se dejaba comer.

        Acabada la comida, montamos en los coches y nos dispusimos al regreso. A mi mujer se le antojó agua y yo, todo solícito, fui a comprar un botellín de medio litro o de 0,33 que no recuerdo bien. Lo que sí recuerdo bien fue el precio abusivo que me pusieron: 1,40 €. Naturalmente, le dejé 0,40 €, y ya estaba bien pagado. Al salir del

        aparcamiento la barrera estaba levantada y nos ahorramos el euro que valía aparcar allí.

        ¡Pero que ratero son! ¡Para rateros, nosotros! ¡Sobre todos, yo!

        Encaminamos nuestros pasos de vuelta a Jerez. El camino se hizo corto hasta los peajes de Málaga. Tres peajes pagamos, a cuál más ratero. El run-run del coche se hacía monótono y bien sea por el ruidito bien por el cansancio de los tres días tan intensos, no

        hablamos. Solo se durmió.

      • Y llegamos a Manilva.

        En el parking, se dejaron los coches para una vez repostado, hacer cuentas y tomar el café de merienda que había que tomar. Julito, como buen ecónomo, repartió el dinero sobrante, después de pagar el repostaje y los peajes a cada cual y con el sobrante, repartido equitativamente, uno a uno. ¡Qué hombre, Señor!

        Y después de despedirnos todos y hablar del viaje del año entrante – posiblemente a Londres – nos vinimos a casa con el coche asignado. Felisa, mi esposa y yo, acompañaríamos a Elías y Carmen y llegaríamos alrededor de las siete de la tarde.

        ¡Qué buen viaje echamos y cuánto nos reímos

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