Posteado por: Antonio | 17 enero 2017

POR LOS LLANOS DEL BERRAL. Rafael Caro, Cronista.

  • Para ver el documento original picar abajo (en rojo).

    llanos-del-berral

    POR LOS LLANOS DEL BERRAL
    ¿Cuántos éramos? Veinte. Y perdón por no decir sus nombres porque sería
    prolijo. A lo largo de la crónica se irán diciendo. Baste saber que fuimos
    cinco coches y que sus conductores eran Santiago, Escuer, Tomás,
    Antonio (¡si, Antonio Torres!) y Pepe. Total, el doble que la semana
    pasada.
    A las nueve, como siempre, en Ifeca. Y a la hora prevista en El Bosque.
    Previamente nos habíamos repartido en los coches, tocando a las mujeres, al volante, Carmina, con Charo, Mª Carmen y mi esposa, y en el de Pepe, los varones, con Escuer, Juan Bautista y el que esto escribe. Los otros coches se llenarían también, pero yo no sería testigo porque ya estaba sentado en mi lugar.
    Al paso por Arcos, el coche de las mujeres se nos perdió, porque irían
    charlando. Ellas pasaron por Arcos. Nosotros seguimos nuestro camino a El Bosque.
    Nada que nos reímos cuando vimos que el coche se perdía. Nos conchabamos para no decirles nada.
    Llegamos a la Venta Julián. Y ellas nos alcanzaron casi. Nos encontramos con
    la mesa dispuesta por los que nos habían precedido y ya Santiago y Antonio, al mando de Cecilio, habían ido a Tavizna a dejar el coche de Santiago.
    Sin más preámbulos, le hicimos los honores al desayuno, que como siempre
    resultó genial. Lino compró unos roscos de anís. Este hombre siempre va comprando cosas por ahí y me dijo lo bien que se había sentido en Trebujena. Tomás (¡qué simpático este hombre! Y lo bien que me ha caído), también se hizo lenguas de lo bien que lo había pasado en mi pueblo y lo a gusto que había estado en él.
    Realizado el desayuno nos fuimos con cuatro coches hasta el descansadero de
    Benamahoma.
    ¿Frío? No es broma. En la venta habíamos estado a 1º y aquí, mientras
    esperábamos a Antonio, que como siempre se perdió, no sabíamos a
    cuanto estábamos pero muy bajitos, andaríamos. Baste
    con decir que Escuer se disfrazó, con su gorro, su braga, rodeando su cabeza y sus
    gafas. Parecía un musulmán. ¡Quién lo habría de decir! Escuer con frío…
    Antonio apareció y comenzamos a andar. Eran las once. A poco de comenzar,
    Antonio, Escuer y Juan Bautista se despidieron de nosotros. Pertenecían al grupo de los “averiados”. Nos esperarían en el Tavizna una vez hecha nuestra excursión del día.
    Diecisiete la empezamos y lo mismo que Cecilio tomó la cabeza para abrir camino, yo  
    me puse en cola, haciendo las veces de Julio, que faltó en esta ocasión. Yo hice las veces de Julio, pero sin acercarme lo más mínimo a él, que lo hace de maravilla.
    De lo que sí, es que me dio tiempo a hacer unas fotos preciosas del grupo y que para mí quedaron.
    Comenzamos a andar en el descansadero de Benamahoma y pronto tomaríamos altura para desembocar, a la derecha del sendero, en la fuente de la Pililla (¿) a la izquierda según se iba subiendo. Santiago y Pepe, no paraban de hablar y Lino me decía que era la primera excursión que vino con  nosotros, la que estábamos  haciendo. Yo, la verdad, era la primera vez que la hacía.
    Cruzamos por un llano y ya la gente iba desempolvando sus ropas de abrigo
    que la habíamos traído para resguardarnos del intenso frío que hacía. Como una cebolla, íbamos abriéndonos y quitándonos las capas que sobraban. Yo no me quité la sudadera polar hasta que no tuve más remedio por aquello del calor que en función del día iba apretando.
    Atravesamos de nuevo la carretera de El Bosque-Grazalema y nos dimos con
    una hermosa pista cerrada por una cancela. La pasamos y vimos una manada de cabras guardadas por sendos mastines. Desde allá se descubrían las cumbres más sonoras de la Sierra de los Pinos y del Endrinal.
    Hubo un momento de viento del Norte y del Este, que nos traía frío y que nos
    hizo exclamar: ”Cierra la puerta”- porque verdaderamente hacía viento para parar un tren. Al poco y llaneando dimos con unas rocas en las que hicimos el rengue Juliano
    que para ser veraces hubimos de bautizarle como el rengue Ceciliano porque este tomó las riendas de Julio. ¡Y qué bien supo el puñetero!
  • Continuamos después de hecho el rengue e íbamos bajando y llaneando hasta
    encontrarnos con una dolina preciosa, que al decir de Cecilio era de las cosas que más le gustaba de los encantos que encierra nuestra sierra. Subimos y desde allí vimos el Hondón, con el río al fondo y los hermosos farallones del Salto del Cabrero. Otras excursiones de ensueño. ¿Y cuáles no?
    Íbamos esta vez bajando hasta llegar de nuevo a la dolina donde hicimos una
    parada mingitoria. No se lo creía ni el Jefe. Ya habíamos parado a orinar más de uno y más de una vez.
    Tiramos hacia abajo. Yo me retrasé un poco más si cabe, porque me quité el
    polar y ante la tozudez de meterlo en el enganche de la mochila, me hizo perder unos minutos.
    Y llaneando y cuesta abajo, dimos, por fin, con el final del camino, que traía a
    la gente hasta el mirador de los Llanos del Berral. En él comimos. Eran más de las dos.
    Unos hombres iban por allí, acompañados de sus mujeres y de sus niñas y
    perros. Al preguntarles yo, cómo se llamaban, la más pequeña, dijo llamarse Lola, y yo, con mi inveterada lengüeta, dije: “Se llama como tu perrita, Rosa”. La gente, que es mucho más prudente que yo, no me dijo nada. Miento. Mi esposa, sí. Pero…¡qué le
    vamos a hacer! Ya está uno acostumbrado a estas cosas.
  • Después de la
    comida y de hacer unas
    fotos al castillo de
    Aznamara. Bajamos
    buscando el río Tavizna.
    Eso fue lo que me mató:
    bajar y bajar. O tal vez
    subir lo asfaltado, no sé.
    El caso fue que terminé
    reventado.
    Tomamos los
    coches que allí nos
    esperaban, llevados por
    Antonio, Rafael y Juan Bautista y regresamos a tomarnos la merecida cerveza que nos aguardaba en la Venta Julián.
    A fe, que bien resultó. Como la Venta estaba llena, ocupamos sendas mesas: en
    una nos sentamos los hombres (9 en total) y en otra las mujeres (11 la totalizaban). Eloy, con su chispa y sus chistes, fue a cambiarnos las jarras de cerveza y a ponerlas en la mesa de las mujeres cuando se le cayó una. Que hartón de reír nos dimos. Y así, entre bromas y chanzas, llegadas las siete, paramos en casa.
    Al día siguiente nos esperaban en el Chaparrito Julio y María José, que no
    vinieron a la excursión por estar preparando la comida para todos, en la celebración de la timba que íbamos a tener. ¿Hay quién dé más?

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