Posteado por: Antonio | 22 mayo 2017

EL PINSAPAR DE YUNQUERA. Cronista: Rafael Caro

 

EL PINSAPAR DE YUNQUERA

 Uf!  Todavía me duelen los huesos. Digo mal: no me duele nada, excepto la cacha izquierda, que no me permite sentarme  cómodo en el WC, tras  la caída de ayer. Pero vayamos por partes que de todo se hablará en esta verídica historia.

Isabel venía diciendo   a Cecilio que ya estaba un poco cansada de ir siempre a los mismos sitios de la sierra (Villaluenga, Ubrique, El Bosque…) y decidió ese día cambiar la sierra gaditana (¡tan bonita!) por la sierra malagueña (más bonita aún). Cecilio, fiel cumplidor, se encargó de publicar la ruta que seguiríamos ese día. Todo fueron pegas: unos porque tenían comunión; otra, porque temía al sol; otros, porque tenía gente en su casa; otro, por enfermedad… El caso fue que a la llamada solo contestamos mi mujer y yo, que hacía miles de años que no íbamos de excursión. Íbamos los cuatro en su coche (como en los viejos tiempos, donde una vez tocaba a él y otra  a mí). A las ocho y media,  como un clavo, ya los esperábamos en la parada de autobuses que hay junto a mi casa.

El camino se nos hizo corto. Charlamos de todo lo divino y lo humano y antes que nos diéramos cuenta ya estábamos en  El Arenal, en Algodonales, desayunando. El Cortijo lo obviamos por tener una ingente multitud de sábado de Feria de Jerez y otros porque iban a la sierra a pasar el día. La temperatura, calurosa.

Una vez desayunados pusimos rumbo a nuestro andar del día. Al paso por Ronda, rememoré los 101 km. de la Legión que se había celebrado por esos días y dio lugar a una animada charla  entre los cuatro. El camino a El Burgo, nos la cortó. ¡Qué carretera más estrecha y con menos margen! ¡Y cuantos ciclistas vimos! De El Burgo a la Yunquera, solo la separan unos 9 km. Nada.

Y en menos de nada, nos pusimos a andar. La distancia era de 12,5 km. y el tiempo, buenísimo. El levante soplaba, pero lo que tiene de caliente en nuestra tierra, ahí se torna en viento que, aunque huracanado, apenas se sentía. El clima era fabuloso para caminar. Entre 16º  y 18º,  nos hizo durante la jornada entera.

Abandonamos nuestro coche en un lugar de la pista, en un recodo, puesto que en el sitio en que íbamos a hacerlo, un coche-caravana ocupaba el lugar y no tenía pintas de dejarlo ni por un momento.

 

Y hechos los preparativos previos, a las 11:25 horas, nos pusimos a caminar por la pista, que en un cuarto de hora chispa más, o menos, nos colocó en el Cuacón o Mirador de Luis Ceballos. El dedo no paraba ni un momento de oprimir el disparador de la cámara.

Pregunté a Cecilio por el nombre tan extraño del lugar donde íbamos primero, y él me comentó que el femenino de Caín, la Caína, tenía su nombre por una bruja de la Yunquera, que en siglos pasados la Santa Inquisición tuvo a bien – mejor a mal – estrellarla por el tajo que recibió su nombre desde entonces. Me dijo que tenía otras interpretaciones, igual que esta, pero todas conservaban la música poética de esta. Así pues, lo primero que visitaríamos sería el Tajo de la Caína.

A todo esto, mi esposa se vino abajo y tomando un gajo de naranja para mitigar la sed y unos frutos secos para su azúcar, continuó la subida hasta el Tajo. Yo, muy valiente y torero, desprecié ambos. Sí, sí… muy valiente y torero.

Llegamos al Tajo de la Caína. Espectacular. Todo lo que se diga de él es poco. ¡Qué vistas! Toda la Sierra de las Nieves, las sierras aledañas, las de Tolox, las de Guaro… ¡Qué pequeñez desde el sitio en que nos encontrábamos!  Y el Tajo propiamente dicho… ¡Vaya profundidad! Impresionante. Como decía anteriormente, todo lo que se diga es poco. Mi mujer estaba encantada y la he oído decir que no hay excursión como esta. Cecilio apúntate otro 10, aunque yo no sé cuántos dieces llevas.

 

Abandonamos la Caína y en una sombra que vimos (de las muchas que tomamos), allí nos sentamos a comer el bocadillo de melva que llevamos. Mi esposa se niega últimamente a hacer tortillas. Es lástima porque le salían de rechupete. Y ella diciendo que si lo sabe que la hubiera hecho. Pero en fin…

Acabada la comida, fuimos bordeando la sierra. No había ni un matojo donde guarecerse pero el sol no apretaba para nada. Lo que antes en la subida habíamos tenido sombra por el bosque de pinsapos, ahora, a la intemperie, la pedíamos a gritos. Dimos con una era. Lo que hoy son pinsapos, en un tiempo fue sembradío de cereal. Muy dura, como reza en un cartel anunciador de la era, debió ser la vida de los campesinos allí. Hice fotos y…¡me perdí!  Gracias al soniquete de los palos de Isabel, logré dar con ellos, no sin antes sentar mis posaderas en unas piedras que por allá estaban. Mis fuerzas flaqueaban. Son ya muchos los años y la falta de entrenamiento, junto con la edad, hizo que me sentara mal. Isabel y mi esposa, que iban muy bien, me ofrecieron ponerme en su lugar pero yo lo desestimé. Cerraría camino, así como Cecilio lo abría. Claro que él es un campeón que está entrenado, muy entrenado diría yo, y yo soy un viejo carcamal que no me entreno para nada. En fin, cada uno es como es.

Pasamos por el Puerto de la Perra (del Perro, le decía yo, continuamente) y yo no me enteré. Y bajando, bajando, dimos con la Peña del Cuco, buscando el Mirador de El Saucillo. Otro bosque de pinsapos nos esperaba en la bajada.

Yo no podía con mi cuerpo y mi mujer con su cantinela para que le dejara el macuto y así yo poder ir libre. Yo miraba a Cecilio, cuando él nos esperaba y me comía la envidia al verlo tan fuerte y retozón. Cecilio, malvado, ¿cuándo serás como yo? ¡Nunca! Me repetía una vez y otra.

Isabel decía lo que el marido hacía a la semana: Sábado, “Morugos”; Martes, “Palo Corto”; Miércoles, caminata por Jerez; Jueves, tenis… Pero, ¿este hombre cuándo descansa? ¿Y yo?…

Dimos con otro bosque más bello, si cabe, que el llevado a la Caína. ¿Será por pinsapos? Y vimos un pozo de nieve que fotografiamos ambos. También yo inmortalicé a un tronco comido por las termitas.  Me pareció curioso verlo. No podía con mi cuerpo. Y mi espíritu vagaba por allí. ¿Sólo 12,5 km? A mí se me estaba haciendo larguísimo.

Por fin, llegamos al Mirador del Saucillo. Yo estaba para el arrastre. Nos sentamos unos minutos. Ni ganas de hacer fotos tenía. ¿Para qué? Ya estábamos (por lo menos yo, listo de papeles). Y todavía nos quedaba hacer unas pasadas por pista hasta llegar al coche.

Ante la insistencia de mi esposa, yo le di mi macuto y yo llevaba su bastón. Unos metros nada más porque cuando pasamos unas curvas, de las diez o doce que tenía la pista, me senté en una cubeta y ya no quise andar más. Descansé, comí una manzana y tomé frutos secos. Bebí la poca agua que quedaba de la cantimplora y seguí, siempre acompañado por mi esposa. Y la alegría fue grande, cuando vi el coche y a Cecilio e Isabel atándose los cordones, mientras el coche estaba puesto en marcha para refrescarlo un poco. Marcaba el termómetro del auto 28º. A las 17:20 habíamos terminado la excursión. Tremenda pero preciosa.

Cogimos el auto y subimos a él tras hacer unos ejercicios de  estiramiento. ¡Dios, qué bendición de coche! Habíamos hecho según el podómetro cerca de 14 km. y yo estaba destrozado.

Charlamos y charlamos en el camino de vuelta y antes de que nos diéramos cuenta ya habíamos pasado Ronda. Buscábamos la venta de Montecorto. A ella llegamos y había allí unos parroquianos que nos miraron al entrar, tan vencidos (sobre todos, yo), que la bajada del coche se hizo grande. Pedimos unas cervezas, una coca-cola y un tinto de verano, en tanto Isabel miraba por allí y trajo unos dulces que luego repartió. El lomo de orza estaba esquisto y los molletes que trajimos, no sé cómo estarán, pero imagino que buenos también. Allí ajustamos cuentas.

Y de allí nos vinimos a casa a ducharnos  y descansar, que el día había sido extremadamente duro. Bello como ninguno, pero duro. El grado de dificultad visto en los carteles anunciadores era de “media alta” a “alta”. Antes nunca había reparado en ellos pero de un tiempo a esta parte, sí. Y mucho.

A las ocho de la tarde llegamos a casa. Habíamos estado fuera doce horas. Felices. Que le pregunten a mi esposa si no.

 

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