Posteado por: Antonio | 13 marzo 2017

OCURI. Ubrique. 11-03-2017. El Cronista: Rafael Caro.

OCURI. UBRIQUE .   <== pinchar aqui

OCURI

las 9:20, con la minuciosidad y con la puntualidad moruga que nos caracteriza y que ojalá sea por muchos años, nos vimos en Ifeca los miembros de este club. Lino, Charo, Mari Luz, Rosa; Marina, Antonio, Escuer, Marinita; Cecilio, Isabel, Julio, Mª José; Pepe, Charo, Carmina, Casti y yo. 17 Morugos íbamos a conquistar Ubrique, la vieja ciudad de Ocuri, con pasaporte Moruguil, de parte de Escuer, que lo había solicitado hacía ya varios días.

El desayuno en El Bosque en la Venta Julián, como solemos y fuimos atendidos como suelen hacerlo allí, y antes de que pintara otra cosa, nos acercamos Julio, Cecilio y yo a la oficina del Parque del Grazalema a pedir número para poder visitar en otra ocasión el pinsapar, que aunque visto, nunca está de más hacerlo de nuevo. Antonio, con su cháchara de siempre, no había comenzado a desayunar cuando los demás habíamos terminado. Le gastamos una broma antes de comenzar a buscar la Oficina.

Volvimos porque estaba hasta la saciedad de gente y continuamos con nuestro feliz viaje a Ocuri, o Ubrique antigua, a la que llegamos alrededor de las once y media. A las doce teníamos nuestra entrada.

La media hora, chispa más o menos, la pasamos allí esperando, a la sombra del bar que a la sazón se ha hecho en el complejo. Están muy reformadas las cosas desde que lo vi, tiempo ha, acompañado de los niños de La Unión, ya que mi esposa dice que ella no ha visto las ruinas famosas. Yo las había visto y no solo sino acompañado por alguien, llámese esposa o niños del cole: no me acuerdo de quien.

La casi media hora se nos hizo pronto por la charla distendida que allá tuvimos y ante la visión tan confortante de la sierra que de ella había.

A las doce apareció la oficinista y dándonos entrada a los diecisiete de Jerez, acompañados de una marabunta de gente, allá que nos metimos para ver las ruinas romanas de Ocuri.

El sitio, como ya se dijo, impresionante. Un diez para el ayuntamiento ubriqueño que arregló los accesos, sembró laureles y acondicionó un paseo de casi un kilómetro con

A

losas grandes de material calizo, semejante al camino romano de la antigüedad. Todo muy bien y muy logrado. La chica iba aleccionando a los presentes (¿dije antes que una guía nos acompañaba? Pues eso) aprovechando las zonas de sombra que hubiere. Y así, lentamente, nos acompañó y nos expuso ante las puertas del mausoleo, guardado por unos chicos vestidos de romanos que había por allí. Estupenda la escenificación y estupenda la explicación de la chica.

Pasamos por los restos de una calzada romana y entramos en el mausoleo, no sin antes caerme yo y pisar unas piedras que dijo la guía no pisar porque era parte del legado romano. Será señal de que voy envejeciendo sin darme cuenta.

El mausoleo está abierto por una puerta que en su tiempo estuvo cerrada puesto que a las cenizas mortuorias las pasaban por un habitáculo que había en la techumbre y que la tapaban por una enorme piedra que a la sazón encontrábamos allí exprofeso.

Una vez visitado el mausoleo y hechas las correspondientes fotos con los “romanos”, mientras, el otro grupo se recreaba con las explicaciones de la guía. Terminadas estas, seguimos con nuestra ruta.

Una sorpresa nos esperaba. Otra más. Vimos una lucha de iberos (los” íberos”, les decían en el “dialecto” de ellos) contra romanos. La verdad es que resultaba espectacular. Los “romanos” que guardaban el mausoleo se las vieron con un puñado de iberos. La contemplación de la lucha agradó a los presentes, que aplaudíamos como posesos.

Llegamos a la muralla de la ciudad y nos impedían el paso otro par de romanos. Llamaron al centurión y este apareció dándonos una lección de la muralla y otras cosas interesantes terminando su perorata con un saludo a la romana, que algunos contestaron. Abriéndose el par de romanos nos dejaron pasar al foro. A las puertas de una casa nos esperaba una matrona romana que fue diciéndonos cosas relativas a su finalidad. Al fondo se veían una esclava y una niña.

Accedimos al foro donde la niña nos dio una lección del comportamiento de los niños en Roma, sus juegos, su vida y su fin. Ni que decir tiene que la niña fue muy aplaudida por los presentes, que viendo una mocosuela de 9 años que se había aprendido su papel tan bien, a los presentes nos satisfizo mucho. Al final preguntaba a la matrona y a la esclava si le había salido bien. ¡Qué graciosa la pequeña!

De allí pasamos a las termas, donde la esclava fue disertando y diciéndonos cuál era su papel en ellas y lo que acontecía a las esclavas romanas.

De allá bajamos y nuevamente en el foro y a las puertas del templo que había servido de casa a D. Juan Vegazo (descubridor de estas ruinas y tío-abuelo de Vegazo, antiguo compañero mío, en el Grupo Franco), una sacerdotisa nos explicó su función, en Roma.

Explicado todo y bien aprendido, el centurión que nos había recibido nos dio detalles de la vida romana, del peso de su impedimenta, de la función de la espada y hasta de cómo eran los combates y del daño que el cine estaba produciendo en nosotros, amén de las virtudes que el cine nos muestra. Acabó con un combate entre romanos e iberos, muy aplaudido por los presentes. Y ahí acabó todo.

Fuimos bajando de nuevo para ver una película sobre Ocuri y las excavaciones que no vimos porque el bar nos atraía más y porque el tiempo, tan caluroso que nos tocó vivir, así nos lo pedía.

Mi esposa me dijo que en las tres funciones no sacaban para los gastos. Yo pregunté a la guía y esta me sacó de dudas. Los actores actuaban gratis. Pertenecían a una agrupación amiga de Roma, de Ubrique, y lo hacían gratis y con sumo placer por representar y hacer.

Bajamos al bar y allí tomamos un refrigerio, que bastante calor habíamos pasado. Nos perdimos el documental. ¿Quién se acuerda de ello?

Escuer y los Torre, se marcharon en

el coche de Antonio a comer a El Bosque. Ya éramos 13 para andar. ¿Dije para andar? Pues sí. Los 13 restantes hicimos una caminatita. Ya sabemos que cuando va el Jefe…

Salimos de Ocuri, (estuvo muy bien, Escuer, felicidades) y nos dirigimos al Hondón. Sólo entrar abandonamos los coches y nos pusimos a andar. ¡Qué fatiguitas, rediez! Teníamos hambre y ni siquiera mirábamos el paisaje… ¡Y eso que era bonito! Al frente, Sierra del Pinar, Salto del Cabrero, el Hondón… A nuestras espaldas, Sierra de La Silla, y a derecha e izquierda, gamones (dentro de poco se celebra en Ubrique la fiesta así llamada en la que hacen estallar miles de gamones).

Cecilio sabe bien a donde nos lleva y todos los demás le obedecemos. Acatamos al Jefe, vaya. Equivocó el camino y cogió una suerte de sendero que no era por allí. Volvimos grupas y antes que nada, tomamos el camino verdadero. Por allí nunca he pasado. Y cuando digo yo, resulta que no han pasado por allí ninguno de mis acompañantes. Es un decir, porque el Jefe supuestamente sí que lo ha pasado.

En una umbría de las muchas que vimos, paramos a comer ¡Ya se estaba haciendo tarde! Comimos con buen apetito

y Escuer nos mandó fotos de los platos que se estaban zampando los cuatro en Casa Julián. Nos daba envidia pensar que ellos comerían caliente y nosotros el bocata pero el que quiere algo, algo le cuesta.

Acabada la faena, reanudamos nuestro caminar. Por un sendero, donde bajaba la poca agua caída hasta ahora, resbalé y a punto estuve de caer. Gracias a unos ramajes no lo hice. Pero eran zarzas y salí del atolladero pinchado por todas partes. ¡Qué se le va a hacer! Culparemos a la edad de esta tropelía.

Desembocamos en una pradera preciosa. Al final de ella había como una charca que le servirían a los jabalíes para refocilarse. Y a todo esto, seguíamos al Jefe que iba gozando, el puñetero.

¿Quién dijo que no? ¿Entonces no es una gozada adivinar qué árbol era el que nos señaló? Joder, era… ¡un lentisco! En mi vida lo habría adivinado. Era un árbol con todas las de la ley.

Como el calor apretaba, Isabel, convirtiéndose en abogada defensora de los débiles, dijo que hasta allí habíamos llegado; que la gente comenzaba a refunfuñar y que su marido debería dar opción a los que se quisieran quedar que lo hicieran y los que desearan seguir que también lo hicieran. Hubo un momento de dudas y por fin se decidió: el grupo se partió en dos. Pepe, y esposa, Mª José, Carmina, Rosa, Casti y el que esto escribe, se quedarían abajo esperando a los que siguieron al Jefe. Y este, su esposa, Julio, Charo, Lino y Mª Luz, siguieron adelante con la sofoquina. Son más jóvenes (excepto Julio) y más intrépidos.

Tardaron en volver una hora más o menos, y nosotros hablamos de todo menos del sexo de los ángeles. Volvieron y nos encaminamos de vuelta a los coches. Por el camino descubrí otra charca mayor y una piara de guarros (con perdón) se bañaba en ella.

Rosa y Lino se pusieron en cabeza y Lino erró el camino adentrándose en una casa que no habíamos visto en el camino de ida. El jolgorio fue generalizado. El Jefe, con la sensatez que le caracteriza, tomó el camino verdadero y antes de nada llegamos a los coches.

Llegar a ellos y llegarnos de vuelta a la Venta Julián todo fue una.

En ella tomamos el refrigerio de siempre, pero no acompañado de su correspondiente tapa, como últimamente se viene haciendo. Charlamos de todo y Lino compró en la Venta lo que en él es habitual. Quizás le acompañara en esta ocasión Mª Luz.

Y rondando las siete de la tarde, estábamos en casa. ¡Otro magnífico día!OCU

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